FARMACIAS-VACIASw-500x285“¿Tiene acetaminofen?”, preguntó la señora en la farmacia con preocupación en su rostro, y después del “No hay” como respuesta, añadió, como pensando en voz alta: “Tengo dos personas en la casa con mucha fiebre y dolores”. Una clienta que esperaba su turno le dijo que ella vivía cerca y le podía dar una cajita. “Son niños, necesito pediátrico”. Inmediatamente otro cliente le dijo que en Cabudare había una farmacia que el día anterior había vendido la medicina.

Esta semana, en las Lomas, barrio del oeste de Barquisimeto, escuché a la hermana Sole que daba las gracias a alguien que le llamó para decirle que le había conseguido sus pastillas para la tensión, que más tarde se la llevaba.

Mientras escribo estas líneas, el chat de compañeros de trabajo de Maracaibo, intercambian información porque el hijo de una del grupo se está sintiendo muy mal, con mucha fiebre y dolor. Una  le da una dirección, otra se ofrece a ir a ver si todavía encuentra una cajita donde alguien le dijo que había.

Un grupo de exalumnas de un colegio católico se ha convertido en extensión de una compañera con un hijo con necesidades especiales. No sólo le informan dónde hay lo que necesita, a veces, me cuenta una, sólo entran en  las farmacias para ver si hay las medicinas requeridas,  aunque personalmente no tengan ninguna urgencia. Pura solidaridad. Gratis. Pura generosidad.

En las redes sociales hay gente que pide una medicina y se ven respuestas de gente que no se conoce, pero que quiere ayudar.

Es verdad, la situación de escasez de medicinas es terrible, pero desde abajo está surgiendo una solidaridad generosa que llena de admiración y esperanza, una solidaridad que “ni se compra, ni se vende” porque no espera pagos. La señora de la farmacia de Barquisimeto es sólo un ejemplo: estaba dispuesta a darla a alguien que no conocía. Estoy segura que muchos de nosotros podemos dar testimonio de casos de solidaridad similares.

Sí, ya se, esto no es suficiente, no va a detener la escasez ni se bajará la fiebre, pero hay ejemplos de causas que han comenzado poco a poco y se convierten en avalanchas. Estoy convencida de que las  personas buenas son más numerosas que las abusadoras, que las que compran  medicinas para revenderlas aprovechándose de la angustia de los enfermos. ¿Y qué tal si la solidaridad se organiza?

Conozco un grupo en Caracas, impulsado por dos médicos gastroenterólogos, que empezó siendo un “Club de pacientes con enfermedades inflamatorias”, pero ahora se están convirtiendo en una Asociación Civil para defender el derecho a tener sus medicinas, pues también están sufriendo con la escasez y la imposibilidad de seguir sus tratamientos. PROVEA ha impulsado una alianza por la salud que incluye médicos, pacientes de diversas enfermedades.

Tal vez esta solidaridad que ha ido surgiendo de manera espontánea, gracias a la generosidad y bondad de muchos venezolanos,  pudiera transformarse en una fuerza organizada de amigos y  de pacientes- crónicos y temporales como son los casos de estas virosis que son ya casi una epidemia – y pudiéramos apoyarnos  e incidir para que los recursos y los controles necesarios funcionen. Lo que no podemos permitir es que un niño sufra por falta de un a frasquito de acetaminofén, o que una persona convulsione por falta de carbamazepina mientras hay dinero y controles para otras cosas.

Mientras, bienvenida esa solidaridad itinerante esperanzadora.

Luisa Pernalete


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