Familia y escuela del mismo lado de la cancha

Hagamos las Paces-Novedades

Comenzará el año escolar. Esperemos que pueda hacerlo la mayoría de los centros educativos, que se recuperen rápido todos aquellos planteles que lo ameriten, existan planes temporales para los que les toca asistir a esos centros que no están listos, pero, de todas maneras, muchos se irán incorporando en estas dos próximas semanas.

La educación es un derecho fundamental. Sin educación, los niños, niñas y adolescentes no tienen ni presente ni futuro. Esto es necesario recordarlo siempre; es importante también repetir que ningún país sale de crisis profundas sin educación. Entonces, la educación no es una tarea donde solo los educadores tenemos responsabilidades: el Estado elabora las políticas públicas para ello y debe proporcionar los recursos necesarios para garantizar ese derecho (artículo 103 de nuestra Constitución). De igual forma, los demás actores de la sociedad deben preocuparse y ocuparse para que se tenga una buena educación para todos, siendo fundamental que la primera y más cercana alianza a establecer la escuela sea con la familia.

Familia y escuela del mismo lado de la cancha, decimos, porque a veces se ven en lados distintos: en las reuniones de padres y representantes, los maestros ponen su “dedo acusador” para decirles “su hijo se distrae mucho… se porta mal,… no trae las tareas…” y ese dedo acusador debe ser cambiado por la mano extendida, pues esos alumnos, al entrar en nuestras aulas, se convierten en nuestros “ahijados”; los educadores nos convertimos en padrinos y madrinas de ellos, ¡los ahijamos, pues! Tanto a los papás como a los maestros nos interesa que los estudiantes tengan una educación integral, desarrollen todas sus inteligencias; sepan pensar, discernir, aprendan a convivir fraternalmente, sepan tratar con respeto a los demás y también al medio ambiente; sepan ser solidarios, divertirse sanamente…

Escuela y familia tienen que estar “del mismo lado de la cancha”. Damos algunos tips que ayudarán a eso.

Conocer el contexto de las familias, el de la comunidad, ayuda mucho, y este año hay que comenzar por ahí. ¿Qué tanto se afectaron las familias con los terremotos? No se trata solo de los estados ya conocidos; hay que ver también si las familias de nuestros alumnos sufrieron, ya sea por víctimas fatales, porque sus familiares perdieron sus casas o porque todavía tienen miedo.

En segundo lugar, una buena comunicación desde los primeros días. Que en las aulas se hagan los acuerdos de convivencia, que estos sean conocidos por los padres y representantes. Recuerden que estos acuerdos se hacen con la participación de los estudiantes; no los dictan los maestros, ni los equipos directivos.

Tiene que haber coherencia entre el discurso escolar y el del hogar en el tema de las normas y de la resolución de conflictos interpersonales. Por ejemplo, si en la escuela se dice que los problemas entre ellos no se arreglan con golpes, gritos, insultos…, entonces en el hogar no les pueden decir: “Si a ti te pegan, devuelves”. Esa incoherencia de mensajes pone al chamo en una disyuntiva: ¿a quién hacerle caso? Y si los papás se enteran de que sus hijos están sufriendo de acoso escolar, pues acérquense al colegio para tratar el tema con el maestro o el coordinador.

De parte de las autoridades del colegio, en ese conocimiento del contexto, debe haber flexibilidad en relación con ciertas exigencias, por ejemplo, lo de los uniformes, lo de los útiles; si las familias son de escasos recursos, tal vez no tendrán para comprar los uniformes, especialmente si tienen varios hijos; tal vez en la comunidad hay serios problemas de agua (como está pasando desde hace varios meses en el estado Sucre o en varios municipios del estado Nueva Esparta), pues que se les permita asistir con cualquier vestimenta. Lo importante es que asistan.

También para el proceso de enseñanza-aprendizaje, familia y escuela deben ser aliados. No se trata de que las mamás se conviertan en maestras, sino de que con su interés y las preguntas diarias al regresar los chamos del colegio: ¿cómo estás?, ¿cómo te fue?, ¿qué aprendiste?, ¿qué te gustó?, ¿qué no te gustó?… puedan cooperar con los aprendizajes de sus hijos. Eso es para todos los días y escuchándolos con atención, con los ojos, pues eso le hace ver al hijo que sus padres están interesados en sus aprendizajes. Además, esto ayuda a estar más atentos y prevenir el acoso escolar. Eso lo ensayamos en unas escuelas cuando estábamos en Ciudad Guayana, y a las pocas semanas ya los niños habían mejorado su rendimiento. Hace unos días leí que a los investigadores de los que aplican las pruebas del sistema PISA (que aquí en nuestro país no se aplican desde hace más de una década), preguntarles cada día a los hijos qué aprendieron mejora su interés.

Es importante ponerse de acuerdo sobre el uso de celulares, tanto si se permiten en el colegio como si no se permiten; trabajar el tema sobre cómo el exceso de pantallas está afectando no solo el aprendizaje de los estudiantes, sino también su salud mental.

Y no nos olvidemos de reconocer los esfuerzos de los padres para que sus hijos asistan a la escuela; es bueno decírselos, así como los padres deben reconocer los esfuerzos de los maestros en perseverar a pesar de los bajos salarios, elogiándolos cuando hagan bien su trabajo.

Hay más elementos en los que se puede y se debe actuar del mismo lado de la cancha, pero una columna no da para todo.  Recuerden que “Necesitamos grandes alianzas para educar y dar esperanza”.

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