Mandela pasó largos años en la cárcel, la mayoría del tiempo aislado. Tuvo oportunidad para encontrarse consigo mismo, serenarse, miraba más allá de las paredes que contenían su cuerpo, pero, no su pensamiento. Pensaba en el país, en su pueblo oprimido y sufrido. Cuando salió ya no daba los mismos discursos encendidos que cuando joven, ahora hablaba distinto: ¡necesitaba detener la amenaza de guerra civil en Suráfrica!
En el año 2000, ya libre, le pidieron que formara parte de una comisión para contribuir a la paz de Burundi, país africano aquejado por un conflicto bélico abierto para entonces. En su libro “Conversaciones conmigo mismo” (2011, Edit. Planeta), hay un par de páginas sobre la reunión que sostuvo con los jóvenes líderes burundíes, deseosos de ganar la guerra, inexpertos. He recreado la imagen de esa reunión y pienso que si Mandela estuviera aquí, en nuestro país, le hablaría en esos términos similares a los políticos venezolanos.
Recordemos lo que, como un padre, aconsejó a los burundíes. Palabras más palabras menos, Mandela les dijo: negociar en política es un arte, un arte que se aprende. Tienen que entenderse. O sea, no tenía miedo a la palabra y no la consideraba negativa, sino necesaria.
Negociar, para mí, no es sinónimo de traición. Se negocia con el que piensa diferente, con los que estamos de acuerdo ya no hay que discutir. Entonces, añado yo, hay que tender puentes con los que no están con nosotros. Para decirlo en términos de Benjamín González Buelta s.j., no podemos contentarnos con los amigos de siempre, los que bailan lo mismo, cantan lo mismo, comen lo mismo que nosotros.
Cuando se negocia hay que saber que no se puede ir con la actitud de “¡todo o nada!”. Habrá que ceder en algunas cosas: los puntos de vista diferentes no pueden dar resultados “planos”, de un solo color.
En tiempos de crisis los discursos de los líderes deben tener más razón y menos pasión, deben buscar enfriar los ánimos y no caldearlos. Eso lo vivió Mandela, por eso cuando salió de la cárcel ya no buscaba encender pasiones sino serenarlas. ¡Lo que da la madurez, la experiencia, la claridad de las metas! Habría que invitar a Mandela a una plenaria en la Asamblea Nacional, a una reunión de ministros; aunque yo lo invitaría también a reuniones de vecinos.
A crecer políticamente también se aprende. Se puede “regañar” sin ofender, sin insultar. Lo imagino pidiendo a los exaltados que respiren profundo, que se calmen, que piensen antes de hablar, que piensen en la trascendencia de sus acciones, que hay mucha gente que depende de ellos.
Les debo la cita textual, pero es mejor si compran el libro citado, pues se consigue en Venezuela. Es más, aquellos que toman decisiones en el país deberían tener un ejemplar en el escritorio.