Niño de 13 años mató a compañero de 15 en una pelea». Ese fue el titular que salió el pasado 20 de mayo en El Universal. Un adolescente asesinado por otro compañero no es un suceso más, no es un muerto más, es un caso que nos tiene que mover a la reflexión y a la acción también.

Me llama mucho la atención que el caso no tuvo mayor resonancia, como que si fuera normal que un chico de esa edad resuelva a tiros un problema común entre estudiantes. Ya saben la historia: todo comenzó con un tropezón en un partido de fútbol. Vino la discusión en el colegio, Km 14 vía El Junquito, luego la amenaza acostumbrada de «te espero a la salida», después una pelea al frente del plantel. Osmel Áñez, así se llamaba el estudiante que murió, intervino para calmar los ánimos, pero apareció la pistola -suministrada por otro adolescente- y finalmente, varios disparos acabaron con la vida de Osmel, que apenas comenzaba. Esas no son edades ni para morir de un tiro ni para asesinar.

Esta historia es terrible, no ha sido la primera, pero debiera ser la última. Hay que actuar sin más pausas. Nuestras leyes, CRBV y la Lopnna, dicen que los niños, niñas y adolescentes son «prioridad absoluta», pero las leyes no bastan. Deben traducirse en políticas públicas -trabajo permanente, recursos, monitoreo-, y eso no se ha hecho. Las acciones espasmódicas no revierten la cultura de la violencia. También tenemos una Ley de Desarme y Control de Armas y Municiones, pero las pistolas siguen regadas por ahí, ¡hasta un chico de 13 años tiene una en su morral!

Educar para la convivencia no es fácil, peor tampoco es imposible, eso sí, supone algo más que buenos lemas. Implica enseñar a los estudiantes a pensar antes de actuar, a expresar y manejar sus emociones y sentimientos adecuadamente, a resolver los problemas por vías pacíficas, supone enseñar en el aula que la diversidad no es un problema sino una riqueza, que todos merecemos respeto, supone fortalecer la persona, desarrollar las inteligencias múltiples. ¡Muchos más que una charla o un operativo! Implica también programas sistemáticos para las familias, pues hoy ni los docentes ni los padres sabemos cómo enfrentar la violencia. También supone que haya coherencia con el tratamiento de los conflictos en la sociedad, hay que premiar a los pacíficos y sancionar a los violentos.

En nuestra opinión, aprovechando que se nos pregunta en la consulta sobre la educación que queremos -y necesitamos- hoy la principal tarea de la escuela en Venezuela es esa: educar para la convivencia pacífica. Saludamos que gente nueva del MPPE haya entendido que la violencia en la escuela es un problema serio, pero con lo que ya se sabe, se puede comenzar. No esperemos otro muerto.

@luisaconpaz


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