jamesAcertó usted: estoy refiriéndome a James Rodríguez, el número 10 del equipo de fútbol de Colombia. Ese partido quedó para la historia, sobre todo por ese final: James llorando y luego consolado por varios jugadores brasileños, quienes reconocieron el valor del colombiano. Independientemente de los resultados, el joven de 21 años se ganó el respeto y la admiración de muchos.

Esas escenas sirven para una clase de educación para la convivencia pacífica.

En primer lugar, la necesidad de expresar emociones y sentimientos en su momento.  “Estoy llorando”, dijo el número 10. ¡Los hombres también lloran! Si eso lo aprendieran  los niños desde pequeños, si los padres y luego los maestros lo aceptaran y lo enseñaran, es muy posible que tuviésemos menos violencia intrafamiliar. Al niño, más que a la niña, se le obliga a reprimir sus sentimientos, se le hace creer –producto de la cultura machista– que llorar, incluso sentir, es señal de debilidad. Se le enseña a esconder, o  disfrazar el dolor.  Eso traerá consecuencias para su etapa de adolescente y de adulto. Hay que recordar, además, que sentimiento no expresado se vuelve resentimiento. Muy dañino. El profesor Briceño-León apunta que esa incapacidad para expresar emociones y sentimientos es un factor de violencia. Se cree que llorar es “cosa de mujeres”, pero no es cierto. Fíjense que las lágrimas de James, lejos de descalificarlo, lo hicieron crecer.Hay que valorar esa clase que dio al mundo J.R. “¡Estoy llorando!”. Llorar nos hace bien, incluso para limpiar la mirada.

Pero ahí no queda su aporte. Hay que subrayar la humildad: habían perdido a pesar del gran esfuerzo, y no había rabia, ni tristeza sino aceptación de la derrota. ¡Cuánta falta nos hace la humildad para convivir pacíficamente! Se requiere humildad para llegar a la verdad, decía San Agustín. Se requiere humildad para aprender, pues sólo reconociendo errores, imperfecciones, incapacidades, es que nos movemos a buscar ayuda, a buscar respuestas, a enmendarnos. La humildad permite que la madre  reconozca que ha actuado mal y le pida perdón a su hija, como contó una señora en un encuentro de Madres Promotoras de Paz: “Quiero que me perdones, no estuvo bien lo que te dije, y me puse a llorar”. Su humildad le ayudó a mejorar su relación con la adolescente. La humildad llevó a una maestra a cambiar la manera de amonestar a sus alumnos. “Era yo la que fallaba. Reconozco que conseguía el efecto contrario en los niños”, y mejoró su relación con sus “ahijados”. Humildad requieren los gobernantes para escuchar a los opositores y a los ciudadanos. Les ayudaría a reconocer derrotas, los haría buscar ayuda cuando no se sabe resolver problemas, tal  vez incluso enderezarían entuertos cuando se han tomado decisiones inadecuadas…

Finalmente, ese final del partido ya mencionado nos deja otra enseñanza: la generosidad del vencedor también engrandece. La foto de David Luiz, brasileño, no sólo consolando sino pidiendo aplausos para el colombiano. ¡Qué gesto tan bonito!

Este mundial nos va a hacer falta.

Luisa Pernalete


Web

Joven emprendedor, creo en Dios y sus promesas, programador, apasionado por las tecnologias y Fundador de Empresario Virtual, poeta http://www.empresariovirtual.org Mil Palabras!