Normalmente la ciudadanía se asocia a la adultez, pero no tiene que ser así; se puede –y se debe – ejercer la ciudadanía desde la primera infancia, no sólo porque la doctrina de protección integral de niños, niñas y adolescentes contempla que esta población -antes tenida como “menores”, casi que incapaces– goza de derechos plenos, sino también porque mientras más pronto comencemos a construir ciudadanía, serán más firmes las bases, incidirán menos en ellos los discursos y los ejemplos contrarios posteriores y, sobre todo, porque este país, donde escasean muchas cosas, también hay escasez de ciudadanía; ejemplos sobran. Si pensamos que la ciudadanía supone sentido de la corresponsabilidad, trabajar por el “bien común” -que es del otro y es el mío también-, la formación ciudadana se convierte en una prioridad para la educación venezolana necesaria.
A nuestro juicio, los ejes de la construcción de la ciudadanía en la escuela son los siguientes:
Valoración de la norma. Es una lástima haber abusado de la norma como una obligación sin ver su valor, su utilidad; incluso se ha incurrido en el error de hacer normas sin sentido, con lo cual sólo se empuja a la violación de la misma. Los estudiantes necesitan normas –todos las necesitamos– para convivir en armonía, para enmarcar el respeto mutuo -que ampara a todos y no sólo a los más fuertes-. Es importante que los niños entiendan el porqué de las normas de convivencia. Si se entienden, será más fácil que se cumplan. Hoy ya no sirve el argumento de que las cosas hay que hacerlas “porque si”. Una vez escuché que una niña le decía a su hermano mayor, molesta ante los cambios de reglas mientras jugaban, que si no había reglas, no había juego. Y es que las reglas son necesarias hasta para jugar. Eso es construcción de ciudadanía.
Deberes y derechos. Las dos “D” son importantes. El ciudadano, en educación inicial, primaria y bachillerato, debe conocer sus derechos –para exigirlos, defenderlos– e igualmente debe internalizar que tiene deberes, esa doble “D” es base de la convivencia también. Los derechos protegen a los niños y niñas, permiten su desarrollo, y los deberes suponen el respeto al otro, el “bien común”. Trabajar la LOPNNA sin olvidar el artículo 93.
El ambiente, su respeto y conservación. Este planeta es el único que tenemos. No se trata de “hablar del ambiente”, se trata de convivir fraternalmente con la naturaleza y con el espacio que nos rodea. Vivir las tres erres que mencionan los ecologistas: reutilizar, reciclar, reducir el consumo. Esto se debería tratar no sólo con la pizarra o el video beam, sino con la coherencia en el aula, en el patio, el pasillo y hasta en la sala de profesores. Re-utilizar envases, re-utilizar el papel, cada día más escaso en Venezuela, no desperdiciar el agua, cuidar que no haya goteras, erradicar el uso de vasos desechables para el café…. Supone, pues, no sólo trabajo en el aula, sino también gestión.
Educación vial. La calle es el lugar en donde todos nos encontramos: el chofer del carro lujoso, el chofer del transporte público, el que tiene un carrito pequeño, todos los peatones, ¡y hasta los motorizados! Respetar las normas “de la calle”, la educación vial, es imperativo para cuidarnos todos a todos: dar paso a los niños y ancianos, saber que luz roja significa detenerse y no correr, que la amarilla es un alerta, saber que atravesar por el rayado disminuye accidentes… entender el porqué de la norma.
La ciudadanía no es algo que se puede construir sólo “hablando de ciudadanía”. La coherencia entre discurso y acción, la perseverancia –todos los días–, el recordar que los derechos humanos son universales –para todos– es necesario para que tengamos el semillero de ciudadanos y ciudadanas desde los juegos, los creyones y las vocales.
Luisa Pernalete