No hablo de la polarización política, hablo de dos países según su apego o su resistencia a la violencia. Por un lado un país anarquizado, sin la más mínima valoración de la norma, país en el cual la violencia crece más fácil; y el otro,el que se resiste al desorden, que mantiene y defiende banderas como el respeto mutuo. En el marco de la investigación “Ciudades seguras e inclusivas”, dirigida por LACSO, hemos vistos ambos.
El primero se enseñorea, entre otros espacios, en la vía pública: muchos motorizados que se ríen de anuncios gubernamentales pronunciados en cadenas de radio, televisión, según los cuales se les va a poner reparo porque “¡ya está bueno!”, pero que para nada han detenido que transiten contra sentido, vayan por el canal que les provoque, atropellen a peatones, en fin , parecen mandar. No olvidemos a los conductores que parecen daltónicos y no saben que el rojo del semáforo es para parar, y el verde para avanzar, que manejan hablando por el celular y enviando mensajes, y las autoridades ni cuenta se dan. Hay que mencionar también a los peatones, no nos hemos enterado de que las calles se atraviesan por las esquinas, para seguridad nuestra, que debemos esperar la señal indicada en el semáforo… en fin, un caos que contribuye a los accidentes y a la orfandad de ancianos discapacitados y niños/as. Mencionemos también las calles de comunidades populares en las cuales mandan –no hay duda– los violentos armados: ellos deciden por dónde y a qué hora transitar. También en esta parte del país están escuelas en donde los directivos no tienen autoridad, a veces son atropellados por “colectivos” que dan órdenes, incluimos aquí a profesores arrinconados por alumnos violentos que se atreven a retar al docente que les hace alguna observación o se niega a pasarles porque no asistieron a clase en todo el año. Escuelas sin normas.
Hay también hogares en los cuales los padres han perdido el control y son tan permisivos que los hijos crecen pensando que no hay límites para ellos. Metamos en esta parte del país el tema de la impunidad: delitos sin culpables, y culpables sin castigo, dejando a la Ley como letra muerta. Defensorías del Pueblo que no actúan frente a casos de tortura… Usted tendrá sus propios ejemplos: los vecinos que no pagan el condominio, o los que botan la basura en cualquier parte… Un país sin normas, sin ley.
Convive en estos entornos anarquizados y violentos otro sector del país, los que eligen a veces ir contra corriente, fieles a principios que han internalizado. Pienso en la familia de Mayerling, en San Félix; sabe que en su manzana hay delincuentes, sus hijos también lo saben, pero se han conservado sanos, oyen los consejos de sus padres. En esa familia hay normas: horas de llegada, respeto entre ellos, cooperación en las tareas de la casa, no se trae nada “raro”, saben desde pequeños que eso no está permitido y que habrán sanciones. Así hay muchas familias, esas que todavía bendicen a sus hijos al salir a la escuela, resisten en silencio pero con terquedad evangélica. Están también unas escuelas heroicas, con pocos apoyos institucionales, amenazadas por los violentos del entorno, por los traficantes de drogas, y el personal insiste: “En esta escuela se respeta a todo el mundo”, las soluciones a los conflictos tienen que ser pacíficas, los puños hay que soltarlos. Podría sorprendernos, estos planteles más exigentes con las normas, son muy valorados en los barrios. Finalmente, incluimos también aquí a organizaciones empeñadas en demostrar que la convivencia pacífica y la justicia son un derecho y que es posible tener anticipos del Reino de Paz, como las madres de Catuche en Caracas, o las de La Victoria en San Félix. Es verdad, no es justo pedirles tanto heroísmo, pero es la vida de ellas y las de sus hijos,y por eso hacen tantos sacrificios. Claro, uno esperaría, con Sabina, que “ser valiente no salga tancaro”. Pero mientras vienen las políticas públicas, mientras recogen las balas, mientras se adecenta la justicia, yo aplaudo a esa Venezuela Heroica.
Luisa Pernalete
