Sumario. Hay gente que inspira por su vitalidad, capacidad de resiliencia, perseverancia aun en medio de esta larga cuarentena. Ese  es el caso de la señora Del Valle, maestra, catequista y madre promotora de paz de San Félix.  

Hace meses que no sabía de ella. Le habían robado su teléfono y difícil, con salario de maestra, que pudiera reponerlo. Así que pidió uno prestado y conversamos largo. ¡Me compuso el día!

Conocí a Vallita, como le dicen todos en la comunidad, hace unos 9 o 10 años. Apenas comenzábamos en Ciudad Guayana con el Programa Madres Promotoras de Paz (MPP) en varias escuelas de Fe y Alegría.  Cuando Monseñor Mariano Parra se enteró del Programa, en ese  entonces ejercía como obispo de la Diócesis de Guayana, dijo que lo  quería en las parroquias. Una de las que se anotó fue la de la de los padres salvatorianos, en San Félix,  en donde Vallita ya era líder catequista. Unas 25 madres de la parroquia hicieron el curso básico para formar el MPP,  grupo que ha permanecido y crecido  gracias al espíritu misionero de Vallita;  también hay otros grupos, por ejemplo, como los dos que creó   en el estado Sucre, de donde es originaria nuestra protagonista.

Después que un grupo de MPP hace el curso básico  con sus tres niveles, (aunque no todos llegan a los tres), deciden cuál será su estrategia para promover la convivencia pacífica en su escuela, parroquia o comunidad. En el caso del grupo liderado por Del Valle, decidieron ocuparse de los niños y adolescentes  de su comunidad durante el periodo vacacional. “Hay muchachos que jamás salen del barrio. Ni siquiera conocen el parque Cachamay”.  En agosto no hacen nada y ya se sabe:  una comunidad violenta con varias pandillas juveniles buscando nuevos miembros para sus bandas, convierte a esos muchachos, sin escuela (debido a las vacaciones),  sin trabajo y con tiempo libre para andar simplemente en la calle, en presa fácil para ser reclutados por los violentos del barrio. Pero Vallita y su grupo saben qué hacer: ellas también reclutan, pero, para el bien.

A los que ven en peligro por “malas juntas”, lo invitan a participar en el plan vacacional, donde ayudan a realizar  el censo y  hasta ser “asistentes” para los juegos y paseos. Los van evaluando y si les ven condiciones, el siguiente año pueden formarse como  recreadores. Después de ese paso, ya no regresan con las malas juntas, se convierten en líderes positivos. ¿Qué les parece?

Del Valle es una mujer de fe.  “¿De dónde vas a sacar recursos para los 400 muchachos del plan de este año?”, recuerdo que le pregunté un año. “¡Dios los proveerá!”, me contestó. Y así fue. Presentó su proyecto a unos comerciantes y medianos empresarios, quienes le ayudaron para el transporte y los desayunos, que cada madre hacía para “sus ahijados” de la cuadra.  Así estuvo Vallita durante 8 años. Si bien el plan vacacional es la principal acción de este grupo de MPP, durante todo el año tienen sus reuniones semanales y acompañan pequeñas acciones en el barrio,  como la Caminata anual por la paz  junto con toda la parroquia y, de paso, aprovechan para pintar en cada oportunidad murales con mensajes de paz. Los pequeños comerciantes de la comunidad también cooperan con Vallita, todo el mundo sabe a dónde van a parar esas donaciones. Son para el bien de la comunidad.

Vallita es además peluquera, tiene el salón en su casa y da cursos en un Centro de Capacitación Laboral (CECAL). Forma peluqueras y barberos:  también ha salvado a más de un chamo en peligro por darle la mano en el curso. “Si se sienten aceptados, bajan su agresividad. A veces eso es lo que les falta.  Si todos los rechazamos, terminan en los grupos violentos que se nutren de ese desamor”.  Enfrentar el mal con el bien. ¡Pura bondad! O dicho, en términos de San Juan Bosco,  cariño y firmeza. Porque eso sí: a Vallita le gustan las cosas bien hechas, nadie maltrata a nadie.

Pero además, Vallita estudió teología y tiene un título de TSU en Educación. Así que en esta difícil coyuntura, con transporte casi inexistente, y bajísimos salarios para los docentes, cuando hubo renuncias o solicitudes de cambio a principio del año escolar, hubo necesidad de una persona para la dirección de la escuela de Fe y Alegría del barrio, por ello la institución le pidió que asumiera el cargo. Si bien  aclaró que una dirección no era para ella, que lo suyo es la relación escuela-comunidad y el trabajo pastoral, dijo que lo aceptaría por un año como un servicio para el colegio y su comunidad. “¡Qué reto, manita!”, me dijo.

Una vez dentro, Vallita no se olvidó de las MPP.   Convocó a mamás y abuelas para que hicieran el curso básico con ella, ayudada con las madres ya “experimentadas” de la parroquia.  Así que, en plena cuarentena,  nada de parálisis, manteniendo los protocolos de prevención y protección, se estrena un nuevo grupo de MPP. ¿No es maravilloso? Claro, este año no habrá plan vacacional, pero esas mamás han estado contribuyendo con el colegio, acercando a esos alumnos -cuyas maestras no viven en el barrio- las guías pedagógicas que Fe y Alegría ha elaborado para el trabajo de educación a distancia,. No es lo único que hacen, pero una columna no da para compartir todo lo que realizan a favor de la vida de esa comunidad. Les confieso que cuando me entra el desánimo,  me acuerdo de Vallita y otras  personas como ella, entonces me digo a mí misma:  ¿quién dijo que se acabaron los sueños? Ya sé, los problemas del país son extremadamente grandes, pero estas “velitas en medio del apagón” me permiten seguir caminando y no caerme en el siguiente paso. ¡Dios te bendiga y te siga acompañando, Vallita!