Para los católicos, la Resurrección es la fiesta más grande, es la victoria de Jesús sobre la muerte, es un llamado a volver a vivir, después de ese camino de la cruz tan doloroso, esa angustia, ese dolor tan grande para sus seguidores.Pero la historia no termina ahí, vino la resurrección, y ese es el llamado, a resucitar, a levantarnos, a volver a vivir, porque este vía crucis venezolano se está prolongando demasiado.
No se trata de ocultar lo que está mal, ni los sufrimientos de las víctimas de la violencia, del tipo que sea, ni de evadir responsabilidades, pero Venezuela nos necesita vivos, con iniciativas para resolver los problemas; las escuelas necesitan maestros y maestras con vida, cargados de mucha creatividad para animar a los niños y niñas, y también con mucha paciencia y perseverancia, porque los niños no aprenden a convivir pacíficamente en 10 fáciles lecciones; los hijos necesitan de padres y madres llenos de vida, que puedan sonreírles para calmar sus rabias –normales- que les siembren solidaridad, respeto, que les corrijan sin maltratar, que sepan ponerles límites sin autoritarismo; la comunidad requiere de vecinos con vida para poder defender sus derechos pacíficamente, para poder enfrentar la violencia delincuencial que no cesa, para entenderse a pesar de pensar distinto, para reír y poder bajar niveles de estrés…
La violencia que mata, la que amedrenta y puede generar inmovilización o estimular violencia de otro tipo, nos ha ido distanciando –desconfiamos de todo el que pasa al lado–, nos hace añadir interpretaciones erradas a cualquier comportamiento y mirada “del otro”; por eso necesitamos reencontrarnos resucitados en espacios positivos. Grupos de vida, llaman algunos, juntar un poco de cotidianidad para hacer más humanos momentos y espacios; reírnos un poco, disolver distancias haciendo cosas buenas unos al lado de otros, sea cual sea el color de la franela de ese otro…
No estamos hablando de soluciones macros para los problemas macros del país. Estamos hablando de reconciliarnos incluso con nosotros mismos, pues hay mucho veneno gratis, muchos lentes oscuros, mucha mirada hacia el suelo que nos impide ver el sol y los colores de las guacamayas –siempre generosas-. Se trata de recordar lo que decía Mandela: “En todas partes hay gente buena”, y añadir que las acciones bondadosas pueden generar cambios en los violentos.
Hay muchas alternativas para resucitar en grupo. Conozco unos vecinos en Baruta –casi todos jubilados- que se han unido para formar una coral y ahora esa energía que le ponen a la música, la van a poner al servicio de otros, pues apoyarán organizaciones comunitarias; conozco las catequistas de muchas parroquias populares católicas que siempre consiguen tiempo para sus hijos y para los “ahijados”, y sus sábados los emplean en ese acompañamiento; en esta coyuntura han surgido tantos grupos de profesionales que voluntariamente están dando atención a víctimas de la violencia. Conozco una bisabuela de 93 años que reza cada vez que sabe que han secuestrado a alguien, creo que por esa capacidad de condolerse se mantiene con tan buena salud; además, se la pasa tejiendo algo para cada niño que nace… es que si se busca se encuentra, siempre una puerta…
En este día de Pascua de Resurrección viene bien recordar a Benjamín González Buelta, SJ: “Esta mañana enderezo mi espalda/abro m i rostro/ respiro la aurora/¡Escojo la vida!// Esta mañana te miro a los ojos/te tiendo mi mano/ te doy mi palabra/¡Escojo la vida!… ¡Felices Pascuas de Resurrección!
Luisa Pernalete 21/04/14