Estamos  en adviento, esperando la llegada de Jesús,  la raíz y el motivo  de nuestra esperanza. No son tiempos  de resignación,  rendición o  pesimismo. Son tiempos de creer, de esperar y de comprometerse. La esperanza es sostén y fuerza para seguir  adelante sin que nos agobien los problemas y las   dificultades; ella impide la angustia y el desaliento, pone alas a la voluntad, se orienta hacia la luz y hacia la vida. Sin esperanza, languidece el entusiasmo, se apagan las ganas de vivir y de luchar. La desesperanza es falta de fe  que hunde al alma en el pesimismo y le roba las fuerzas para comprometerse  en la construcción de un mejor futuro. Por ello, y como nos dice Anatole France, “Nunca se da tanto como cuando se da esperanza”.

Jesús fue un creador incansable de esperanza. Toda su existencia consistió en contagiar a los demás la esperanza de un mundo justo y fraternal, que había que construir con servicio y entrega desinteresados. Por ello, sus seguidores debemos ser los militantes de la esperanza. Una esperanza activa, que se convierte en compromiso y esfuerzo por combatir la miseria, la exclusión, la violencia, la injusticia y toda forma de dominación.  A pesar de las dificultades y problemas, Jesús,  el Libertador, el enemigo de toda opresión y esclavitud,  viene, sigue viniendo y nos trae la excelente noticia de que Dios nos ama y quiere que vivamos como hermanos. Esperarlo en adviento y luego recibirlo en navidad es comprometerse a construir con Él una Venezuela reconciliada, justa, próspera y fraternal, donde nadie pase hambre, muera por falta de medicinas o la debida atención médica,  sea perseguido por sus ideas o expresiones, o tenga que marcharse del país porque no se le brindan oportunidades para un trabajo bien remunerado que le posibilite a él y su familia vida digna.

El derecho a soñar no figura entre los 30 derechos humanos que las Naciones Unidas proclamaron hace ya 75 años, pero si no fuera por él, y por la energía que brinda,   los demás derechos quedarían como meras proclamas huecas. Soñemos que es posible  un  país profundamente democrático, donde la Constitución no sea letra muerta,  con poderes autónomos e instituciones eficientes, sin violencia y sin miseria, donde se respete la voluntad popular expresada en  elecciones justas y transparentes, se asuma  la diversidad  como riqueza y todos nos consideremos y tratemos como conciudadanos y hermanos. Soñemos y entreguemos nuestras vidas a realizar los sueños. Tan negativo es el discurso fatalista, inmovilizador, que renuncia a los sueños y niega la vocación ciudadana de ls personas,  como el discurso meramente voluntarista, que confunde el cambio con la proclama o el deseo de cambio. Por ello, los seguidores de Jesús   debemos ser los “disoñadores” de la nueva Venezuela.  Es decir, debemos soñarla y diseñarla.  Soñarla y construirla. Pues el sueño sin diseño, sin proyecto, es mera ilusión y el proyecto sin sueño, sin pasión, no convence, no entusiasma, no moviliza. .

Todas las grandes conquistas de la humanidad comenzaron con el sueño de alguien o de unos pocos y el compromiso tenaz y valiente de hacerlo posible. Nada importante se ha logrado nunca sin esfuerzo,  sin  trabajo, sin sacrificio y entrega.

Aceptar el sueño de una Venezuela  mejor exige  participar activamente en el proceso de su creación. Perder la capacidad de soñar y de comprometerse es perder el derecho a actuar como ciudadanos, como autores de los cambios necesarios en lo  político, económico, social, educativo y  cultural.

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