Dado el estado lamentable en que se encuentra Venezuela, su reconstrucción va requerir múltiples respuestas de orden político, económico y social, pero también respuestas educativas. Si bien es cierto que sola la educación no es suficiente para sacar al país de la pobreza y de la crisis, es igualmente cierto que no saldremos de ella sin el aporte de una educación renovada, integral, de calidad, que alcance a toda la población estudiantil, la retenga en el sistema y forme su corazón, su mente y sus manos, es decir, le proporcione las competencias necesarias para vivir a plenitud su ser de persona, para ejercer responsablemente su ciudadanía, para seguir aprendiendo siempre e insertarse productivamente en la sociedad.

La educación por sí sola no construye nación, pero sin ella no es posible la nación. La educación sola no puede producir los cambios necesarios, pero sin ella no es posible el cambio. Si queremos que la educación contribuya a acabar con la pobreza, debemos acabar primero con la pobreza de la educación y con la pobreza económica, pero también pedagógica, emocional y espiritual de numerosos educadores, sobre todo de los que, ante la estampida de muchos docentes que abandonaron el país o la profesión para poder vivir dignamente, se han incorporados a la docencia sin la debida formación ni la necesaria vocación.

La educación es la suprema contribución al futuro del mundo, puesto que tiene que contribuir a prevenir la violencia, la intolerancia, la pobreza, el egoísmo y la ignorancia. Una población bien educada es crucial si se quiere tener democracias prósperas y comunidades fuertes. La educación es el pasaporte a un mañana mejor. A todos nos conviene tener más y mejor educación y que todos los demás la tengan. De ahí la necesidad de gestar una educación integral de calidad para todos. Educar es servir, poner la propia persona al servicio de la promoción del otro. Por ello, no basta con proporcionar educación a todas las personas, sino que se trata también de educar a toda la persona. Esto es lo que significa integral: Educar razón y corazón, inteligencia y sentimientos, memoria e imaginación, voluntad y libertad. Educar los sentidos, pies y manos, estómago y sexualidad. Educar a cada persona como ciudadano del mundo pero también hijo de su aldea, de su región, de su país, de su comunidad.

La educación integral de calidad debe enseñarnos a amar la vida, a defenderla, a hacerla posible para los que no pueden disfrutar de ella. Hoy la vida está amenazada y negada de múltiples formas. Miles de millones de personas no pueden vivir dignamente y apenas malviven en una miseria atroz. Otros muchos mueren de hambre, de enfermedades fácilmente derrotables, de guerras injustas, o por una violencia ciega ocasionada por la intolerancia, la deshumanización o la miseria.

La propia naturaleza gime de dolor ante las dentelladas de un desarrollo ciego que destruye sus entrañas y siembra la muerte por todas partes. De ahí la necesidad de una educación desde la vida y para la vida, que combata con valor todos los ídolos de la muerte: egoísmo, consumismo, codicia, violencia, guerra, opresión…, y enseñe a amar la cultura de la vida compartida. Hay que educar para la sencillez y el compartir, para la búsqueda de un desarrollo humano sustentable, que atienda las necesidades de todos y no de unos pocos, que priorice la calidad de vida sobre la cantidad de cosas, y que enseñe a respetar y amar la naturaleza.

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