Nació el 5 de marzo de 1955 en un rancho del 23 de enero, en Caracas, donado por el obrero Abrahán Reyes y su esposa Patricia. Cien alumnos sentados sobre el piso pues no tenían sillas, ni mesas, fueron los primeros alumnos. Dos jovencitas de apenas quince años y con tan solo sexto grado de primaria, fueron las primeras maestras. Hoy, a sus 69 años, Fe y Alegría evidencia un espíritu juvenil y emprendedor que se crece ante las dificultades y le lleva a refundarse y actualizarse permanentemente para servir mejor a las poblaciones excluidas y pobres en los 23 países en los que despliega sus banderas de educación integral de calidad.

En estos días en que la educación de Venezuela languidece y vive una de las peores crisis de su historia, con millones de alumnos en edad escolar fuera del sistema educativo; gran déficit de educadores que se han marchado del país o han abandonado su profesión por no poder sobrevivir con sueldos de miseria; y miles de centros educativos en condiciones lamentables; Fe y Alegría renueva  su compromiso de seguir trabajando con entusiasmo por salvar la educación y por transformar la educación para que responda a las necesidades y problemas que vivimos. Por ello, está comprometida en apoyar un Pacto o Alianza que unifique al país en torno a la defensa de la educación. Si la educación es un derecho, es también un deber humano fundamental, lo que implica que todos somos corresponsables y debemos colaborar para que este derecho se cumpla, lo que supone que todos debemos levantar nuestras voces y unir nuestras manos para rescatar y mejorar la educación.

 Una mejor educación para un mejor país, requiere de la cooperación de todos: del Estado, como administrador de la cosa pública y representante de la sociedad; de las familias y comunidades; de las instituciones públicas no gubernamentales de servicio al desarrollo; de la empresa privada; de los medios de comunicación y de la comunidad internacional. La educación tiene que convertirse en una responsabilidad compartida por todas las sociedades. Ese es el sentido de la invitación del Papa Francisco a que nos sumemos al Pacto Global por la Educación. Aceptarlo supone asumir los retos que nos plantean las nuevas tecnologías, las exigencias de equidad en la educación, la visión de una educación a lo largo y ancho de la vida, la integración del diálogo de saberes y de culturas, la construcción de nueva ciudadanía.

 Pensar la mejora de la educación sin los docentes es una ilusión. Todos los estudios indican que en ellos reside la clave de la calidad de la educación. Cuando la profesión docente se hace atractiva y los mejores estudiantes se inscriben en ella, cuando son reconocidos y remunerados adecuadamente, la calidad de la educación sube. Junto a la debida valoración y remuneración, hay que crear una nueva cultura educativa en los docentes que cultive la dignidad de su profesión y la motivación de su vocación a construir la sociedad del futuro. Los educadores deben concebirse no como meros impartidores de conocimientos, sino como los constructores de una nueva humanidad. Educar es humanizar, es formar personas plenas y ciudadanos responsables y solidarios. Avanzar en esta dimensión supone emprender profundos procesos de formación-transformación tanto inicial como permanente. Para esta tarea urgente y trascendental, en la que nos jugamos el presente y el futuro del país, Fe y Alegría brinda su apoyo y su experiencia.

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