El primero de enero, en la celebración de la 57 Jornada Mundial de la Paz, el Papa Francisco dirigió un mensaje que tituló “Inteligencia artificial y paz”. Lo inicia afirmando que la inteligencia es expresión de la dignidad que nos dio el Creador al hacernos a su imagen y semejanza y que la ciencia y la tecnología son producto de su potencial creativo. El progreso de la ciencia y de la técnica, en la medida en que contribuye a un mejor orden de la sociedad humana y a acrecentar la libertad y la fraternidad, lleva al perfeccionamiento del hombre y a la transformación del mundo.

Tras reconocer las conquistas de la ciencia y de la tecnología, que han contribuido a remediar innumerables sufrimientos, por ejemplo, en materia sanitaria, al afinar un diagnóstico y su adecuando tratamiento, advierte que los progresos técnico-científicos están poniendo en las manos del hombre una gran gama de posibilidades, algunas de las cuales representan un riesgo para la supervivencia humana y un peligro para la casa común. Cita, por ejemplo, la creación de un armamento sofisticado como los drones suicidas que actúan en Ucrania y Gaza. Además, las tecnologías que usan un gran número de algoritmos pueden extraer, de los rastros digitales dejados en internet, datos que permiten controlar los hábitos mentales y relacionales de las personas con fines comerciales o políticos, sin que ellos lo sepan, limitándoles el ejercicio consciente de la libertad. Por ello, “no podemos presumir a priori que el desarrollo de la inteligencia artificial aporte una contribución benéfica al futuro de la humanidad y a la paz entre los pueblos. Tal resultado positivo solo será posible si somos capaces de actuar de forma responsable y de respetar los valores humanos fundamentales como la inclusión, la transparencia, la seguridad, la equidad, la privacidad y la responsabilidad”.

La expansión de la tecnología debe acompañarse de una adecuada formación en la responsabilidad. La libertad y la convivencia están amenazadas cuando los seres humanos ceden a la tentación del egoísmo, del afán de lucro y de la sed de poder. La dignidad de cada persona y la fraternidad que nos vincula como miembros de una única familia humana, deben estar en la base del desarrollo de las nuevas tecnologías y servir como criterios para valorarlas antes de su uso, de modo que el progreso digital pueda realizarse en el respeto de la justicia y contribuir a la paz. Los desarrollos tecnológicos que no llevan a una mejora de la calidad de vida de toda la humanidad no podrán ser considerados un verdadero progreso. 

Según el Papa Francisco urge una reflexión profunda sobre el “sentido del límite”, tan olvidado por la mentalidad tecnocrática, y tan decisivo para el desarrollo personal y social. “El ser humano, mortal por definición, pensando en sobrepasar todo límite gracias a la técnica, corre el riesgo, en la obsesión de querer controlarlo todo, de perder el control de sí mismo. El respeto por la dignidad humana postula rechazar que la singularidad de la persona sea identificada con un conjunto de datos. No debemos permitir que los algoritmos determinen el modo en que entendemos los derechos humanos, que dejen a un lado los valores esenciales de la compasión, la misericordia y el perdón o que eliminen la posibilidad de que un individuo cambie”.

Tras señalar que el gran reto que plantea la inteligencia artificial a la educación es promover el pensamiento crítico, el Papa culmina su mensaje subrayando la necesidad de reglamentar su uso que no solo evite las malas prácticas, sino que aliente las mejores.

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