Caminar con otros para seguir caminando
Una vez una señora del Valle, catequista, del grupo Madres Promotoras de Paz de una comunidad de San Félix, con bien ganada fama de violenta, me hablaba preocupada por la Caminata por la Paz que estaban organizando. Iban a salir de la comunidad y está claro que no todas las calles son seguras. “¿Quiénes somos más, los violentos o los pacíficos?” y ella sin dudar respondió: “¡Los pacíficos!” Y como siempre, desde hace 7 años, hicieron su caminata, invitando a todos a unirse por el bien común, y créanlo, esas caminatas, aunque usted no conozca al que va a su lado, son una fuente de ánimo y esperanza para el que participa, Uno se cansa físicamente, pero el alma se rejuvenece, la mirada se amplía, se puede ver más allá pese a tener los lentes vencidos; se puede cantar en un gran coro y hasta los desafinados son aceptados, la calle se vuelve un lugar de encuentro, porque se sabe que caminamos por una causa de muchos. (más…)
David, nombre ficticio pero historia real, había sido abandonado por su madre a los 6 años. A los 15, después de una “pasantía” por el INAM y dos años viviendo en plazas, fue ayudado por una fundación que rescataba niños de la calle. Una vez, ya en su fase de “hogar”, veía en la televisión un programa donde le preguntaban a la presidenta de la Fundación amiga si esos “huelepegas” eran rescatables, inmediatamente David reaccionó: “¿Cómo que si son rescatables? ¡Yo soy rescatable!” Y tenía razón. Podía tener otra vida. No se trataba de un caso simple: tenía problemas neurológicos –probablemente heredados de su madre- y hasta que no comenzó el tratamiento adecuado, no pudo controlar sus rabias y altibajos. Su conducta violenta tenía muchas causas, pero, su irritación en la corteza cerebral era determinante.