Un nuevo año escolar siempre trae nuevos retos y, a veces, a los educadores (y también a las familias) nos entran algunos miedos. Pero a pesar del clima de incertidumbre que reina en el país y de los problemas que nos afectan a la mayoría de los venezolanos —como los malos o ausentes servicios públicos, así como los bajos salarios de la mayoría—, tenemos que soñar; si somos de los educadores que seguimos creyendo que educar vale la pena, tenemos que soñar. Los sueños ayudan a empujar y a animar a los que soñamos.
Los sueños deben tener los pies sobre la tierra y realismo para arrancar. Así que debemos comenzar en los centros educativos analizando los contextos, compartiendo esos análisis: los contextos nuestros —cómo estamos, cómo nos sentimos—, los de la comunidad donde está el centro educativo, y luego pensar en los contextos de los alumnos a los cuales vamos a atender, qué preguntas les haremos sobre estas temblorosas vacaciones, encontrar diversas estrategias para que se expresen y preguntarles también qué esperan de este año escolar. Por supuesto, los que están en esos estados afectados por los terremotos deben recoger muy bien cómo están las infraestructuras, las alertas…
Es bueno recoger los aprendizajes del año escolar pasado: lo que nos salió bien, para repetirlo, y los errores, para no volver a caer en ellos; de los errores también se aprende.
Y luego hagamos un esfuerzo imaginativo y pensemos que estamos en julio del 27: ha terminado el año escolar, ¿qué esperamos recoger?
Si hacemos bien nuestro análisis de contexto, tenemos que decirnos que tanto nuestros alumnos como el personal requieren de acompañamiento socioemocional y, si lo creemos conveniente, buscar ayuda profesional. También será bueno pensar en estrategias de prevención de desastres: ¿qué hacer si sigue temblando?, ¿qué enseñar a los alumnos en caso de que tengamos sacudidas o inundaciones cerca de la escuela? Las emergencias no avisan, hay que prevenir.
Todos tenemos talentos, inteligencias a veces desarrolladas y a veces en espera de desarrollo. Es bueno que cada quien exprese qué talentos cree tener para ponerlos al servicio del resto, y no es malo decir qué debilidades tiene. El trabajo en equipo ayuda a las metas de todos. Qué herramientas necesitamos para educar en este tiempo de reconstrucción del país, qué opciones de formación conocemos. No solo pensemos en actualizaciones en tecnología; pensemos en esas herramientas que tienen que ver con el acompañamiento entre nosotros y también para acompañar a los alumnos. Recordemos que podemos tener chamos que han perdido familiares, por ejemplo. Esos requieren un acompañamiento especial y prolongado.
Podemos soñar con aulas muy animadas, muy participativas. Para ello requerimos de estrategias variadas, que dibujen rostros de alegría en los chamos. Educar sin aburrir, pues. Cómo promover entre ellos la convivencia pacífica, cómo prevenir todo tipo de violencia, el acoso escolar —que suele estar «disfrazado»— y la resolución pacífica de conflictos interpersonales; cómo promover la ciudadanía desde la educación inicial, con conciencia progresiva de deberes y derechos; cómo promover el amor por la «Casa común», que el jardín de la escuela no sea solo responsabilidad del personal de mantenimiento. ¿Cómo nos gustaría que se iluminaran esos jardines?
Soñemos cómo nos gustaría que fueran nuestras reuniones con padres y representantes: muy nutridas, por ejemplo, donde podamos cambiar nuestro dedo acusador por la mano extendida. ¿Qué formación están necesitando los padres y representantes? ¿Tenemos algunos que también puedan ayudar a la formación de los otros? ¿Qué nos gustaría que nos dijeran los padres y representantes de nuestro trabajo al finalizar el año escolar? Cerremos los ojos y pensemos en esos rostros…
¿Y con la comunidad? En Fe y Alegría tenemos ese eje tan importante de escuela-comunidad para enfrentar algún problema común; no el que seleccione el equipo directivo, sino el que salga de ese intercambio con vecinos. Han salido proyectos muy interesantes… Soñemos un poco: ¿cuál propondríamos para este año escolar?
Por supuesto, soñemos también con el aumento de salario de los docentes y de todo el personal: que sea digno, que cumpla con el Artículo 91 de la Constitución, que dice que todo trabajador y trabajadora deberán tener ingresos que permitan satisfacer sus necesidades y las de su familia. Eso hay que soñarlo y tener estrategias para recordárselo a los que toman las decisiones.
Quiero soñar que a los excluidos del sistema escolar —los de antes de los terremotos de junio y todos los que estaban inscritos en esas escuelas que, según la UNICEF, se derrumbaron totalmente (437), más las que están con alerta roja según los expertos y no pueden utilizarse hasta que no se arreglen— se les creen planes temporales para iniciar clases, y que durante el año se les arreglen o se construyan nuevas instalaciones. Sueño, pues, con la educación para todos, con que se recuerde que los derechos de los niños, niñas y adolescentes son prioridad absoluta (Art. 78 de la CRBV y Art. 7 de la LOPNNA).
También quiero soñar que esa mesa de «diálogo» que está definiendo la ruta de la transición —que no sabemos exactamente transición para dónde— sepa que la educación es una dimensión prioritaria para un país. Así, por ejemplo, esos chamos que se han quedado sin escuelas no pueden esperar años para volver a las aulas. Los planes temporales son urgentes. Eso hay que decírselo a esa mesa y también a las actuales autoridades; toda la sociedad debe estar pendiente.
Finalmente, sigo soñando con la posibilidad de seguir aumentando las alianzas por la educación: «Necesitamos la gran alianza, para educar y dar esperanza». Familias, vecinos, periodistas, empresarios, comerciantes… Hay anticipos que animan.
¿Usted con qué año escolar sueña? ¿Qué está dispuesto a hacer por ese sueño?



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