Hace un par de días, una mujer de 56 años, que vive en Barquisimeto en un apartamento ubicado en un 7.º piso, sola, y que está mal de salud, me decía que, por los apagones, le da miedo utilizar el ascensor, pero tiene artrosis; no puede subir y bajar 7 pisos con dolor y, después del terremoto, ahora tiene miedo todo el tiempo. “Ojalá alguna vecina de la planta baja me prestara una cama para dormir en su apartamento.” Los apagones y los sacudones han incrementado los miedos.
Hay mucho que hacer, por nosotros y por otros. Tenemos que cuidarnos para poder cuidar a otros. Siguen los miedos, las angustias, pero tenemos que seguir viviendo y hacerlo de la mejor manera posible. La salud mental es necesaria para nosotros mismos y más aún para los que deben cuidar a otros: padres y madres de familia y todo el personal que trabaja en escuelas. Tenemos que cuidarnos nosotros y así poder cuidar a otros.
Jazmín Sambrano, esa extraordinaria psicóloga, experta, entre otras cosas, en resiliencia, ha estado difundiendo algunos consejos en estas semanas postterremotos. Les comparto algunos de los que he leído, que voy a aplicar y a seguir difundiendo. ¡Gracias, Jazmín!
Tenemos que reconocer nuestras emociones. Ella habla de “validar el cansancio”. El cansancio agota, desgasta emocionalmente, se duplica cuando intentamos fingir que “todo está bien”. Recomienda hacer estas 3 acciones, por escrito: 1. 1. Si nuestro cansancio tuviera voz, ¿qué nos diría? 2. ¿Qué emoción he intentado ocultar o contener por una semana? 3. Escribe la siguiente frase y complétala: Me doy permiso para sentirme cansado por __________. El propósito: Al externalizar la emoción, dejas de identificarte con ella. “YA no eres la frustración; eres el observador que la procesa”, nos dice Sambrano. Qué interesante, ¿verdad?
Recomienda también que, al final del día, escribamos qué recurso utilizamos en algunos de esos momentos de miedo, de cansancio, de angustia en el día.
Otro consejo interesante es escribirnos una carta a nosotros mismos, reconocer en ella lo que hacemos que nadie reconoce, escribir un compromiso con nosotros mismos, romper ese diálogo interno de criticarnos, culparnos y activarnos.
Nosotros solemos mencionar las erres de nuestro cuidado: reconocer (cómo nos sentimos cada mañana), reír y sonreír frente al espejo (eso nos relaja y llegamos con sonrisa a la mesa del desayuno), también hacerlo antes de entrar a nuestro trabajo, antes de saludar a los demás; recrearnos un rato cada día, bailar, cantar, leer algo agradable; regalar “piropos” a otros, a la familia, a los alumnos si somos educadores, algo bueno que hayan hecho, lo bien que les queda ese corte de pelo… A todos nos gusta que nos piropeen; relajarnos, descansar un rato, caminar; recurrir a otros si necesitamos ayuda… Buscar ayuda es señal de inteligencia, no de debilidad como creen muchos; reunirnos, esto es muy importante, reunirnos en familia, dando tiempo de calidad.
Soltando el teléfono, reunirnos con vecinos, así sea para hablar del apagón, saludar a esos vecinos que caminan en el mismo parque que nosotros, aunque no sepamos sus nombres; por supuesto, reunirnos con compañeros de trabajo o con vecinos para enfrentar juntos algún problema… Añada usted con quién más podría reunirse; rezar, en la misa, que nos recuerda que somos “hermanos”, hijos del mismo Padre, cuando rezamos el Padrenuestro…
Si nos cuidamos, podemos cuidar a otros; si nos escuchamos, podemos escuchar a otros: a esos vecinos que viven solos, a ese familiar que está pensativo, a ese compañero de trabajo, siempre callado, pero ante una pregunta nuestra podrá hablar.
La calma tensa del país –en una transición que no sabemos muy bien todavía la ruta–, la inflación que no para, hay que enfrentarla escuchándonos y escuchando.



Los comentarios están cerrados