La Navidad es esencialmente una fiesta familiar. Por ello, aunque vivimos días muy inciertos y difíciles, con numerosas familias separadas y rotas, y se aviva en estos días el dolor de la ausencia, y aunque la penosa situación económica —con la inflación otra vez desatada— hace que pensiones, salarios y bonos pierdan cada día valor, todos deberíamos esforzarnos por cultivar con esmero el cariño y la ternura, para convertir nuestro hogar en una escuela y comunidad de amor, refugio y seguridad, como lo fue la familia de Nazaret.
Jesús aprendió de José un oficio y, como todos los niños, antes aprendi
Pero, sin duda alg
Los escasos relatos en los evangelios sobre la infancia de Jesús son más que suficientes para ver en José y María a unos modelos de padres, entregados por completo a la voluntad de Dios y al servicio de su hijo y de los demás. José es presentado como un hombre piadoso, justo, diligente y siempre preocupado por proteger y salvar a la familia. Mateo comenzará definiéndolo como un hombre “bueno” (Mateo 1, 19), conocedor de la ley, pero con la libertad suficie
Volverá a salvarlos cuando tienen que huir precipitadamente al destierro de Egipto, al enterarse de que Herodes buscaba al niño para matarlo. Podemos imaginar la firmeza y el valor de José, un artesano pobre, al tener que abandonar de repente la seguridad del hogar y del trabajo para salir a enfrentar los mil problemas y dificultades de un destierro repentino y forzado. Serían largos días de hambre, de dormir a la intemperie, de sortear cientos de amenazas y peligros y, luego, de todos los inconvenientes que supone establecerse en un país desconocido. Lo podemos imaginar siempre diligente, preocupado para que no les faltara nada al niño ni a su madre, como y
En María encontramos un modelo perfecto de entrega a Dios, que es también servicio a los demás. Su «sí» confiado y total en la Anunciación —“He aquí la sierva del Señor, hágase en mí según tu Palabra” (Lucas 1, 38)— hizo posible la encarnación. De inmediato, al enterarse de que su prima Isabel también estaba embarazada, partió en su ayuda. Sabía bien que sería un embarazo difícil, pues Isabel era una mujer de muy avanzada edad y, sin pensarlo dos veces, partió presurosa (ver Lucas 1, 39 y ss.).
María, mujer de fe inquebrantable, siempre se fió de Dios a pesar de los graves problemas y dificultades que tuvo que enfrentar, y a pesar de que no terminaba de comprender muchas cosas. Como la respuesta de Jesús cuando por fin lo encontró en el templo, después de tres interminables días de búsqueda angus
Guardaba todas esas cosas en el corazón, las pensaba y meditaba para ser enteramente fiel a los planes de Dios, aunque supusieran que una aguda espada de dolor atravesaría su alma, como le había anunciado Simeón cuando presentaron al niño en el templo.
Nunca nadie estuvo tan cercano a Jesús como María, su madre: durante nueve meses se estuvo formando en su vientre, lo alimentó con su propia vida, lo arrulló con los latidos de su corazón. Cuando nació, lo acunó en sus brazos, calmó sus rabietas y su llanto, lo alimentó, lo besó miles de veces, lo limpió, pasó noches en vela junto a su cama cuando estaba enfermo, le enseñó a caminar, comer y hablar. Fue guiando y apuntalando su crecimiento corporal y espiritual, lo acompañó en su misión y en sus proyectos, respetó por entero sus decisiones aunque no las comprendiera, y bebió hasta el borde la copa del sufrimiento cuando acompañó su muerte cruenta y especialmente dolorosa en la cruz, en medio de las risas y burlas de muchos de los que antes lo habían seguido y admira
Antonio Pérez Esclarín
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