David no había estudiado nunca. Era lo que se conoce como “un niño de la calle”; yo le daba clases por las noches y un día vio ese libro gordo sobre mi mesa.
– ¿Qué es eso? –preguntó.
– Un diccionario, un libro que tiene todas las palabras -le contesté.
Inmediatamente, sorprendido, me dijo que él quería uno. David, que hasta entonces resolvía los problemas a golpes, después de un proceso de recuperación de sí mismo, aprendió que hablando se entiende la gente. Aprendió a pedir perdón, decir “por favor”, dar las gracias. Murió de un infarto y no de una manera violenta, como había sido su adolescencia. Hasta aconsejaba a los amigos que conversaran y no pelearan. Él aprendió a utilizar el diccionario.
Tomo prestada, nuevamente, una frase de esa hermosa canción “Noche de bodas”, de Sabina, porque me encanta la figura: un libro lleno de palabras deteniendo balas, o también insultos, amenazas, descalificaciones. ¿No sería extraordinario?
Yo pienso que hoy los venezolanos estamos urgidos de ese libro con todas sus palabras, para entendernos. Necesitamos encontrar palabras adecuadas para identificar la violencia que nos tiene a casi todos enfermos: ansiedad, dolores que no tienen explicación, dificultad para ver más allá de las colas, rabia contenida o mal expresada… ¿Qué nombre le ponemos a lo mal que nos sentimos cuando los gobernantes ofenden nuestra inteligencia con declaraciones, a todas luces falsas, ante los problemas serios del país?
Los padres requieren del diccionario para encontrar palabras que den sentido a la vida de sus hijos, para que el sueño no sea irse del país por falta de oportunidades, sino poner a funcionar el cerebro creativo y conseguir salidas novedosas a los problemas agudos de cada día; palabras distintas al “bachaqueo” como oficio; palabras distintas a “la banda armada” como grupo de pares, que siembra muerte en la comunidad y envilece a los jóvenes. También requieren diccionario para que los más pequeños no escuchen sólo problemas y tengan asegurado su derecho a vivir su vida de niños; necesita palabras que alimenten sus fantasías y les permita inventar sus historias en donde los perritos hablan y las nubes sirven de aviones para sus viajes.
Los políticos con acceso a los medios masivos, con poder para “encadenar” a los venezolanos por horas, necesitan del diccionario para que descubran que las palabras no se hicieron para descalificar e insultar sino para tender puentes. “Una palabra en la mano / puede ser pan y amistad para el nada tiene/ Una palabra en el agua / puede ser piedra suavizada por el vaivén de las olas / Una palabra en el aire / puede ser una sonrisa tierna que acerca y abraza”, así nos dice Benjamín González Buelta.
Los dirigentes políticos, del lado que sea, necesitan saber usar el diccionario para que encuentren las palabras adecuadas y desbloqueen la sordera que parece afectar a algunos.
Los venezolanos necesitamos ver a los políticos sentarse con su diccionario al lado y dialogar por el bien de todos.
Luisa Pernalete


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