El drama de las adolescentes enamoradas de sujetos “mala conducta” es complejo; no siempre se trata de “querer poder”, al menos no en todos los casos: las hay también de esas que se enamoran simplemente sin pensar en las consecuencias de esa relación. Esta historia es real y, al menos el final o el capítulo que escribo, no ha sido trágico.
Vanessa, nombre ficticio de esta historia real, tiene 15 años, no le iba bien en el liceo, se aburría mucho y, en esa camino de aburrimiento, se enamoró de un “mala conducta”, de esos nuevos delincuentes que tienen doble vida: trabajan o estudian, mientras en las noches y fines de semana viven del delito, más cerrado o más abierto. Ella no sabía que Rafael (nombre ficticio también) andaba en malos pasos. “Una se vuelve estúpida”, me contaría más tarde. Su madre tampoco lo sabía: “hasta serio se veía el muchacho”, me comentaría después. El asunto son los 21 años de él y los 15 de ella, con hormonas activas y piel sensible, donde ganó la capacidad de seducción del joven, mientras ella estaba subyugada. La madre empezó a sospechar que no era tan serio como parecía: descubrió que Rafael le había propuesto a Vanessa, por correo, ¡que la robara! No sabía cómo enfrentar la situación, pues es madre sola y se sentía indefensa.
Un día Vanesa llegó golpeada, diciendo que se había caído. Ya se corría en la comunidad que Rafael andaba en una banda. No se podía seguir ocultando el riesgo que vivía la adolescente. La madre siguió consejos de una experta en líos de este tipo: ya no le peleaba de frente la relación, continuamente le decía que la quería mucho y que la defendería de cualquiera que quisiera hacerle daño. Vino un segundo golpe y esta vez la chica decidió romper el silencio, habló con su madre y fueron a poner la denuncia en la Comandancia de la Policía. “No vengo a que lo ponga preso, lo que quiero es que no se me acerque más ni a mi ni a familia” (ya su mamá había sido amenazada). La policía citó dos veces a Rafael, quien nunca acudió a dichas citaciones. Se metió en más líos y estaba huyendo. Vanessa se atrevió a buscar ayuda más arriba y pidió a un familiar que la sacara de la ciudad. “Había fotos mías en su Facebook, me daba miedo que sus enemigos vinieran por mi.” Estaba muy asustada: había terminado la relación, pero, el peligro aún existía.
Ella no se hizo novia del joven por atracción fatal, simplemente se enamoró y luego se complicó la relación. Se activó la solidaridad, su madre pudo sacarla del barrio; a los dos días de esa salida mataron a Rafael en un ajuste de cuentas, pero, ¡ella ya estaba a salvo! Sigue lejos de su comunidad, en otra ciudad: no quiere volver y sueña con retomar sus estudios. Ahora está recibiendo terapia para sanar las heridas causadas.
Esta historia se cuenta rápido, no obstante es un drama que se está repitiendo en muchas comunidades. No todas las historias terminan bien: hay adolescentes que han sido asesinadas, mientras otras han terminado formando partes de las bandas. En Venezuela no hay casas de abrigo para mujeres, ya sean adultas o jóvenes, que estén en situación de riesgo; tampoco hay políticas públicas para proteger a estas chicas. Ni siquiera hay suficientes liceos. Vanesa hoy está salvo gracias al amor de su madre y a la solidaridad, pero, necesitamos programas para que adolescentes como ella puedan recuperarse para sí mismas.


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