“¡Ayuda, mami!”, dijo Juan José, de tres años a su mamá cuando se cayó. Niño inteligente, sabe que pedir ayuda funciona.
“Mi hijo anda con malas juntas, maestra, no sé qué hacer”, le dijo la señora Iris a la orientadora del colegio. Habilidad social importante: pedir un favor y aceptarlo.
“Niños, niñas, ayer estaba de muy mal humor por algo que ustedes no tenían la culpa, les pido perdón por mi mala cara, haré mi mejor esfuerzo”, dijo la maestra Patricia. Disculparse, otra habilidad necesaria para convivir.
“¡Esposita, la torta de auyama te quedó deliciosa: eres la Sumito femenina!”, exclamó Guillermo a su esposa Beatriz. Hacer un elogio: habilidad social que hace más feliz la convivencia y que habla de generosidad.
“Mamá: necesito plantearte un problema. Escúchame sin interrumpir”, le dijo Cecilia a su madre y ella la escuchó con paciencia. Saber escuchar, base de las relaciones fraternas.
“¿Qué vamos a hacer para reducir la violencia en la escuela?”, preguntó la directora María a sus compañeros: ponerse de acuerdo, la madre de las habilidades sociales.
Manuel Segura M. s.j. nos dice que la convivencia requiere de habilidades cognitivas (saber pensar antes de actuar), crecimiento moral (unos valores, un marco ético) y habilidades sociales básicas (identificación y manejo de emociones) y habilidades como las que hemos ejemplificado anteriormente: saber escuchar, hacer un elogio, pedir un favor, disculparse y ponerse de acuerdo. En esta oportunidad queremos detenernos en estas últimas.
Piensen ustedes como mejoraría nuestra convivencia si tuviésemos esas habilidades en el hogar y si se enseñaran en la escuela. Afortunadamente hay maneras de aprenderlas. Pero hagamos un ejercicio e imaginemos que los líderes del país también descubren la importancia y la necesidad de adquirir esas habilidades para gobernar.
Saber escuchar: En vez de estar aumentando los salarios, escuchen primero a expertos sobre cómo parar la inflación –la mejor medida de que el salario no se siga debilitando– y cómo recuperar el aparato productivo. Podrían llamar y escuchar a los economistas de Bolivia o de Ecuador, gobiernos amigos, para que la gente no piense mal. ¡Qué maravilla!
Saber pedir un favor: Quien pide un favor es porque reconoce que necesita de otros. ¿Qué tal si el gobierno reconoce que los venezolanos están pasando penurias por la falta de medicamentos y acepta la ayuda de las organizaciones y los gobiernos de otros lares están dispuestos a ofrecer? Pienso en mi “comadre Erika”, de San Félix, su hija necesita anticonvulsivantes a diario; también pienso en los niños con cáncer… Tal vez el esposo de mi amiga de Ciudad Bolívar no se hubiera suicidado. Aceptar ese “favor” sería no sólo señal de inteligencia, sino de humanidad.
Saber disculparse: “Ciudadanos y ciudadanas: esa medida de recoger aceleradamente los billetes de cien y después decir que la echarán para atrás fue una equivocación. Les pido que me disculpen”. ¡Uf! Hubiera sido una brisita en medio de tanto desierto de medidas adecuadas. “He reflexionado, y me di cuenta de que la OLP no ha bajado las tasas de homicidios y reconozco que ponerle una H no resolverá el problema de la delincuencia: perdonen”; esa disculpa no resucitaría muertes inocentes, pero, implicaría tal vez un propósito de enmienda y una llamada a expertos.
Ponerse de acuerdo, la madre de las habilidades sociales, según Segura, que nos orienta. Claro ello supondría que de verdad el gobierno quiera resolver los problemas del país.
Trabajo horas extras, no tengo problemas con dar cursos los fines de semana o de manera virtual: hay cupos para todos.
Luisa Pernalete
[1] Segura, M. (2005). Enseñar a convivir no es tan difícil. Descleé De Brouwer. Bilbao.


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