Las lágrimas de Diego

Hagamos las Paces

No se me quita esa imagen de mi cabeza. Joven, no sé cuántos años, pero es joven. Con la voz quebrada contó,   ante las cámaras, que su madre, maestra de Preescolar, iba en una buseta, la atracaron y la mataron. “Sólo cargaba su celular en la cartera… ¡la mataron!”  y así transmitió su dolor, con pocas palabras.  Fue una mala noticia de sábado.

Diego Osorio es su nombre. No, no lo conozco, tampoco conocí a su madre, Rosa Osorio, pero igual me duelen la tristeza de Diego y la muerte de su madre, la maestra Rosa. Vivía en Petare y trabajaba en un Preescolar. En la noticia dijeron que era muy apreciada.  No me extraña. Normalmente las docentes de este nivel suelen ser muy buenas personas. Cuando  seleccionaba candidatas para nuestros centros educativos y  preguntaba por qué habían elegido  ser educadoras de los más pequeños, escuchaba con frecuencia “porque me gustan los niños”, y claro, esa es una gran base para ser buena maestra.

Tengo muchas historias bonitas de maestras de Preescolar que se ganaron el cariño de sus alumnos y de las familias. Recuerdo una vez que vinieron de Europa unas estudiantes de Educación como voluntarias a hacer pasantías en un colegio de Fe y Alegría en San Félix,  que está  ubicado en una comunidad muy pobre. Cuando terminaron las pasantías y llegó la hora de despedirse, una niña se le acercó a su “maestra temporal” y le dijo que ella había hablado con su mamá: “Te puedes quedar con nosotros  maestra, puedes vivir en nuestra casa, te vamos a prestar una cama. ¡No te vayas!”. Imagino la casa, de espacio reducido como todas las de ese barrio  y a la niña pensando dónde podría dormir su maestra. ¡Conmovedor! Los niños devuelven bien por bien.

Pienso en la maestra Rosa, que no conocí, pero seguro que era “buena gente”. Pienso en sus alumnos, cuando en septiembre vuelvan y ya no la vean más. Cuando matan a una maestra no sólo quedan sus hijos huérfanos como víctimas, quedan también todos sus actuales alumnos y los que vendrían. ¡Es una tragedia! Sigo pensado en su hijo Diego.  “No va  a pasar nada. Los culpables andarán sueltos”, algo así dijo con su mirada humedecida.

Algún lector podrá decir que la muerte de Rosa es una más, que tenemos suficientes problemas con la ANC, las elecciones y todo eso,  sin embargo, una maestra menos no quiero que sea una “última noticia” de esas que rápidamente pasan a penúltima y luego quedan en el olvido. Una maestra menos es una víctima más de la violencia delincuencial –que en el 2016 acabó con más de 28.000 venezolanos según datos del Observatorio Venezolano de la Violencia-  y eso tiene que dolernos. Un asesinato más en una buseta es expresión del fracaso de los planes gubernamentales para enfrentar el delito. A la maestra Rosa le pegaron 5  tiros, ¿Qué es de la vida de los  planes de la extinta Comisión Presidencial para el Desarme? ¿De dónde sacan los delincuentes tantas balas? ¿Por qué hay tantos funcionarios en las protestas y tan pocos  cuidando a los ciudadanos?

Acompaño a Diego y a su hermanito en este duelo. Sus lágrimas me recuerdan que aún hay mucho por hacer en este país:  no es tiempo de abandono de causas, ni siquiera es tiempo vacaciones.

Luisa Pernalete

Maestra

 

 

@luisaconpaz

https://parahacerlaspaces.blogspot.com/2017/08/las-lagrimas-de-diego.htm

 

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