
Querido San Romero:
El Gobierno salvadoreño acababa de promulgar una reforma agraria, que pudiera pensarse sería buena para la mayoría campesina y pobre de ese pequeño país –del tamaño del estado Miranda–, pero, entonces se incrementaban las muertes violentas, ya fuera en manos de los uniformados del gobierno o en manos de los escuadrones de la muerte, paramilitares… y entonces tú dijiste que cualquier proyecto histórico que no se fundamentara en la dignidad de la persona, en el querer de Dios, el Reino de Cristo, sería un proyecto efímero. Y como cada domingo enumeraste la lista de hechos dolorosos de la semana: allanamientos arbitrarios a casas de sacerdotes, muertes en los cantones, nombres de secuestrados y desaparecidos…
Esas homilías tuyas siguen siendo iluminadoras para los pueblos latinoamericanos. Por eso las sigo leyendo.
“Yo no tengo ninguna ambición de poder y por eso con toda libertad digo lo que está bien y lo que está mal.” Y así eran tus homilías: denunciabas la violencia viniera de donde vinera. Denunciabas con nombre y apellido. Hablabas a las autoridades gubernamentales y también a las organizaciones populares cuando actuaban con violencia. Con mucha libertad. Eso es un mensaje para los líderes actuales.
Todo lo anterior lo he tomado de tu última homilía, el domingo antes de ser asesinado. No sé cuántas veces he leído esa homilía. Cada vez que lo hago encuentro más elementos que hacen crecer mi admiración por ti, ahora oficialmente San Romero, digo oficialmente porque desde hace décadas en muchos pueblos latinoamericanos te hemos llamado San Romero.
Naciste en el seno de una familia humilde: tu madre trabajaba en casas de familia y, estando ya en el seminario, suspendiste un tiempo tus estudios porque debiste trabajar. Dicen que eras tímido y reservado. Cuando te nombraron arzobispo de San Salvador, los sectores progresistas de la Iglesia no recibieron con alegría el nombramiento, eras considerado muy conservador. Creían que tendrías miedo o serías complaciente con el gobierno y los poderosos. Pero tu humildad y tu sensibilidad, permitió que escucharas el clamor de tu pueblo pobre y sufrido. Tu tono de denuncia ante las injusticias que veías fue subiendo a medida que escuchabas ese clamor.
En febrero de 1980, a 50 días de tu asesinato, la Universidad de Lovaina te otorgó el Doctorado Honoris Causa y en tu discurso “Dimensión política de la fe”, dijiste que no hablabas como técnico, sino como pastor: “pastor que, junto con su pueblo, ha ido aprendiendo (…) la fe cristiana no nos separa del mundo, sino que nos sumerge en él”. Y te pusiste del lado del 50% de los campesinos que no sabían leer, del 73% de niños del campo que estaban desnutridos, de los obreros con sus derechos vulnerados, de las esposas y madres de desaparecidos y presos políticos… Y dijiste sentirte complacido porque la Iglesia no había pasado de largo ante el herido.
No sólo tu última homilía sorprende por tu libertad al hablar y la claridad del momento que vivía El Salvador. ¿Recuerdas lo que dijiste en la del 16 de diciembre de 1979, poco tiempo después de la promulgación de la reforma agraria? Te lo recuerdo yo: “(Esta) no debe hacerse para volver a los campesinos dependientes del Estado sino que deben quedar libres ante el Estado” y agregaste que no lo decías como enemigo ni opositor, sino como pastor.
Ese último domingo, como siempre lo hacías, enumeraste todas las víctimas de la violencia. Después de mencionar los casos que le llegaban al Socorro Jurídico de El Salvador, citaste a Amnistía Internacional según la cual, entre el 10 y el 14 de marzo, habían sucedido 83 asesinatos.
“Lo fundamental es cómo salir por el camino menos violento de esta etapa crítica (…) En estos momentos la responsabilidad mayor es de los gobernantes civiles y sobre todo los militares”. Y luego las frases más repetidas de esta homilía: “Yo quisiera hacer un llamamiento de manera especial al ejército, y en especial a las bases de la Guardia Nacional, la policía y cuarteles: hermanos, son del mismo pueblo y ante una orden de un hombre de matar, tienen que obedecer la Ley de Dios de No Matar. Recuperen la conciencia… En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyo clamor sube hasta el cielo cada día, les suplico, les ruego, les ordene, ¡Cese la represión en El Salvador!”.
Te rogamos, San Romero, que cese la represión en toda América y que el clamor de los pueblos sufridos, que llega al cielo, lo escuchen en la Tierra los que tienen armas y poder. ¡Nadie pudo callarte!



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