Necesidad de un genuino liderazgo educativo

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Por Antonio Pérez Esclarín (pesclarin@gmail.com)

@pesclarin     www.antonioperezesclarin.com

Hoy se habla mucho en educación de la necesidad de una nueva gestión. Y me preocupa la naturalidad con que los educadores hemos aceptado sin problemas que el lenguaje economicista y tecnocrático haya penetrado el sistema educativo e incorporado una mentalidad propia del mundo de la industria, el mercado, las empresas. Hoy se habla sin el menor pudor de recursos humanos o de capital humano, de insumos, de clientes (los alumnos y padres de familia), de empresas de servicios educativos, de mercado de productos pedagógicos, de gestión educativa, y hasta la palabrita competencia, hoy tan invocada y tan querida, nos viene del mundo empresarial.

Pero las escuelas no son fábricas ni empresas. Son espacios de aprendizaje y convivencia donde se construye humanidad. Por ello, yo prefiero un lenguaje humanista y no tan técnico. Y estoy convencido de que, en educación, más que gerentes o gestores, necesitamos verdaderos líderes, que funcionan con el hemisferio derecho, que aprendan a ser inventores-animadores-consejeros Un líder es el que sabe ver el todo, sabe crear vínculos entre todos y sabe generar una corriente para que la creatividad fluya entre todos. En la organización inteligente, el jefe nuevo es el que hablando poco, hace hablar y participar mucho. Los trabajadores estrella, los emprendedores miran hacia arriba, sueñan. El manantial de sus ideas no es la lógica, sino la imaginación. El concepto de trabajo basado en el horario ha muerto. Los buenos trabajadores son los que trabajan fuera del horario de trabajo. El liderazgo genuino motiva a abrir los ojos.

Si el fin último de la inteligencia personal es la felicidad, el gran objetivo de toda organización tiene que ser conseguir que el logro del fin común colme los fines particulares de modo que el proyecto general posibilite la realización de los proyectos personales.

Tratando de simplificar, el estilo directivo de “gestor” se expresaría principalmente en estos cuatro patrones directivos:

  • La falta de visión: la poca capacidad de adelantarse a los cambios, la imposibilidad de dedicar los recursos, la estrategia y la formación necesaria para construir educativamente desde los cimientos.
  • Ocuparse casi exclusivamente de lo urgente: los directivos gestores están enfangados en el día a día y no tienen tiempo para pensar en lo importante.
  • La falta de formación en competencias pedagógicas y espirituales: solo quieren formación en recetas para afrontar el presente, problemas puntuales, relacionados con la economía, la normativa, la coordinación…
  • La falta de innovación: muestran un tipo de pensamiento concreto, simplista, que persigue la eficacia inmediata. Les asustan los cambios, aun cuando ven que la sociedad y los alumnos cambian rápidamente.

Por lo tanto apostar por un estilo de “liderazgo” será apostar por cuatro patrones diferentes:

  • Ser líderes visionarios: tener la vista en el horizonte, saber hacia dónde navegamos si queremos manejar apropiadamente el timón que tenemos en nuestras manos y si queremos que todos remen en equipo hacia un mismo fin.
  • Priorizar lo importante: el líder centrado en las ideas y en las personas, si quiere tener tiempo para las ideas y las personas y para aquello que considere importante, debe soltar lastre de lo urgente. Todos sabemos que es una gran mentira que un líder tenga tiempo para todo.
  • Recibir formación en las competencias del liderazgo: competencias cognitivas, intrapersonales e interpersonales.
  • Apostar por la innovación: por líderes innovadores, si queremos ser una organización innovadora. Parece claro que todos queremos esto último, ser centros innovadores, para ser mejores.

Dicho de una forma más clara y precisa, los gerentes son racionales y fríos, persistentes y analíticos; los líderes son visionarios y apasionados, innovadores y emotivos; el liderazgo es cuestión de compromiso, de contagio, de corazón, de pasión.

Los gerentes administran y controlan, procuran la obediencia y la sumisión, le tienen miedo a la innovación y el cambio, son inflexibles y estructurados, plantean con detalle los pasos a seguir y controlan el seguimimiento.

Los líderes innovan, crean y recrean y promueven la iniciativa y la creatividad, son muy flexibles e imaginativos, corrigen pero comprenden y desarrollan una visión de futuro.

Los gerentes se centran en los sistemas, les encantan los formatos, las tablas excell, los indicadores.

Los líderes se centran en las personas, promueven la libertad, la creatividad y el compromiso, aborrecen la burocracia, los encasillamientos, saben bien que el énfasis en indicadores termina ocultando la realidad que pretenden indicar.

Los gerentes controlan, promueven la obediencia y la sumisión, son autoritarios, inspiran temor.

Los líderes inspiran confianza y arrastran, promueven la creatividad y el salirse de lo establecido, son osados, confían, delegan, generan autonomía.

Los gerentes aceptan el orden establecido, hablan mucho de los cambios pero son cambios de forma, no cambian lo esencial, aunque están convencidos de que están cambiando; les preocupa que las cosas funcionen, que las personas cumplan.

Los líderes desafían el orden y tratan de transformarlo, procuran que las personas se sientan bien, se identifiquen, se comprometan y crezcan.

Los gerentes imitan y copian, buscan recetas y respuestas.

Los líderes son originales, suscitan preguntas, promueven la reflexión permanente, la capacitación para buscar las respuestas y las soluciones.

Los gerentes se preocupan por las tareas. Los líderes por las personas. Hacen de gente ordinaria gente extraordinaria. La comprometen con una misión que les permite realizarse y trabajar con entusiasmo y alegría. Dan a sus seguidores una causa por la que vivir y esforzarse.

En consecuencia, en educación necesitamos verdaderos líderes comprometidos con un proyecto innovador de calidad y con las personas, que no  solo sepan gestionar recursos y elaborar planificaciones estratégicas, sino que sepan gestionar la dimensión emocional de las personas. En definitiva, necesitamos directivos expertos en educación y sobre todo en humanidad, con capacidad de convocar y de entusiasmar, pues nada en la vida se puede lograr si falta el entusiasmo.

Cada día estoy más y más convencido de que en educación hace falta pasión. Quien vive con pasión, despierta pasiones. Pasión por la educación y por el país. Los directivos-líderes deben ser militantes de la ilusión y de la esperanza, capaces de contagiarla a otros. Capaces también de soñar un país y un mundo prósperos, pacíficos y fraternales y de arriesgarse en la construcción de sus sueños; capaces, en consecuencia, de superar la sensatez de los especialistas y expertos, para asumir la osadía de los valientes. Y en estos tiempos de tanta palabrería hueca, de tanta retórica inflada y vacía, necesitamos directivos coherentes, que prediquen con el ejemplo, que disfrutan lo que hacen, con un gran coraje moral, comprometidos con la educación y con los educandos más que con el partido, los reglamentos e instructivos y las ideologías, capaces de dirigir las fuerzas y energías de los demás hacia metas positivas.

Se trata, en definitiva, de convertir a cada director en un líder que haga crecer a las personas, que las tenga motivadas y contentas, muy identificadas con el proyecto educativo y su misión. En consecuencia, necesitamos directivos con autoridad y no  solo con poder. El poder viene asociado al cargo y se lo dan los superiores; la autoridad la dan las personas con las que trabajan y la dan porque precisamente reconocen su liderazgo, su responsabilidad, es decir, su capacidad de responder ante las situaciones problemáticas y de no amilanarse ante las dificultades.

El directivo como líder

Como su nombre lo expresa, líder es el que dirige. Para ello, necesita capacidad de convocatoria, de entusiasmar (nada en la vida se puede lograr si falta el entusiasmo: etimológicamente, entusiasmo significa tener a Dios, la fuente de vida, en el corazón), de comprometerse. Es un militante de la ilusión y la esperanza, capaz de contagiarla a otros. Quien vive con pasión, despierta pasiones. El líder es un soñador y tiene la capacidad y el valor de arriesgarse en la construcción de sus sueños. El verdadero líder es coherente, predica con el ejemplo, arrastra, tiene coraje moral. Disfruta con lo que hace. Capaz de dirigir las fuerzas y energías de los demás hacia metas positivas; es decir, ejerce un liderazgo positivo pues no olvidemos que existen liderazgos negativos de personas que han sido capaces de arrastrar a pueblos enteros a su ruina y destrucción.

Peter Senge dice que lo que distingue a un directivo con liderazgo del que no lo tiene, es su capacidad de confiar en las personas. Al final, el éxito profundo consiste en saber si las personas de nuestra organización son felices, vienen felices a trabajar y su trabajo les aporta aún más felicidad. El líder inteligente, que muestra autonomía conseguirá que los demás se impliquen en nuestro proyecto educativo como si fuese suyo.

Otra cualidad del verdadero líder es la empatía: sabe leer los sentimientos, sabe ponerse en el lugar del otro, sabe conectar con su lado interior y sabe expresar sus propios sentimientos. Por ello, necesitamos líderes que transmitan un tipo de autoridad basado en la empatía.

El líder es una persona con autoridad y no  solo con poder:

El poder se lo da el cargo, la autoridad la dan los demás. La persona que  solo tiene poder y no autoridad, se vuelve autoritaria. El líder es íntegro, generoso, persistente, responsable, es decir, que responde por su actuación. No se achanta ante las dificultades; las asume como retos para avanzar. A nadie le gusta ser dirigido por una persona que, ante los problemas, se inhibe o le echa la culpa a otro. Inconforme con el estado actual de las cosas, vive siempre en búsqueda. “Es preferible malo conocido que bueno por conocer”, es la excusa frecuente para justificar la mediocridad y el conformismo. El líder debe aprender a desaprender: desechar los modos de actuar que amarran al pasado. Nunca lograremos resultados diferentes si seguimos haciendo lo mismo. No podemos seguir dando respuestas de ayer a los problemas de hoy.

¿Qué hace a una persona líder? Actúa con energía, demuestra coraje, empodera a otros, construye una visión compartida, genera un ambiente de superación y exigencia.

Líder de sí mismo: Gerencia su propia vida, considera su proyecto de vida como la empresa más importante. Se conoce (con sus fortalezas y sus debilidades) se acepta, se quiere y se esfuerza siempre por ser mejor y hacer mejor lo que hace: pone sus talentos a producir. Vive en formación (reflexiona permanentemente cómo es, cómo le ven los demás, cómo puede ser mejor). Asume la planificación estratégica de sí mismo y se convierte en autor, actor y también observador de su propia vida.

Líder con los demás y de los demás: Es hombre de equipo (busca formar el equipo con personas de perfiles complementarios). Desarrolla las capacidades del equipo de tal modo que en la organización se viva un ambiente de estímulo, responsabilidad, entusiasmo. Ayuda a cada persona a desarrollarse, a alcanzar su plenitud. Promueve la reflexión permanente tanto individual como colectiva. Motiva a cada persona a que dé lo mejor de sí, a que se vaya superando, a que alcance su excelencia. Como buen entrenador, es capaz de sacar lo mejor de cada uno; por ello, ve más sus potencialidades que sus deficiencias. Le ayuda a superar sus fallos, a trabajar en equipo. Delega, otorga responsabilidades, exige, confronta. Cree que todos tienen valores que aportar y les ayuda a desarrollarlos. Practica la pedagogía de las inteligencias múltiples y es capaz de mirar a cada persona con los ojos del corazón.

El líder es un gran comunicador. Con habilidades para comunicar y convencer. Consciente del valor de la palabra y de los gestos, promueve palabras que estimulen, que entusiasmen, que hagan comprometerse. Evita toda palabra o gesto descalificador. Escucha (escuchar viene de la palabra latina auscultare, auscultar, término que se lo han apropiado los médicos, que implica atención y concentración para entender lo que le sucede y poder ayudar) no  solo las palabras, sino los gestos, los rumores, los cansancios, las bravuras, los silencios…, y se escucha a sí mismo para madurar palabras verdaderas, para comprender qué hay detrás de sus juicios o prejuicios, para comprender y poder dialogar. El diálogo supone fe en el otro, humildad para reconocer que uno no es dueño de la verdad. El líder tiene pasión por la sinceridad. Podrá equivocarse, mentir nunca. Para poder escuchar y dialogar hay que aprender a callarse. Si uno cree que es el dueño de la verdad, no escucha, impone, pero se trata de convencer, no de vencer ni de aplastar. Defiende y argumenta sus puntos de vista sin descalificar al otro. Enseña a razonar, a argumentar, a respetar las opiniones de los demás.

Los líderes prosociales son aquellos que saben comunicarse con asertividad, es decir, que tienen capacidad para hacerse valer, para lograr que lo que quieren transmitir tenga fuerza y persuada a los demás. El líder asertivo es claro y directo, no se anda con rodeos, dando vueltas y más vueltas. Dice lo que cree que tiene que decir porque no tiene miedos interiores. El líder se comunica con fuerza porque se percibe como fuerte. Respeta sus propias necesidades, porque sabe que es necesario para respetar las necesidades de los demás. Se hace respetar cuando alguien quiere manipularle.

Las personas necesitan saber cuál es su sitio en la organización y necesitan que se les comunique el pasado, el presente y el futuro hacia donde va la organización. El líder tiene el papel de comunicar constantemente lo que sabemos que está en los papeles o creemos que la gente sabe: cuál es nuestra identidad, nuestra misión, qué nos une, qué objetivos esenciales y operativos tenemos, qué roles y responsabilidades pedimos.

El liderazgo es capaz de “escuchar para que los demás se expresen”. Hay directivos que no paran de hablar y transmitir órdenes, y consiguen que los demás guarden silencio. Otros líderes saben guardar silencio, pero no consiguen que los demás se expresen.

Una de las habilidades de escucha más interesantes es saber decodificar los sentimientos del otro y tener un amplio vocabulario de alfabeto emocional.

Capacidad de influencia: el líder tiene un impacto en la forma de pensar y actuar de los demás.

Líder en educación. Con vocación pedagógica: cree y entiende la educación como tarea humanizadora. Educar es algo más sublime e importante que enseñar matemáticas, inglés, biología…, es formar personas, cincelar corazones nobles y generosos. Los educadores son los parteros del espíritu, ayudan a nacer la persona posible, continúan la obra creadora de Dios.

En consecuencia, el director-líder debe ser experto en humanidad y experto en educación. Promueve el crecimiento y la formación continua de su personal. Formación que forme y transforme, no que deforme y formatee. Que forme para servir mejor. Todos entienden que es el centro educativo el lugar privilegiado para una formación-transformación permanente, lo que supone una profunda reculturización y un desaprendizaje permanente.

Promover la reculturización y el desaprendizaje

Hoy, el reto más importante de la escuela es la necesidad de aprender a desaprender, expresadas por aquellas palabras de Albin Toffler: “Los analfabetos del siglo XXI no serán aquellos que no sepan leer y escribir, sino aquellos que no puedan aprender, desaprender y reaprender”. Este reto se concreta en la capacidad que tengan los educadores de simplificar los procesos escolares, la burocracia, el papeleo, los informes, los contenidos, las reuniones. Consiste en pasar de lo urgente a lo importante, de cumplir la literalidad de la legislación educativa a cumplir el espíritu.

Desaprender supone combatir la cultura tradicional enquistada en la conciencias y en las prácticas, hecha de rituales, burocracia y hábitos rutinarios, para pasar de docentes a educadores, de la enseñanza al aprendizaje, del individuo al equipo, de la formación para acumular currículo a la formación para servir mejor, y de la evaluación punitiva a la evaluación formadora.

1.-De docente a educador (De enseñar conocimientos y materias, a enseñar a vivir y convivir)

En el contexto de incertidumbre, ,modernidad líquida , relativismo ético y postverdad en que vivimos, necesitamos con urgencia una educación que proporcione una brújula para poder orientarnos. Una educación que, en palabras de Mounier, despierte al ser humano que todos llevamos dentro, nos ayude a construir la personalidad y encauzar nuestra vocación en el mundo. Se trata de desarrollar la semilla de uno mismo, de promover ya no el conformismo y la obediencia, sino la libertad de pensamiento y de expresión, y la crítica sincera, constructiva y honesta.

La finalidad de una educación genuinamente humanizadora no puede ser otra que el desarrollo pleno e integral de la persona. Los seres humanos somos los únicos que podemos decidir cómo ser. Nos dieron la vida, pero no nos la dieron hecha. La vida es un viaje y cada quien decide su destino: podemos ir a la cumbre o al abismo. Podemos hacer de la vida un jardín de flores o un estercolero de inmundicia. En nuestras manos está la posibilidad de gastarla en la banalidad y la mediocridad o de llenarla de plenitud y de sentido; la posibilidad de vivir dando vida o negando y destruyendo la vida.

Hoy, sin embargo, son muy pocos los que se atreven a plantearse con seriedad trazar el camino de su vida y caminarlo con honestidad y responsabilidad. Piensan que vivir es seguir rutinariamente los caminos que marcan las modas, las propagandas, el mercado, las costumbres, los dirigentes…El conformismo, el gregarismo y la imitación se imponen a través de la publicidad, el consumo, los medios de comunicación, las estructuras de poder. Se hace lo que hace la mayoría, lo que está de moda, lo que nos indican que hay que hacer.

Necesitamos con urgencia, en consecuencia, una educación que nos enseñe a vivir, a asumir la vida como tarea, como proyecto. El proyecto debe responder a la propia vocación, al sueño que uno tiene de sí mismo, anticipar la persona plena que uno puede llegar a ser. En consecuencia, educar es ayudar a conocerse, valorarse y emprender con honestidad y radicalidad el camino de la propia realización. El único conocimiento realmente importante es el conocimiento de sí mismo: “Conócete, quiérete, sé tú mismo, atrévete a vivir, a ser libre y a amar”, se convierte en el objetivo esencial de toda genuina educación. Lamentablemente, la mayor parte de la gente se la pasa hoy huyendo de sí mismos, del compromiso, de la vida. Le tienen miedo a la libertad y al verdadero amor. Por eso, y como ya dijimos más arriba, confunden la libertad con su opuesto: la total dependencia, la esclavitud al ansia de poder o de tener; y al amor que es donación y salida de sí, lo confunden con la posesión y el dominio.

La educación se presenta como un largo viaje, de toda la vida, hacia la conquista de una persona integral, multidimensional y ecológica, es decir, que vive en equilibrio consigo misma, con los demás y con la naturaleza. Esta concepción de educación necesita de una pedagogía capaz de desarrollar todas las dimensiones de la persona: el equilibrio psicológico, afectivo y social, las facultades de expresión y de comunicación, la capacidad inventiva y creativa, el hábito científico y crítico, el más amplio espíritu de sociabilidad y humanidad, la apertura a la trascendencia y la vivencia de una espiritualidad al servicio de la vida y del amor. Es una pedagogía que combate todo tipo de discriminación, dogmatismo y adoctrinamiento, que impiden o mutilan el desarrollo pleno e integral de la persona.

Si educar es ayudar a conocerse, comprenderse, aceptarse y quererse para poder desarrollar a plenitud todos los talentos y realizar la misión en la vida con los demás, no contra los demás, es esencial la capacidad de reflexión y silencio. Pero cada vez abundan más y más las personas que son incapaces de estar a solas y en silencio. El actual mundo, lleno de ruidos, impide la reflexión, el encuentro consigo mismo. Muchos pasan la vida huyendo de sí mismos, llevando dentro de sí a un desconocido, sin atreverse a bucear dentro de sus deseos, anhelos, temores y sueños más profundos…El estilo de vida impuesto por la sociedad moderna aparta de lo esencial, impide a las personas descubrir y cultivar lo que son en potencia; no les deja ser ellos mismos, bloquea la expresión libre y plena de su ser. De ahí que la genuina educación debe ayudar a los alumnos a plantearse su proyecto de vida y responder con valor las preguntas esenciales: ¿quién soy yo?, ¿para qué vivo?, ¿cuál es la visión que tengo de mí mismo?, ¿cuáles son mis valores irrenunciables?, ¿cuál es mi misión en la vida?, ¿cómo me concibo como una persona realizada y feliz?

Hoy, desgraciadamente, se evaden estas preguntas. No tenemos coraje para hacérnoslas. Y si la educación no ayuda y estimula al alumno a planteárselas con sinceridad, posiblemente pasará toda la vida en la trivialidad y la superficialidad, sin saber para qué vivió. Para poder realizarnos plenamente, todos necesitamos enfrentar el misterio de la existencia, que la vida se manifieste como pregunta y el ser humano como interrogado. En palabras de Einstein: “Podemos vivir como si no existiera el misterio o vivir como si todo fuera un misterio”.

El conocimiento de sí mismo debe llevar implícita la propia valoración y autoestima. Todos valemos no por lo que tenemos, sino por lo que somos, porque somos. Todos somos dignos, con una dignidad absoluta e irrenunciable. Todos tenemos valores y carencias o debilidades, que debemos conocer para construir sobre ellos nuestra identidad. Las propias debilidades pueden ser nuestras fortalezas si las aceptamos y nos empeñamos en superarlas. No hay nada más formativo y que ayude a crecer que asumir el error o la deficiencia como propuesta de superación.

  1. a) Atreverse a vivir

No basta con enseñar a conocerse y quererse. El reto de la educación es enseñar a vivir con autenticidad, a ser dueño y señor de la propia vida. La vida es el don más maravilloso, basamento de todos los demás, que nos fue dada graciosamente, como el más sublime de los regalos. Nadie de nosotros pudimos elegir nacer o no nacer, ni tuvimos la posibilidad de escoger nuestra forma física, nuestro tamaño, el color de nuestros ojos, la textura de nuestra piel, los grados de nuestra inteligencia. Tampoco pudimos seleccionar a nuestros padres, ni el país donde nacer, ni el tiempo o el contexto histórico. Nacimos en una determinada matriz cultural, que marca lo que somos y hacemos, lo que pensamos y creemos. Somos hijos de una familia concreta y de un país que debemos conocer, respetar y querer. Somos únicos e irrepetibles y debemos asumir la vida en una actitud de asombro, agradecimiento y humildad. Asombro ante el increíble milagro que somos todos y cada uno. En la escuela y el liceo nos enseñaron a admirar las grandes obras de arte y de la literatura universal y nos asomaron a los portentos de la ciencia y de la tecnología. Pero no fueron capaces de sembrarnos el asombro y la admiración de la extraordinaria obra de arte, infinitamente más maravillosa que todas las genialidades de los artistas y científicos, que somos cada uno de nosotros.

En las clases de biología o ciencias naturales, debimos memorizar los nombres de los músculos y huesos, las partes del ojo, el funcionamiento del aparato circulatorio o respiratorio. Pero no fueron capaces de despertar el asombro ante el increíble milagro de la existencia y de la vida, que depende de miles de sistemas muy complicados y complejos. Nuestro cuerpo, cada uno de nuestros cuerpos, sin importar sus medidas, ni si somos gordos o flacos, altos o bajos, si tenemos la nariz torcida o recta, ancha o larga, si somos catires, morenos, de cabellos rizados o frentones y calvos, es la más extraordinaria obra maestra, una máquina maravillosa, precisa y eficiente.

  1. b) La vida como proyecto

Nos dieron la vida, pero no nos la dieron hecha. Los seres humanos somos los únicos que podemos labrar nuestro futuro, que podemos inventarnos a nosotros mismos y podemos inventar el mundo. La educación tiene sentido porque los seres humanos somos proyectos y podemos tener proyectos para el mundo. El futuro no es  solo porvenir, es también y sobre todo, por-hacer. Nuestra vocación es reinventar el mundo y no meramente reproducirlo. La abeja hace la colmena con la misma perfección de siempre. Su “ingenio” está en la especie, no en el individuo. Está determinada, no puede hacer las colmenas de otro modo, ni mejor, ni peor. Siempre perfectas, con una perfección monótona, sin responsabilidad, sin libertad, sin ética. Por eso, las abejas, como todos los animales, no son educables,  solo son adiestrables. No tienen historia ni futuro. Pero los seres humanos somos siempre seres en proyecto, nos estamos haciendo e inventando permanentemente y así reinventamos el mundo y construimos el futuro, que no está predeterminado por nada ni por nadie, ni es meramente repetición del presente. Somos creadores de nosotros mismos. Sin embargo, en nuestro mundo, pocos se arriesgan a tomar la tarea de la vida en serio y a vivirla como una aventura fascinante en búsqueda de la propia realización personal. La mayoría no se atreve a vivir y es vivido por los demás (mercado, modas, costumbres, objetos, rutina, dinero, dirigentes…), sin el valor para ser sujetos de sí mismos. Gastan su existencia en las orillas de la vida, chapoteando en el barro de la trivialidad y superficialidad, incapaces de darle un sentido propio y personal a su existencia. La vida se va convirtiendo en un episodio irrelevante, que hay que llenar de bienestar y experiencias placenteras. A pesar de que cada vez hay mayor preocupación por alargar la vida y se comienza a hablar cada vez más de calidad de vida, la supuesta calidad se reduce, por lo general, a llenarse de cosas y llevar una vida cómoda, sin problemas. Por eso, si bien algunos se preguntan si hay vida después de la muerte, lo que realmente debería inquietarnos a todos es si hay vida en la vida, es decir, antes de la muerte.

La conquista de la libertad

Enseñar a vivir plenamente es, en definitiva, enseñar a ser libres. La tarea más importante de la vida debe ser la conquista de la libertad. Pero, como ya lo dijimos más arriba, la libertad, que es autonomía responsable y superación de caprichos y ataduras, se viene confundiendo cada vez más con la capacidad de responder a las seducciones del mercado y a la satisfacción del instinto continuamente estimulado por él. Se confunde, en definitiva, con su contrario: la total dependencia, la esclavitud al mercado o los caprichos. Cuanto más se llenan las personas de cadenas, más libres se sienten.

Libre es la persona que logra desamarrarse de sus miedos, caprichos y ataduras, y vive comprometido en la conquista de sí mismo. Sabe que el ser humano es tarea y aventura. Por ello es capaz de vivir toda experiencia, por dura y dolorosa que sea, de un modo pleno. Es en consecuencia, capaz de vivir con dignidad hasta su propia muerte.

Hoy hace falta mucho valor para atreverse a ser libre. Para levantarse del consumismo, la indiferencia y el egoísmo, al vuelo valiente de la austeridad, la participación y el servicio. De ahí la necesidad de una educación que forme la voluntad y enseñe el coraje, la constancia, el vencimiento, el sacrificio, valores esenciales para perder el miedo a la libertad.

En un mundo que, cada vez más, nos va llenando de cadenas, la genuina libertad debe traducirse en liberación, en lucha contra todas las formas de opresión y represión.  solo donde hay libertad hay disponibilidad para el servicio, que ayuda a los demás a romper sus propias ataduras. Ser libre es, en definitiva, vivir para los demás, disponibilidad total, para que cada persona pueda desarrollar sus potencialidades. Todo ser humano está dotado de la capacidad de transformarse interiormente, de modificar su manera de pensar y de vivir. La vida es un viaje y cada uno puede decidir su destino. Podemos vivir dando vida o amargando o asfixiando la vida. Por ello existen los santos y los criminales, personas dispuestas a matar, y personas dispuestas a dar la vida por salvar a otros. Hemos inventado las salas de tortura, pero también los hospitales. Vivir es ponerse en camino para llegar a ser uno mismo, para que el ser humano florezca en plenitud.

  1. c) Vivir es convivir. Aprender a vivir con los otros y con la naturaleza

Ahora bien, la plenitud humana  solo es posible en el encuentro. Uno se constituye en persona como ser de relaciones. Toda auténtica vida humana es vida con los otros, es convivencia. Necesitamos pasar de los otros al nosotros. La persona humana es imposible e impensable sin el otro. Como decía Camus, “es imposible la felicidad a solas”. Lo propio del ser humano, lo que nos define como personas es la capacidad de amar, es decir, de relacionarnos con otros buscando su bien, su felicidad. Lo que nos deshumaniza es vivir y morir sin amor. Detrás de cada tirano, cada asesino, cada malhechor, hay un déficit profundo de amor o una mala comprensión del amor.

Dijimos que toda auténtica vida es vida con los otros, es convivencia. Vivimos, sin embargo, y como lo dijimos antes, tiempos muy violentos, de feroz individualismo y extrema competitividad, donde se impone una especie de darwinismo social: sobreviven  solo los más fuertes, los que logran adaptarse a los cambios continuos. Los débiles, los menos dotados, no tienen cabida en este mundo o deben conformarse con llevar una existencia miserable, al margen de la vida auténticamente humana. De ahí la necesidad de que todos los alumnos aprendan las competencias esenciales para una convivencia plena:

-Aprender a no agredir ni física, ni verbal, ni psicológicamente a nadie, requisito indispensable para la convivencia social. La agresión es signo de debilidad moral e intelectual, y la violencia es la más triste e inhumana ausencia de pensamiento. Valiente no es el que agrede, ofende, golpea, sino el que es capaz de dominar sus fuerzas agresivas y actúa con comprensión y amor.

Para convivir, hay que aprender a resolver los conflictos mediante la negociación y el diálogo, de modo que todos salgan beneficiados de él, tratando de convertir la agresividad en fuerza positiva, fuerza para la creación y la cooperación, y no para la destrucción. La calidad de una institución no se manifiesta por si tiene o no conflictos, sino por el modo de resolverlos. Los educadores debemos ser especialistas en resolver conflictos. Para ello, debemos perderles el miedo y aprender a considerarlos como oportunidades privilegiadas para educar. Los conflictos suelen ser válvulas de escape que deben ser analizadas con cuidado para intentar comprender qué quieren expresar los alumnos con su comportamiento. ¡Cuánto avanzaríamos en la creación de un clima motivador si alumnos, maestros y padres se percibieran como colaboradores y no como adversarios! Si nos esforzamos por entender lo que nos quieren decir los alumnos cuando provocan conflictos, estaremos más próximos a resolverlos que si nos limitamos a reprimirlos.

-Aprender a comunicarse, a dialogar, a escuchar, a expresarse con libertad, argumentar, comprender al otro y lo que dice, defender con firmeza las propias convicciones sin agredir ni ofender al que te contradice. Una comunidad que aprende a conversar, aprende a convivir.

-Aprender a tratar con cortesía, a colaborar, es decir, a trabajar juntos, a decidir en grupo, a considerar los problemas como retos a resolver y no como excusas para culpar a otros.

-Aprender a valorar y aceptar las diferencias culturales, de raza y de género, sin convertirlas en desigualdades Aprender a valorar la propia familia, cultura y religión, a reconocer y afincarse en las raíces culturales y sociales, y a respetar las familias, culturas y religiones diferentes dentro y fuera de cada país, combatiendo los dogmatismos, fundamentalismos e intolerancia de quienes quieren imponer una única forma de pensar, de creer, de vivir. La diversidad y el respeto a las minorías es tan importante como el gobierno de las mayorías. El fanatismo es odio a la inteligencia, miedo a la razón.

-Aprender a cuidarse, a cuidar a los otros, a cuidar el ambiente, las cosas colectivas, los bienes públicos que pertenecen a todos, combatiendo el desinterés del público por lo público.

-Aprender a esforzarse y a trabajar con responsabilidad y calidad, medio esencial para garantizar a todos unas condiciones de vida digna (vivienda, alimentación, educación, trabajo, recreación…), como factores esenciales para la convivencia pacífica. Si gran parte de la población no cuenta con condiciones adecuadas de vida y apenas sobrevive penosamente, no será posible la convivencia. La paz verdadera se afinca sobre las bases de la justicia, la inclusión y la equidad. Por ello, hay que combatir la hipocresía que proclama los derechos de todos e impide su realización. La defensa de los derechos humanos esenciales se transforma en el deber de hacerlos posibles y reales para todos. Esto va a suponer, entre otras cosas, impulsar unas políticas económicas vigorosas que promuevan la productividad, la eficiencia, la calidad y combatan la mentalidad facilista, limosnera, mesiánica.

Detrás de cada milagro económico –llámese milagro japonés, alemán, español…-aparece siempre un pueblo que ha creído en sí mismo y ha hecho del trabajo productivo el medio fundamental para levantar el país. En Venezuela, necesitamos con urgencia una educación que siembre el valor del trabajo, de las cosas bien hechas, de la responsabilidad, de la productividad. La actual educación enseña a reproducir, a repetir, pero no a producir, a emprender, a crear. En consecuencia, debemos pasar del aprendizaje de la cultura a la cultura del aprendizaje y dotar a todos los alumnos de las competencias esenciales (lectura, escritura, pensamiento, resolución de problemas) y las actitudes necesarias (curiosidad, investigación, creatividad…) para seguir aprendiendo siempre. En los actuales contextos, es imprescindible también alfabetizar tecnológicamente a los educandos, de modo que puedan asumir creativamente los retos de nuestro mundo tecnocientífico.

Pero  solo será posible convivir con los demás, si hay personas dispuestas a vivir para los demás. De ahí la importancia de enseñar a amar y enseñar con amor tema que he abordado ampliamente en mi libro “Educar es enseñar a amar” (San Pablo, Venezuela 2009) y retomo en el capítulo V de mi libro” “Educar para humanizar la humanidad” (FEDEG, Ecuador, 2021)).

2.-De la enseñanza al aprendizaje (Del aprendizaje de la cultura, a la cultura del aprendizaje)

Vivimos en la era del aprendizaje. En pocos años se cuestionará el papel que actualmente tienen las escuelas que se centran en enseñar contenidos googleables. Se dirá que es una pérdida de tiempo emplear 20 años de nuestra vida en aprender unos contenidos que están al alcance de un dedo, y que además enseguida olvidamos. Paradójicamente este sentimiento coexiste y coexistirá con el interés masivo de las personas de todas las edades por el mundo del aprendizaje. Hoy se viene repitiendo en la necesidad de aprender desde la cuna hasta la tumba. Las personas y las organizaciones tienen enormes ganas de aprender en cualquier sitio, a cualquier edad. Pero quieren aprender habilidades, competencias, no informaciones googleables. Las empresas denuncian que los trabajadores jóvenes llegan sin las mínimas habilidades personales para trabajar en equipo y para emprender y crear.

El derecho a la educación es derecho al aprendizaje. Los docentes enseñamos, pero ¿qué aprenden los alumnos? ¿Aprenden a ser mejores, a convivir con los otros diferentes, a hacer, a resolver problemas, a aprender permanentemente, a lo largo y ancho de toda la vida?

En su novela póstuma “El primer hombre” Albert Camus, filósofo y escritor, premio nóbel de literatura, recuerda con especial cariño y agradecimiento a uno de sus maestros, el señor Germain, al que dedica comentarios muy elogiosos: “Después venia la clase. Con el Sr. Germain era siempre interesante por la sencilla razón de que él amaba apasionadamente su trabajo… En la clase del sr. Germain la escuela alimentaba en ellos un hambre más esencial todavía para el niño que para el hombre, que es el hambre de descubrir. En las otras clases les enseñaban sin duda muchas cosas, pero un poco como se ceba a un ganso. Les presentaban un alimento ya preparado rogándoles que tuvieran a bien tragarlo. En las clases del Sr. Germain sentían por primera vez que existían y que eran objeto de la más alta consideración: se les juzgaba dignos de descubrir el mundo”.

No abundan mucho los educadores apasionados, capaces de provocar en sus estudiantes el hambre de aprender. La mayoría parecen más preocupados por el control que por la innovación y la creatividad, por la enseñanza y las notas más que por el aprendizaje, por su materia y los programas más que por sus estudiantes. Sin embargo, no hay duda de que todos hemos conocido a algún educador apasionado, al que también recordamos, como Camus, con especial cariño y agradecimiento: sus clases eran un viaje de aventuras por terrenos desconocidos, y el aprendizaje era siempre el descubrimiento de un nuevo tesoro que nos llenaba de alegría porque lo habíamos buscado con tesón y con ilusión.

Todos ellos mostraban un gran amor a su profesión y un gran amor a nosotros, sus alumnos. Por ello nos querían felices y procuraban que las clases fueran divertidas y amenas. Nunca vi que ofendieran o humillaran a alguien, y concebían los errores como obstáculos a superar en el camino, como retos a enfrentar entre todos.

Los maestros apasionados creen en las posibilidades de superación de cada alumno, se alegran con sus éxitos, aunque sean parciales, y están siempre dispuestos a dar una nueva oportunidad. Se preocupan también por cómo y qué enseñan y quieren aprender más acerca de ambas cosas con el fin de ser cada vez mejores, para así poder ayudar más eficazmente a sus estudiantes, en especial a los más carentes y necesitados. Porque tienen un hambre insaciable de aprender, provocan las ganas de aprender en los demás. Para estos educadores, la enseñanza es una profesión creativa y audaz y la pasión no es una mera posibilidad, sino una realidad tangible.

Sin sentir, construir, investigar, sin misterio, no hay aprendizaje, solo transmisión. Aprender se convierte en aprender sintiendo. “La transmisión de información no produce aprendizaje”. Necesitamos decir también lo evidente: “La transmisión de información mediante vídeo, powerpoint… tampoco produce aprendizaje”. En este mundo líquido, complejo, veloz, incierto, en mutación constante, la única competencia perdurable que la escuela puede educar para vivir mejor en el futuro, es la creatividad. Hasta ahora el alumno 10 era el que seguía las reglas al pie de la letra. Hoy día, educar a una persona creativa es educar a una persona que se salta las reglas mentales.

En definitiva, los maestros comprometidos apasionadamente son los que aman de manera absoluta lo que hacen. Están buscando constantemente formas más eficaces de llegar a sus alumnos, de dominar los contenidos y métodos de su oficio. Aprenden tanto como pueden sobre el mundo, sobre los demás, sobre ellos mismos y ayudan a los demás a hacer lo mismo. Viven en formación, no para acumular currículo y creerse más, sino para servir mejor.

Para garantizar el aprendizaje permanente y desarrollar el hambre de aprender hay que garantizar a todos los alumnos las herramientas esenciales para un aprendizaje autónomo y permanente, en especial la lectura y la escritura, el pensamiento lógico, matemático y científico, la solución de problemas; ubicación en el espacio y en el tiempo, y las actitudes esenciales : curiosidad, investigación, deseos de aprender y de hacer las cosas cada vez mejor, emprendimiento, exigencia, esfuerzo, trabajo en equipo…

3.- Del individuo al equipo y la comunidad

La cultura organizativa inteligente no fomenta el individualismo, sino el personalismo, esto es, dar un rol de empoderamiento a cada persona, generar expectativas de crecimiento. Hoy día las personas que se sienten invisibles, se van. Sí funcionan las organizaciones basadas en equipos, y los equipos funcionan con el corazón. La ruta empieza por descubrir qué apasiona a las personas. Continúa con expediciones por el interior de la selva de cada persona para que cada uno descubra su talento, y pueda desarrollar más que aprendizajes significativos, una vida significativa, y así alcanzar la felicidad, que no consiste precisamente en tener más, sino en ser más.

37 de los 100 multimillonarios de la lista que publica la revista Forbes confesaron sentirse más desgraciados y menos felices que la población media. El dinero tampoco da la felicidad. La auténtica felicidad se logra mediante una vida significativa cuando ponemos en acción las fortalezas y virtudes propias de nuestro carácter y personalidad. La vida significativa es ponerse en camino para buscar el sentido de nuestra vida, y el sentido de la vida.

Las empresas más creativas son aquellas que cuidan a las personas y las personas generan mayor productividad. El éxito educativo ya no está en tener excelentes profesionales, sino excelentes equipos. “Sin equipo humano no hay equipo profesional”.  solo puede crearse un equipo si compartimos una mística común, que normalmente nace de un proyecto potente y tiene un sustrato emocional. Un equipo, sin embargo, sabe manejar la herramienta organizativa más potente que existe: las sinergias. Eso le diferencia de un grupo. La sinergia es la capacidad de un conjunto de personas de generar resultados mayores que la suma de los que lograrían sus integrantes por separado. Se tiene fe en las personas y cada individuo ve multiplicados sus esfuerzos y logros.

En consecuencia, los centros educativos deben entenderse y asumirse como comunidades de vida, de participación democrática, de búsqueda intelectual, de diálogo y aprendizaje compartido, de discusión abierta sobre las tendencias socializadoras. Comunidades educativas que rompan las absurdas barreras artificiales entre escuela y sociedad, en las que se aprende porque se vive, porque se participa, se construyen cooperativamente alternativas a los problemas individuales y sociales, se fomenta la iniciativa, se toleran las discrepancias, se integran las diferentes visiones y propuestas, se construye, en breve, la genuina democracia. Maestros y alumnos aprenden democracia viviendo y construyendo realmente su comunidad democrática de aprendizaje y vida. De ahí que el modo de organización y de comunicación, de ejercer la autoridad y el poder, la forma en que se tratan los diferentes miembros de la comunidad educativa, el respeto a la diversidad y las diferencias, la responsabilidad y el compromiso con que cada uno asume sus tareas y obligaciones, la defensa de los derechos de los más débiles, la solidaridad y discriminación positiva que se practica en todos los recintos y tiempos escolares que privilegia a los menos favorecidos y estimula la pedagogía del éxito para todos, la manera como se resuelven los problemas y se enfrentan los conflictos (la calidad de un centro educativo no se determina por si tiene o no conflictos, sino por el modo de resolverlos), los modos de celebración, trabajo y producción, deben en cierta forma expresar el modo de vida y de organización de la nueva sociedad que buscamos y queremos. Se trata, en definitiva, de transformar profundamente nuestros centros educativos para que se transformen en semillas y ya también microcosmos de la nueva sociedad que pretendemos.

Esto  solo será posible si desaprendemos y vamos pasando progresivamente de la cultura del individualismo que tanto practicamos y fomentamos en los centros escolares a la cultura de la cooperación y la comunidad. Debemos combatir con decisión el aislamiento de los docentes (cada uno se considera en su aula dueño y señor, raramente se visitan en los salones para aprender del compañero, no planifican ni evalúan juntos, no se resuelven los problemas de uno entre todos, no se contrastan ni debaten las propuestas pedagógicas, no hay tiempos para la reflexión cooperativa…); el individualismo e insolidaridad de los alumnos que buscan el éxito académico sin preocuparse por el fracaso de los demás; y el desinterés y desconexión educativa de los padres y representantes. La creación de culturas cooperativas y comunitarias entre directivos, maestros, profesores, alumnos y comunidad contribuye a aprovechar las experiencias de unos y de otros, pone los recursos a disposición de todos, proporciona apoyo y estímulo y crea un clima de confianza en el que no se ocultan, sino que se enfrentan los problemas y se celebran los éxitos. Los alumnos aprenden a compartir, más que a competir. Viven el evangelio, no lo aprenden de memoria.

Y no olvidemos que desaprender implica reestructurar, lo que a su vez, implica promover la verdadera participación (no la falsa, la sumisa: padres que vienen cuando los llamamos y hacen lo que les indicamos; alumnos que estudian y obedecen; docentes que cumplen con su deber y nunca proponen nada), y estar dispuestos a redistribuir o democratizar el poder.  

  1. a) Comunidad de aprendizaje (Comunidad inteligente que se autocorrige y se renueva)

En una verdadera comunidad democrática de aprendizaje, docentes, alumnos y comunidad han de estar real y activamente implicados en la elaboración y desarrollo de las decisiones más importantes. El hecho de trabajar juntos no es  solo una forma de establecer relaciones y de resolver conflictos, sino que es también fuente de aprendizaje: ayuda a reconocer problemas, a allanar dificultades, a responsabilizarse, a instar y afrontar el cambio, a contemplar los problemas como cuestiones a resolver y no como ocasiones para culpar a otros, a valorar las voces diferentes e incluso las disidentes.

Una comunidad de aprendizaje asume la calidad como tarea colectiva, que compromete a todos. Todos se plantean como reto, tanto personal como colectivo, mejorar. Esto implica estar activamente comprometidos en combatir y superar la cultura de la rutina, de la tarea, del conformismo, de los rituales burocráticos, para hacer de cada centro educativo una organización inteligente, que aprende permanentemente de lo que hace. La organización  solo puede aprender cuando sus miembros lo hacen; sin aprendizaje individual, no puede haber aprendizaje organizacional. Pero el aprendizaje organizacional no se da sin más si los individuos aprenden;  solo se da de la reflexión en equipo acerca de cada uno de los aprendizajes. Senge plantea que las organizaciones que aprenden son aquellas en las que las personas aprenden continuamente y juntas a aprender. Ya no se trata meramente de organizar el aprender, sino también de aprender a organizarse.

El genuino aprendizaje implica cambio en la conducta. Si no hay cambio, no hay aprendizaje. De ahí que lo verdaderamente difícil para aprender a aprender, es, como lo venimos repitiendo, aprender a desaprender, a transformar la rutina y los modos de hacer las cosas que se han enquistado en la cultura escolar. La organización inteligente es una organización que se autocorrige y se renueva. Todos aprenden y aprenden de todos. Cada miembro (directivo, docente, administrativo, obrero…) se siente parte importante e insustituible de la organización, identificado con su misión y como tal comprometido en su mejora continua, en la solución de los problemas. Más que como docente de un grado o de una materia, o como ejecutor de una tarea, cada uno se percibe como miembro de un proyecto. La identidad con la misión del centro le exige involucrarse activamente en su mejora continua, en la superación de los problemas y en la transformación permanente. Por ello, siente como suyos los logros y los fallos, los éxitos y las carencias. De esta forma, la fidelidad no es tanto con la memoria (el pasado), sino con la imaginación (creatividad). Cada uno se percibe no como un trabajador que cumple con las tareas asignadas, sino como protagonista de los cambios educativos necesarios, como creador de nuevo currículo, de nuevas relaciones, como gestor de la nueva educación de calidad que se pretende.

Cuando un centro educativo se decide a aprender en serio entra en un círculo vivificador: es un centro en el que se experimenta, se reflexiona, se investiga, se innova, se escribe, se difunde, se lee, se comparte, se compromete. En ese centro, no hay lugar ni para solitarios ni para insolidarios.

  1. b) Comunidad de vida: El centro educativo como microcosmos de la nueva sociedad

En un auténtico centro educativo cada uno percibe al otro como compañero, como aliado, como alguien dispuesto a ayudar y al que se puede ayudar. Todo el personal del centro educativo es un gran equipo, unido en la identidad y en la misión, en el que cada uno asume su trabajo con entera responsabilidad y cuida y se preocupa por los demás. La colaboración y la cooperación combaten el individualismo, la competitividad, el conformismo, pasivismo, mediocridad; nutren a todos e impulsan a cambiar actitudes, superar barreras, desarrollar autonomías. No es posible hoy la verdadera calidad de un docente si no es capaz de trabajar en equipo

Si hemos insistido en que los valores no se logran con discursos, sino a través de la vivencia, y el objetivo de la educación es enseñar a vivir, convivir y vivir para los demás, el reto es estructurar nuestros centros educativos como microcosmos de la nueva sociedad, es decir, que sean semillas y ya realidades en pequeño del país y el mundo que queremos.

Para ello, les ofrecemos una serie de indicadores:

+ El centro cuenta con un proyecto educativo-comunitario claro, que integra y articula todos los programas, actividades y grupos, construido con la participación de todos los miembros de la comunidad educativa, que responde a la realidad específica de sus educandos, con objetivos y metas concretas, en permanente revisión, evaluación y reconstrucción. Padres, alumnos y docentes participan en la planificación, ejecución y evaluación continua del proyecto.

+ Equipo directivo con vocación pedagógica y verdadero liderazgo, expertos en humanidad y en educación, capaces de promover el crecimiento y la formación continua de su personal, orientados a promover la motivación, la innovación y la participación responsables, que garantizan la coherencia pedagógica y la continuidad y evaluación de las propuestas. Equipo directivo que se responsabiliza por la marcha del proyecto, por la calidad de las relaciones y de los aprendizajes, y es capaz de confrontar con firmeza, aunque sin autoritarismo, las irresponsabilidades o conductas inapropiadas de su personal. Equipo directivo que vela porque el tiempo escolar sea un tiempo productivo, de aprendizaje, que  solo suspende clases cuando está seguro de que las actividades formativas o los consejos docentes están tan bien preparados y coordinados, y van a traducirse en avances en la mejora educativa.

+ Pedagogía activa, del aprender haciendo y enseñar produciendo, orientada a promover el aprendizaje y la productividad, que convierte las aulas en talleres de trabajo cooperativo y enseña a trabajar, a valorar el trabajo y al trabajador, a producir, a resolver problemas. Pedagogía crítica que promueve la experimentación y la investigación, orientada más que a responder preguntas, a preguntar respuestas. Pedagogía que promueve el deseo de aprender, comprender y emprender y garantiza a todos la multialfabetización (lectores del texto, contexto, imagen, digital), de modo que todos puedan entender lo que leen para así ser capaces de aprender leyendo; puedan buscar la información que necesitan, procesarla y convertirla en conocimiento; puedan expresarse oral y por escrito, comunicar lo que piensan; puedan argumentar, razonar y entender razones, y de este modo posibilitar su formación integral permanente y autónoma. Pedagogía que no  solo enseña a leer, escribir y pensar, sino también a mirar y mirarse, a escuchar y escucharse, a comunicarse, a dialogar.

Pedagogía que ayuda a cada persona a desarrollar la semilla de sí mismo, a potenciar todas sus posibilidades y alcanzar la plenitud integral, que  solo se logran en el encuentro amoroso y en el servicio desinteresado.

+ Equipos de educadores que valoran su profesión y se sienten orgullosos de ella, con expectativas positivas respecto a todos y cada uno de sus alumnos, activamente comprometidos en mejorar la calidad, que se responsabilizan de los resultados, y se dedican no tanto a enseñar, sino a garantizar los aprendizajes esenciales y el crecimiento integral de todos y de cada uno de sus alumnos.

Equipos de educadores expertos en colaboración, que piensan, reflexionan y planifican juntos, se ayudan, se intercambian planes, propuestas, evaluaciones, preocupaciones; se visitan en los salones para aprender del compañero, pues entienden que la calidad es una exigencia tanto personal como del colectivo. Hoy, es impensable la calidad de un profesor que no trabaja en equipo. El individualismo supone autosuficiencia, falta de humildad, inseguridad.

Equipos de educadores que conciben la educación como un proyecto ético, que reflexionan permanentemente sus prácticas para aprender de ellas, que entrenan para la acción, es decir, que no  solo ayudan a construir conocimientos, sino a construir hábitos, actitudes, valores, estilos afectivos. Educadores que no  solo saben los contenidos que enseñan, sino que saben enseñarlos, que conocen y quieren a sus alumnos, conocen y valoran su entorno, su realidad, su cultura y entienden que, en educación, no es posible efectividad sin afectividad, calidad sin calidez.

Educadores en formación permanente, no tanto para aumentar el currículo y sentirse superiores, sino para servir mejor a los alumnos, que por ello conciben los nuevos diplomas y títulos no como escalones que los elevan y alejan de los demás, sino como peldaños que les posibilitan descender hasta el nivel de los alumnos más carentes y necesitados, para poderles ayudar a levantarse. Educadores que se esfuerzan día a día por ser mejores y hacer mejor lo que hacen, con verdaderas ganas de aprender y ser, que por ello, son capaces de promover las ganas de aprender y de ser de sus alumnos

+ Equipos de alumnos de todo tipo: deportivos, culturales, científicos, periodísticos, de música, teatro, de aprendizaje, de investigación, de servicio social…, con estilos y modos de proceder coherentes con la misión del colegio, bien articulados al gran proyecto pedagógico-comunitario del centro, en constante revisión y evaluación, para mejorar. En el centro o programa educativo todos aprenden y aprenden de todos. El respeto, la fraternidad, la solidaridad, más que discursos o enunciados teóricos, son vivencias permanentes. De este modo, los alumnos aprenden a competir consigo mismos para poder compartir mejor, de modo que más que competitivos, todos se van volviendo cada vez más competentes.

+ El aspecto físico manifiesta cuidado, limpieza, cariño, creatividad, respeto y preocupación del colectivo. Los centros son bellos, lugares de vida, en los que realmente se vive y por ello se aprende a vivir, a convivir, a vivir para los demás. Se cultiva el amor a la naturaleza, la conciencia ecológica, la fraternidad cósmica, la austeridad y el compartir.

+ Se respira un ambiente de motivación, comprensión, camaradería, respeto, convivencia, en el que se respetan las diferencias de género, raza, sociales, culturales, de los modos y formas de aprender, y se asume la diversidad como riqueza. Valorar lo propio y también valorar lo diferente implica esforzarse por no convertir las normales diferencias (económicas, sociales, culturales, de raza, género…) en desigualdades. Valorar lo diferente y a los diferentes implica también tratar con cortesía, trabajar juntos, respetar. Es imposible la calidad con violencia, irrespeto, maltrato, rivalidad. Se evitan rumores, chismes, palabras descalificadoras y ofensivas. Se cultivan los detalles, las palabras que alientan, motivan y crean comunidad. El centro cuenta con normas claras, construidas con la participación de todos, aceptadas, consensuadas. Los reglamentos y normas están al servicio de los alumnos, de su aprendizaje y crecimiento, y en permanente revisión. Los conflictos se asumen creativamente, como momentos especialmente privilegiados para la formación. Directivos y educadores se esfuerzan por convertirse en especialistas en resolución de conflictos. En consecuencia, no los temen ni los evaden, los enfrentan debidamente, promueven la negociación y el diálogo, de modo que todos salgan beneficiados del conflicto, tratando de convertir la agresividad en fuerza positiva, fuerza para la creación y la cooperación, y no para la destrucción. Cuánto avanzaríamos si, en vez de reprimir los conflictos, tratáramos de entenderlos, de averiguar qué nos tratan de comunicar con ellos los alumnos. Por lo general, los educadores que quieren a sus alumnos (es decir, que los alumnos sienten que su profesor o maestro los quiere, los comprende, está allí para ayudarles) no suelen tener graves problemas de disciplina y, si alguna vez los tienen, son capaces de resolverlos sin problemas especiales.

+ Se defienden los derechos de todos, especialmente de los más débiles y se practica la discriminación positiva, es decir, se atiende con especial esmero y dedicación a los alumnos con mayores problemas, carencias y dificultades. El centro es un lugar de inclusión de los excluidos, en consecuencia, revisa continuamente, para superarlos, los mecanismos velados o explícitos de exclusión, pues no podemos olvidar que la gran mayoría de los centros educativos son verdaderas fábricas de exclusión, que se quedan con los mejores y sacan a los que más necesitan de la educación.. Así como a todos nos parecería una barbaridad que los hospitales botaran a los enfermos más graves, eso hacemos sin problema en el sistema educativo. Necesitamos, por ello, leer la exclusión no desde los alumnos, sino desde el sistema educativo, desde la sociedad. En vez de preguntarnos por qué fracasan en el colegio los alumnos más carentes o necesitados, deberíamos preguntarnos por qué fracasa el colegio con ellos. Detrás de cada alumno que fracasa se oculta el fracaso del profesor, de la familia, del colegio… Un alumno fracasa porque no somos capaces de brindarle lo que necesita en un momento determinado. El centro educativo se esfuerza por garantizar a todos las condiciones necesarias (en alimentación, salud, recursos, útiles…) para garantizar el aprendizaje.

+ Se cuenta con planes de formación e integración de los padres, representantes y comunidad. Integración de doble vía: la comunidad colabora con el colegio, pero también el colegio colabora en resolver los problemas de la comunidad. Padres, representantes, comunidad y educadores trabajan y aprenden juntos, se comprometen a vivir en el colegio y en la familia los valores explicitados en el proyecto educativo. Se consideran aliados, que buscan las mismas metas y objetivos. Personas también en formación, que se esfuerzan cada día por ser mejores, por vivir ellos también los valores del colegio, los valores que quieren sembrar y recoger en sus hijos o alumnos. El derecho a una educación de calidad de los alumnos supone el derecho a tener unos padres educados, unos padres que asumen su papel de primeros y principales educadores.

Las dos herramientas más urgentes en los padres y madres de nuestro tiempo son:

– Aprender a negociar. El método más eficaz para asumir las reglas es cuando éstas son negociadas. Los hijos participan en el proceso de creación de las normas, que supone también un proceso de reflexión y desemboca en un proceso de implicación.

– Aprender a decir simplemente no. Los padres no saben que hay cosas no negociables, pase lo que pase. La importancia de que un niño de 5 años aprenda que no hay que pegar a mamá, no hay que gritar, no hay que escupir, no hay que comprar todo lo que a uno le apetece… no es porque nos resuelva un problema puntual momentáneo, sino porque es un esquema personal que se aprende de pequeño y que es básico en la adolescencia.

El centro se vincula a las escuelas cercanas y se liga a la problemática del entorno. Se preocupa por la educación de calidad de todos los niños, jóvenes y adultos de la comunidad y del país. Defiende y promueve por ello la educación como bien público, lo que supone educación de calidad para todos y, en consecuencia, defensa de la educación pública. Se incorpora a las celebraciones comunitarias, se liga a los procesos productivos, se implica en la solución de los problemas comunes y aprovecha los recursos educativos y pedagógicos de la comunidad, lo que implica superar esos diagnósticos de meras carencias, para abrirse a detectar las posibilidades, y recursos pedagógicos disponibles como parques, plazas, iglesias, bibliotecas, museos, organismos públicos, fábricas, dispensarios, artesanos, artistas, profesionales, grupos culturales, escuelas utilizadas a medio tiempo, etc. En el horizonte de ir avanzando a una sociedad realmente educadora.

+ Se propicia la comprensión crítica de la democracia vivida en la cotidianidad y en la sociedad, pero desde una conciencia ética que haga del individuo sujeto de cambio y protagonista en la construcción de genuinas democracias. Por ello, se educa para la verdadera participación política y para el ejercicio pleno de la ciudadanía. Se trata de que las personas logren entender y experimentar de un modo práctico que sí es posible avanzar en hacer realidad los valores y principios que sustentan la verdadera democracia (participación, crítica, pluralismo, justicia, igualdad, respeto, libertad, eficiencia, ética…) y que vale la pena trabajar sin descanso por construirlos y defenderlos.

4.- De la formación puntual y para obtener diplomas, certificados y títulos, a la formación permanente para transformar las prácticas y transformarse como persona

Por considerar que el educador es la pieza clave para la calidad educativa, he dedicado y sigo dedicando mis mejores esfuerzos a la formación de educadores. Un buen maestro o profesor es la principal lotería que le puede tocar en la vida a un niño, una niña o un joven. Así como un mal educador puede ser una verdadera desgracia para grupos numerosos de alumnos. El educador puede suponer la diferencia entre un pupitre vacío o un pupitre lleno, entre un delincuente o un joven trabajador y responsable, entre una vida vacía y hueca o una vida con sentido.

Entiendo que, en estos tiempos de cambio permanente, ser educador es vivir en formación. El docente que ha dejado de aprender, se convierte en un obstáculo para el aprendizaje de sus alumnos. Hay docentes que, con su práctica educativa, no  solo no provocan las ganas de aprender, sino que las matan. Nadie puede enseñar a aprender, si no aprende de su enseñar, si ha perdido el interés por seguir aprendiendo siempre. De ahí que todos mis esfuerzos se han dirigido a privilegiar la formación permanente de los educadores, que transforme profundamente la manera de ser, de pensar y de actuar del docente, pues está claro que si bien “uno explica lo que sabe o cree saber, uno enseña lo que es”. Cada profesor, además de su materia, enseña un montón de otras lecciones: honestidad o deshonestidad; responsabilidad o irresponsabilidad; desprecio o afecto; igualdad o diferencias; entusiasmo o desmotivación; alegría o fastidio… No podemos olvidar que los alumnos no  solo aprenden de sus profesores, sino que aprenden a sus profesores.

Frente a la degradación del hecho formativo que se suele reducir a la adquisición de algunos conocimientos y al desarrollo de algunas competencias, la auténtica formación es un proceso de liberación individual, grupal y social. Formarse es fundamentalmente construirse, inventarse, planificarse, soñarse, llegar a desarrollar todas las potencialidades de la persona. Estoy hablando entonces de un proceso de construcción permanente de la personalidad y de un pensamiento cada vez más autónomo, capaz de aprender continuamente, para así poder enseñar en el sentido integral de la palabra.

Por ello, quiero alertar que no es lo mismo estar en formación, que estar estudiando. La mayoría de los estudios informan, lo cual no es malo, pero no es suficiente, porque descuidan la formación de la persona. De algunas universidades y centros de formación salen profesionales, pero no personas. Dan títulos pero no egresan verdaderos hombres o mujeres. También hay supuestos educadores, muy abundantes hoy en Venezuela, que más que formar, tratan de “formatear” las mentes de los alumnos, para que  solo sean compatibles con lo que ellos les inculcan y rechacen todo otro tipo de pensamiento. Es la consecuencia de utilizar la educación para ideologizar, para hacer personas obedientes y sumisas. Hay también estudios que, más que formar, deforman a los estudiantes. Todos conocemos educadores a los que las licenciaturas, maestrías o títulos de postgrado los echaron a perder. Personas que utilizan sus nuevos títulos como una especie de pedestal al que se suben y desde la altura de sus nuevos diplomas empiezan a alejarse de los alumnos, de los compañeros, de los padres y representantes, de las personas más sencillas y necesitadas. Yo por eso hablo de la necesidad de títulos que, en vez de subir, nos ayuden a bajar, a descender al nivel de los alumnos más necesitados y de las personas más sencillas para poderles brindar la ayuda que necesitan. Como dice García Márquez, “Nadie tiene derecho de mirar a otra persona de arriba abajo, si no es para ayudarla a levantarse”. O como me gusta repetir, a mí  solo me interesan conocimientos que lleven a co-nacimientos, es decir, a nacer a una nueva vida con el otro y para el otro.

FORMAR PARA TRANSFORMAR, debe convertirse en nuestro lema, en nuestra propuesta permanente. Formar para transformarse como persona, para recuperar el orgullo de ser educador, para abrirse a la transcendencia de lo que significa ser maestro. Formar para transformar las prácticas educativas y pedagógicas, de modo que la formación del docente se traduzca en transformación de los centros educativos, en mejores aprendizajes de los alumnos y en mayor calidad de la educación. . Formar para transformarse como ciudadano, para convertir las aulas y centros escolares en lugares de verdadera participación, y cooperación, en microcosmos de la nueva sociedad. Centros educativos vueltos a la realidad del entorno para contribuir a su transformación-humanización, estrechamente vinculados a las familias y comunidades.

De ahí que una genuina propuesta formativa debe asumir una metodología que supere la concepción bancaria de formación y privilegie la reflexión sobre el ser, sobre el hacer y sobre el acontecer; sobre la persona del docente, sobre su acción pedagógica cotidiana y su impacto transformador, sobre la realidad, inquietudes e intereses de los educandos, de modo que el centro educativo se vaya asumiendo como un espacio para la reflexión, para aprender a reflexionar y para aprender a enseñar.

 La práctica y la reflexión sobre ella son los elementos primordiales para construir el proceso de la propia formación-transformación. La práctica educativa tiene que entenderse como un proceso de investigación más que como un procedimiento de aplicación. La escuela, el liceo y la universidad, más que ofrecer información, deben provocar su reconstrucción crítica, su propia y permanente transformación. El reto es lograr docentes que investigan y reflexionan en la acción y sobre la acción, para transformarla y transformarse. En definitiva, la propuesta formativa debe orientarse a hacer del docente un educador, un promotor del hambre de aprender de sus alumnos y un agente democratizador. Formarlo como persona, como profesional de la enseñanza y como ciudadano y promotor de ciudadanía. Esto se dice fácil y hasta resulta evidente. El problema empieza cuando uno entiende que  solo es posible enseñar a ser persona, si uno se esfuerza por serlo plenamente, por crecer hacia adentro, si acepta que para ser educador hay que reconocerse como educando de por vida. Por otra parte,  solo enseñará realmente a aprender el que aprende al enseñar; del mismo modo que enseñar a convivir exige que uno conviva al enseñar, es decir, que convierta la clase en un lugar de diálogo y democracia profunda.

5.- De la evaluación punitiva, a la evaluación formadora

Una pedagogía al servicio del alumno exige una revisión profunda de la cultura y las prácticas de evaluación. Es urgente superar esa pedagogía que convierte la evaluación en un instrumento de control, sanción y exclusión del alumno y sirve para reforzar la distancia entre éste y el profesor, y de los alumnos entre sí; para avanzar hacia una pedagogía orientada a garantizar el éxito y no el fracaso de todos.

La evaluación debe asumirse como una cultura tanto individual como colectiva y permanente para revisar los procesos y los resultados y emprender los cambios necesarios. Evaluación que ayuda a descubrir tanto al alumno como al docente sus fortalezas, sus carencias, sus necesidades. Evaluar no para clasificar y castigar, sino para ayudar, para evitar el fracaso, para que todos tengan éxito. Pasar de enseñar para evaluar, a evaluar para enseñar mejor. Más que juzgar el pasado, la evaluación debe ayudar a preparar el futuro.

Este es el criterio que debería guiar a la evaluación, criterio que, sin embargo, está muy lejos de las prácticas habituales. Hay docentes que llegan incluso a enorgullecerse de su fracaso, lo que evidencia una total aberración. No conozco ningún médico que vaya alardeando por allí de que, de cincuenta enfermos que atendió,  solo le sobrevivieron cuatro. Tampoco conozco ningún ingeniero que se ufane de que la mayoría de los edificios que empieza nunca quedan terminados o se derrumban pronto. Pero sí conozco educadores que exhiben sin el menor pudor su fama de “raspadores”, y hasta se les oye comentar, sin pena, casi con gozo: “De cuarenta alumnos,  solo me pasaron siete”. Ignoran que el único modo de comprobar la idoneidad de un docente es mediante el éxito de sus alumnos. Si los alumnos salen mal, él también está saliendo mal pues no logró motivarlos y guiarlos para que aprendieran lo que tenían que aprender. En definitiva, toda evaluación que propone el docente se convierte también en su propia autoevaluación a la luz de los resultados de sus alumnos.

Una pedagogía inclusiva no culpa a los alumnos de su fracaso. Si los alumnos no aprendieron, habrá que revisar el contexto y la experiencia de aprendizaje para ver qué está funcionando mal: el método, la motivación, los materiales, los conocimientos previos, las estrategias.., para introducir las modificaciones necesarias para que los alumnos tengan éxito. La evaluación se convierte entonces en un medio excelente para que el profesor conozca cuáles son las fortalezas y carencias de cada alumno para así poderle brindar la ayuda que necesita.

 Este tipo de evaluación no castiga el error, sino que lo asume como una maravillosa oportunidad de aprendizaje. Si todos repetimos que “los errores enseñan”, ¿por qué los castigamos? Si ayudamos a hacer consciente el error, estaremos poniendo las bases para superarlo.

Es también muy importante que los educadores piensen bien sus evaluaciones para que se aclaren si responden a una educación transmisiva y bancaria o a una educación creativa y transformadora, pues la evaluación expresa de un modo muy claro la concepción y el modelo educativo: “Dime cómo evalúas y te diré qué tipo de educador eres”. A través de las evaluaciones podemos determinar lo que pretenden los educadores: ¿Alumnos que sepan marcar o alumnos que sepan redactar? ¿Alumnos capaces de exponer su propio pensamiento o que repitan el de los demás? ¿Alumnos productores o alumnos reproductores? ¿Alumnos que compiten o alumnos que comparten? ¿Alumnos que sacan buenas notas o alumnos que van adquiriendo un aprendizaje autónomo y la capacidad y el deseo de seguir aprendiendo siempre y cultivando el amor a la sabiduría?

Si enseñamos a pensar, a producir, a crear, las evaluaciones deben ser ejercicios de pensamiento, de producción, de creación. Si los educadores tienen que vigilar que los alumnos no se copien, puede ser una evidencia de que sus evaluaciones responden a una educación transmisiva, ya que es imposible copiarse la creatividad, la opinión personal y razonada, las propuestas, los juicios personales.

No olvidemos nunca que la finalidad de un buen maestro es hacerse inútil: es decir, que ha enseñado a sus estudiantes de tal modo a aprender que ya no necesitan de él.

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