La palabra sínodo proviene del griego y significa “caminar juntos”. Cuando el papa Francisco habló de sínodo en la Iglesia católica, aclaró que no era un “evento”, sino un “proceso”; hablaba de una consulta amplia, escuchar a todos los bautizados y por ello dicho sínodo se basaba en participación, misión, escucha mutua… Caminar juntos no significa que todos vayamos a la misma velocidad, pero sí con un horizonte común.
Se me vino esa imagen pensando en esta coyuntura de país, con mucha incertidumbre, con una supuesta transición que esperamos sea para mejor, y empecé a pensar lo bonito que sería ponernos en “modo sinodal”, o sea, caminando todos juntos (por lo menos, la mayoría), escuchándonos, respetando la velocidad de los que caminan, ayudando a quienes lo necesiten, pero con metas comunes.
Me atrevo a señalar algunas de esas metas, pues pienso que las deseamos la mayoría de los venezolanos.
Queremos mejor calidad de vida. Hablamos de que los servicios públicos no sean una lotería cada día.
Queremos una sociedad democrática, participativa, protagónica y plural, como reza el preámbulo de nuestra Constitución. Sueño que podemos tener diferencias; sin embargo, no por ello seamos enemigos, donde los derechos humanos sean para todos y su defensa no sea un riesgo.
Deseamos salud y educación de calidad. Ello supone salarios decentes, dignos para docentes, médicos y personal de enfermería, tal como lo establece el artículo 91 de la CRBV, artículo que nos debemos aprender de memoria. No me canso de repetir que los salarios de los educadores venezolanos son los más bajos de América Latina, inclusive más bajos que los de Cuba y Haití. Lo otro que no me canso de repetir es que sin maestros no hay escuela. ¡Y si no se aumentan pronto los salarios de los docentes, van a seguir renunciando! Soñamos que se recuperen todos esos millones de niños, niñas, adolescentes y jóvenes que están fuera de las aulas.
También queremos un país sin presos políticos, como lo mencionan los hermanos obispos en su exhortación pastoral de la semana pasada. Requerimos justicia para todos los detenidos, que sus familiares no sufran como lo están haciendo.
Queremos un país donde se cuide el ambiente. Somos campeones en deforestación; el Arco Minero está acabando con ecosistemas del sur del país, un pequeño “paraíso terrenal” muy maltratado. No aprendemos de los hermanos indígenas, quienes cuidan su entorno como si fuera familia y, sin conocer a San Francisco de Asís, protegen su ambiente.
Necesitamos un país, ese en el que cada mañana y cada noche padres, madres, abuelos dan la bendición a hijos y nietos; donde la solidaridad y la fraternidad sean lo que prive. Que se derogue la ley del odio y el odio. Que el grito, el insulto, la descalificación, no se vea “normal”, convirtiéndose en cultura.
La mayoría soñamos (me gustaría decir que somos “todos”) que de verdad los derechos de los niños, niñas y adolescentes sean prioridad absoluta, como lo dicen el Art. 78 de la CRBV y el Art. 7 de la LOPNNA, protegiéndolos de manera integral.
Queremos un país donde los jóvenes no sueñen con irse del país, porque no ven oportunidades y futuro; por el contrario, que quieran quedarse. ¿Podemos soñar que vuelvan todos esos familiares y se reencuentren con sus hermanos en esta tierra de gracia?
Me gustaría que en ese caminar juntos nos acompañaran San José Gregorio Hernández y Santa Carmen Rendiles, inspirándonos para ser serviciales, cariñosos, alegres, como fueron ellos.
Sueño que experiencias como la del Sistema de Orquesta y el Museo de los Niños se multipliquen y saquen lo mejor de nuestros jóvenes, niños, y haya profesionales que orienten dichas actividades.
¿Qué tal si en ese camino vamos leyendo la encíclica “Fratelli tutti” del papa Francisco y nos dejamos orientar por lo que llamó el amor social, que posibilita avanzar en una civilización del amor? Y por supuesto, la importancia de la política, la buena y verdadera política, y de la amabilidad que supone el buen trato a los demás.
En fin, conversar, caminar con otros sobre ese país que queremos y soñamos, sin dejar de pedir a San Francisco que nos haga un instrumento de su paz.
Luisa Pernalete



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