Carta adelantada al Niño Jesús

Querido Niño Jesús:

Ya sé, estamos en septiembre y las cartas te las escribimos en diciembre, pero es que, como verás en mis líneas, la verdad es que estoy en emergencia, ya no sé a quién más pedirle y se me ocurrió que Tú podrías ayudarme. Soy maestra. Se supone que a ti te escriben los niños, no los adultos, pero como eres muy buena gente, sé que aceptarás esta carta y la leerás con atención.

Te decía, soy educadora, me gusta mi trabajo. Me encanta atender a los niños, me río con sus ocurrencias, con sus preguntas… En fin, soy de  esas maestras que eligieron esta profesión que no es para hacerse rico, pero se aspira poder vivir con dignidad, cubrir la necesidades básicas y eso, Niño lindo, no lo estamos haciendo los educadores venezolanos, pues los salarios son, de verdad, una vergüenza: equivalen  a 3 a 5 dólares cuando mucho. Echa una mirada a toda América Latina y verás que son los más bajos… en realidad, para decirlo en maracucho, son los más bajos de “toda la bolita del mundo”.

Tú, que lo sabes todo, aunque seas pequeñito, ya estarás enterado que un kilo de harina de maíz, para la arepa diaria, está en un dólar; medio cartón de huevos, pasa de un dólar; no hablemos de carne o pollo, ni pregunto los precios porque sé que no puedo comprar esos “lujos”. Si en la familia de uno hay niños pequeños, que se olviden de la leche. ¡Así estamos!  Y uno dando clases sobre alimentación balanceada y saludable, ¡mientras  no puede aplicar en su hogar lo que enseña!

Pasemos a otro campo, zapatos, por ejemplo. Como el transporte público es prácticamente inexistente, o no se tiene efectivo para pagar el pasaje o ese salario no da para pagar bus todos los días, muchos maestros van a sus trabajos caminando. Los zapatos tienen más uso  y a uno realmente le da pena andar con zapatos rotos… ¿No te daría pena a ti, de grande, dirigirte a una muchedumbre con las sandalias rotas?

Fíjate, en otros tiempos yo me compré un carrito, nada del otro mundo, pero los salarios daban para que los maestros pudiéramos hacerlo, ahorrando, pagando a crédito… pero la inflación acabó con los ahorros de todos.  Ahora ningún maestro puede comprar ni un carro ni una bicicleta. En mi caso, ahí lo tengo parado porque la batería se me murió (no iba a ser eterna) y ni pensar que compraré otra, y si pudiera hacerlo, ¿de dónde saco para adquirir gasolina dolarizada? Muchos han vendido sus carritos. Conozco también colegas que han vendido sus televisores… Y las autoridades llegaron a proponer clases presenciales. ¿Cómo vamos a llegar al trabajo? Hablo por nosotros y hablo por los alumnos. De paso, ya antes de la cuarentena vi alumnos con sus zapatos rotos en el aula.

No voy a tratar el tema de la salud. ¿Crees que una maestra que sufra, por ejemplo, de tensión alta, puede comprar su medicina? Es más, uno tiembla que a alguien de la familia le dé fiebre, porque una cajita de acetaminofén te puede costar 2 dólares, Entonces ¡tampoco se puede! Tiene que recurrir a la solidaridad familiar o se tiene que poner a hacer otra cosa para completar sus ingresos. Vender café, hacer galletas o tortas para venderle  a sus vecinos… ¡Es triste, Niño Jesús! Antes de la cuarentena supe de colegas en el estado Bolívar que se iban los viernes a las minas a vender arepas, empanadas, heladitos…

A veces uno hasta sueña con que está en Japón, país en el cual los oficios mejor pagados son los de los médicos (porque curan a las personas), los de los policías (cuidan a las personas) y los de los maestros, ¡porque forman a las personas! Se despierta uno y se acuerda que está en Venezuela.

Tú dirás: todo este cuento ¿para qué?, bueno, aquí vienen las peticiones.

Me gustaría pedirte juguetes, como te suelen pedir los niños en sus cartas navideñas, pero me temo que juguetes este año no pedirá nadie y eso que jugar, tener vida de niños, es un derecho, según nuestras leyes vigentes.  Eso ya es lujo en este país.

Quiero repetir lo que rezamos cada día en el Padrenuestro: Danos hoy nuestro pan de cada día, a nosotros (los maestros) y a los alumnos nuestros también, porque ellos tampoco están comiendo, la falta de alimento es una de las causas de inasistencia escolar y ya tú sabes, “la letra con hambre no entra”. Pero no creas que yo me voy a sentarme para que ese “pan de cada día” venga del cielo, como el maná. En realidad, yo quisiera poder ganar lo suficiente para adquirirlo con el sudor de mi frente. Quiero, pues, que se cumpla el artículo 91 de nuestra Constitución, que por si acaso no lo conoces, te lo transcribo: “Todo trabajador o trabajadora tiene derecho a un salario suficiente que le permita vivir con dignidad y cubrir para sí y  su familia las necesidades básicas materiales, sociales e intelectuales”. ¿Qué te parece? Fíjate que no estoy pidiendo “ganar lo suficiente para hacerme rico” o acompañar con vino escocés mis comidas, ni siquiera te estoy pidiendo comprarme una laptop o un teléfono inteligente para poder educar a distancia… “Vivir con dignidad”, como dice la Constitución. No invento nada. Supongo que tal vez pueda meter,  dentro de las necesidades intelectuales, aunque sea un cuaderno empastado y un bolígrafo;  con mi salario actual eso también es un lujo y ya no tengo más hojas que reutilizar.

Si no sabes calcular cuánto sería ese salario, pregunta a los señores del CENDA, esos tienen esas cuentas al día y te dirán cuántos salarios mínimos, muy mínimos por cierto, se requieren para cubrir la canasta alimentaria.

Como este salario digno deben decidirlo las autoridades del caso, quisiera rogarte que me hagas la segunda y le pidas al Espíritu Santo que le hable fuerte a esas autoridades y les haga comprender que con vocación no se come: el pan de cada día hay que pagarlo. ¿Crees que es posible que lo entiendan?

Bueno, Niño Jesús, dispensa que te cambie tu agenda y te haga leer esta carta anticipada en septiembre. Espero tu respuesta.

Una maestra