Estimado señor Viceministro:
Empiezo diciéndole que no se si su Viceministerio existe todavía, de manera que es posible que mi carta no la lea nadie, pero, como dice mi amiga Maribel, “ la peor diligencia es la que no se hace”.
Escribo hoy, Día de la Mujer, así que el subtitulo a su carta podría haber sido “Cómo hacer para que las venezolanas seamos felices”, ¿no es un tema de su competencia? Para hacer estas líneas imaginé que me reunía con muchas de mis comadres, esas madres que asisten a los cursos que las capacitan para promover la paz. Cuando pregunté qué nos haría felices todas, casi al unísono, respondieron lo siguiente.
En primer lugar, que se nos garantice detergente, pues ahora es una verdadera tortura que llegue el fin de semana. ¿Cómo lavar la ropa de los muchachos? Imposible mandarlos al colegio con el uniforme sucio y no hablemos del lavaplato, que se ha convertido en un artículo de lujo. Y no es que pensemos que el rol histórico de nosotras sea lavar ropa y platos, pero hay que ser realistas: hoy por hoy son funciones del hogar superimportantes que garantizamos las mujeres. ¡Haga algo!
En segundo lugar, los nutricionistas suelen recordarnos que la arepa es más sana que el pan. ¿Sería posible hacernos felices promoviendo la producción de harina precocida? ¿Podrían poner sus plantas a full capacidad? Usted, señor Viceministro, no sabe cómo sufrimos cuando ya ni una arepa podemos ofrecerle a los hijos para su desayuno y no es fácil hacer cola toda una mañana para comprar, a precio regulado, dos kilitos de harina. Ignoramos cómo hará en su familia, pero en las nuestras dos kilos no duran nada.
En tercer lugar, garantice la seguridad para nuestras familias. No crea que porque hemos puesto detergente y harina en los primeros lugares es porque ha desaparecido el fantasma de la violencia delincuencial. La señora Lourdes, de la comunidad Buen Retiro (San Félix) dice que ella se queda rezando cada vez que su hijo sale de la casa; en La Victoria, las madres buscan transporte escolar para sus pequeños aún viviendo a pocas cuadras de la escuela de Fe y Alegría del barrio, por el miedo que sienten debido a que las bandas armadas intercambian disparos a cualquier hora del día. ¡Eso duro!
En cuarto lugar, ¿puede hacer algo para reducir la inflación? Ninguna de nosotras ha estudiado economía, pero sabemos perfectamente que no hay sueldo que pueda con esta inflación. Tenemos amistades en otros países de América Latina y nos cuentan que allá la inflación no pasa de un dígito. De verdad, señor Viceministro, ¡no alcanza nada! Todos sufrimos en la casa. ¿Cómo vamos a reponer los cuadernos para los hijos que estudian? ¿Cuánto van a costar ahora? No queremos ni pensarlo. Este asunto de la escasez de TODO genera discusiones y hasta llanto en las casas. ¿Cómo le explica usted a los más pequeños estas cosas?
Finalmente, invente un plan de formación para los hombres para que puedan controlar ese sentimiento de rabia, de impotencia que les da toda esta situación y que, de paso, entiendan que nosotras no somos culpables.
Revise sus planes, señor Viceministro, y haga algo por nuestra felicidad, aunque no sea suprema.
Atentamente,
Luisa Pernalete



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