Día de las Patricias

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El 30 de mayo, Fe y Alegría celebra el Día de la Patricias, para recordar, homenajear y agradecer, a través de la memoria de Patricia García “de Reyes”, la presencia de cientos de miles de mujeres, que con su inteligencia, entrega, y vocación de servicio son el sostén más importante de este Movimiento Educativo, que nacido en Caracas en el rancho que donaron Patricia y Abraham, se ha extendido por 23 países y atiende a más de millón y medio de personas.

Fue precisamente la generosidad heroica de Patricia y Abraham la que hizo posible el nacimiento de Fe y Alegría. Recordemos una vez más la historia, a pesar de que ha sido contada numerosas veces: Corría el año 1955 y gobernaba en Venezuela el Dictador Marcos Pérez Jiménez, cuyas políticas favorecieron la educación de las élites y grupos más privilegiados y negaban a las mayorías marginadas el acceso a la escuela. Es de señalar que durante toda la década de la dictadura (1948-1958), si bien el número de escuelas públicas se mantuvo prácticamente estable, sin un crecimiento significativo, las escuelas privadas tuvieron un sorprendente desarrollo pues pasaron de 272 a 1.070. Fe y Alegría será pionera en atreverse a proponer y llevar educación de calidad a los marginados y excluidos, en tiempos en que nadie lo hacía.

La primera escuela de Fe y Alegría nació de un acto de rotunda generosidad. Abraham Reyes y su esposa Patricia  habían brindado la sala de su casa para que se celebrara en ella la primera comunión de setenta niños y niñas, fruto de la labor catequética de los estudiantes universitarios de la recién fundada Universidad Católica de Caracas que acompañaban al P. Vélaz en sus expediciones apostólicas a los barrios más pobres. En la homilía, el P. Vélaz habló de la necesidad de profundizar la labor formativa mediante un proceso de educación sistemática. Para ello, necesitaban construir una escuela, para que todos esos niños y niñas pudieran salir de la ignorancia. Al terminar la misa, Abraham y Patricia entregaron parte de su casa para que en ella empezara a funcionar la escuela.

Siete largos años le había llevado a Abraham y Patricia construir la casa, adobe tras adobe, como las construyen los pobres. Querían una casa grande, pues deseaban tener muchos hijos. De hecho tuvieron 13 y además criaron otros seis e incluso Patricia amamantó a dos de ellos. A construir su casa dedicaron todos sus ahorros, esfuerzos y sacrificios de siete largos años.Cuando lograban reunir cien bolívares, corrían a comprar cemento, arena o cabillas, no fuera que se les presentara algún percance y tuvieran que gastar el dinero. No había agua donde estaban construyendo y Patricia la carreteaba en latas de manteca que cargaba sobre su cabeza en un largo y penoso recorrido de tres kilómetros. Ella, sin descuidar las tareas del hogar y el cuidado de los hijos (tenían en ese momento ocho), ayudaba también a batir la mezcla para fabricar los adobes y a pegarlos, para levantar con ellos las paredes. Poco a poco, como un árbol de vida, la casa fue creciendo de sus manos y sus sueños. Y cuando todavía estaba fresco el olor del cemento y no habían tenido tiempo de acostumbrarse al milagro de verla terminada, se la regalaron al Padre Vélaz para realizar el sueño de fundar una escuela. De este modo, como ellos argumentaban, la casa convertida en escuela, sería hogar y refugio no sólo de sus hijos, sino de todos los niños del barrio.

El gesto de Abraham y de Patricia conmovió profundamente al Padre Vélaz y le mostró el camino a seguir. Si había personas capaces de darlo todo, sí sería  posible realizar el sueño de llenar de escuelas los barrios más empobrecidos. El iría de corazón en corazón, sembrando sueños y la audacia y el valor para convertirlos en  realidades. Levantarían con fuerza la bandera de la educación de los más pobres, cuando nadie se atrevía a levantarla,  y muchas personas generosas correrían a militar bajo ella.

“Escuela: Se admiten niños varones”, decía el tosco cartel que pusieron al día siguiente en la puerta del rancho de Abraham y de Patricia. Y empezaron a llegar ríos de niños.  Las clases comenzaron sin pupitres, sin pizarrones, sin mesas, con cien niños y adolescentes sentados en el piso. Como eran muchos para una sola maestra, dividieron la sala con unas tablas en dos aulas. Diana y Carmen, dos muchachas del barrio de apenas quince años y con sólo el sexto grado de primaria, fueron las primeras maestras. No sabían cuándo ni cuánto les iban a pagar, pero sus corazones ardían con deseos de servir. Así nació Fe y Alegría. Era el cinco de marzo de 1955.

Pero en aquellos tiempos en que no se aceptaba la coeducación de niños y niñas, estas quedaban sin escuela y la necesitaban tanto o más que los varones. Y empezaron a decirle al Padre Vélaz que ellas también querían estudiar. El Padre se dedicó a visitar los ranchos del barrio para ver si encontraba algún local apropiado, pero imposible: todos resultaban demasiado pequeños. Cuando se enteraron Patricia y Abraham, se mostraron sorprendidos y le mandaron a decir al Padre con uno de los estudiantes universitarios: “Vemos que usted todavía no nos tiene confianza. No siga buscando más: Tenemos abajo otra sala donde podrían colocarse las niñas”.

Es de señalar que la casa de Patricia y Abraham tenía dos plantas a las que se entraba por caminos distintos pues estaba construida en una fuerte pendiente del cerro. La planta de arriba era la que ocupaban los niños. La de abajo era la vivienda familiar de Patricia y Abraham y, con una generosidad sin límites, también la ponían a disposición del Padre Vélaz. Setenta y cinco niñas entraron en la sala de abajo. Sólo hizo falta otra maestra, Isabel, también de quince años y sexto grado de primaria, para poner en marcha la nueva ampliación. De este modo, llegaron a 175 los primeros alumnos y alumnas de Fe y Alegría.

Como había intuido el Padre Vélaz, el gesto de Abraham y de su esposa Patricia habría de despertar múltiples y espontáneas generosidades que, desde sus inicios, marcaron la trayectoria de Fe y Alegría: una de las estudiantes universitarias, impresionada al ver a los niños sentados en el suelo, se quitó los zarcillos de platino que llevaba y los regaló para comprar unos bancos. Para sacar más dinero, los universitarios  decidieron organizar una rifa con los zarcillos, pues estaban seguros de que muchos familiares y amigos colaborarían con esta obra tan insólita y osada. Los rifaron y obtuvieron cuatro mil bolívares, los primeros centavos que entraron en la tesorería de Fe y Alegría. Con ellos compraron unos bancos toscos y pagaron los primeros sueldos a las maestras que habían iniciado su trabajo con total desprendimiento. Esa fue la primera rifa de Fe y Alegría. Posteriormente, la rifa llegaría a convertirse en una especie de cruzada nacional que aglutina infinidad de generosidades anónimas y que, durante los 16 primeros años en que Fe y Alegría no recibió subvención alguna del Ministerio de Educación, fue la principal fuente de ingresos para sostener y agrandar la obra.

Patricia García de Reyes

Patricia nació el 24 de agosto de 1924 en Aragüita, cerca de Caucagua (Estado Miranda), en Barlovento, a 90 km de Caracas. Tierra de antiguos esclavos negros dedicados al cultivo del cacao y del café que nos dejaron sus costumbres, su fortaleza, sus tambores y sus bailes. Era huérfana de padre y madre pues su mamá murió a los tres días de parirla. Como el padre no podía encargarse de ella la entregó a unos familiares y Patricia se crio con unos primos y tíos. A los 16 años, se mudó a Caracas, y empezó a trabajar como sirvienta. Allí, conoció a Abraham, siete años mayor que ella, que había llegado a la capital buscando una mejor vida que le sacara de la miseria extrema de su infancia en la Sierra de Falcón. Abraham era un muchacho fuerte, emprendedor y muy trabajador, siempre dispuesto a labrar para él y la familia un futuro digno a base de esfuerzo y sacrificio. Se casaron por la Iglesia, por consejo del Padre jesuita Pedro Pablo Barnola, y desde ese momento fueron un matrimonio ejemplar y modelo de padres para sus numerosos hijos.

A los pocos meses de entregar la casa, Patricia dio a luz en esa escuela-hogar. Y siendo analfabeta, aprendió a leer y escribir con los alumnos y empezó a recibir una cada vez más sólida formación espiritual que completaría su religiosidad popular y su fe sencilla pero muy profunda. Todos los que conocieron a Patricia subrayan su capacidad de trabajo, su fortaleza, su solidaridad, humildad y sencillez. El propio Abraham se expresó así de ella: “era una santa mujer, era muy religiosa y muy buena. Esa mujer fue una bendición para mí. Era muy humilde, ella ha sido una mujer que nunca se ha quejado, ella me ayudó con su humildad”. A su vez, uno de sus hijos, insiste también en su humildad: “Ella siempre fue muy humilde, muy sencilla… Tanto papá como mamá siempre nos decían que era muy bonita la humildad, que no hay que ser soberbios… Ellos siempre fueron muy sencillos”. Era también una mujer alegre como nos lo recuerda una de sus hijas: “Tenía muy buen sentido del humor, reía con frecuencia y echaba mucha broma… Pero también sabía escuchar y aconsejar: Una llegaba, ya de adulta, con algún problema en la familia, y ella escuchaba y siempre tenía un consejo”.

Patricia murió el 15 de febrero de 2006, 18 años después que Abraham, que había muerto en el hospital Vargas el 6 de septiembre de 1988.

Tanto Abraham como Patricia afirmaban que la generosidad es fuente de felicidad. En palabras de Abraham, “Cuando entregué la casa, me entregué también a las cosas de Dios. Desde entonces me siento muy feliz. Yo creo que es mucho más importante darse que dar cosas. Uno recibe más cuando da, cuando regala su vida, y así es más feliz”. A su vez, Patricia expresó: “Mi esposo me dijo si podíamos dar la casa. Yo le dije que sí. Cuando una ha tenido que luchar duro en la vida, se siente muy feliz al tener algo que dar a los demás”.

Patricias de Fe y Alegría.

Es indudable que desde su fundación han abundado y abundan en Fe y Alegría las Patricias, mujeres humildes, comprometidas, generosas y muy entregadas. Ellas son su principal capital. Fueron sobre todo las Patricias, tanto religiosas como laicas, las que desde un comienzo acompañaron al Padre Vélaz e hicieron suyo su proyecto de llevar educación a las barrios y caseríos más pobres “donde no llega el asfalto”, “donde no gotea el agua”, “donde la ciudad pierde su nombre” Es significativo señalar, en este sentido, que de los 35 testimonios de personas verdaderamente comprometidas en los tiempos fundacionales de Fe y Alegría en Venezuela, que recojo en mi libro “Raíces de Fe y alegría”, 31 son de mujeres.

El P. Vélaz siempre señaló la importancia que tuvieron las Patricias religiosas en el nacimiento y en la rápida expansión de Fe y Alegría, que les posibilitó a muchas de ellas acercarse al barrio y vivir su opción cristiana de servicio a los más necesitados, al estilo de Jesús. Con Fe y Alegría un número creciente de religiosas empezaron a vivir la misma vida de los pobres, compartieron su suerte, sus carencias, sus problemas y sus valores y, en cierta medida, fueron evangelizadas por ellos. El Padre Vélaz se apoyó decididamente en ellas, supo reconocer el increíble valor de la Mujer Consagrada, y durante toda su vida consideró a las religiosas como uno de los baluartes esenciales de Fe y Alegría

Sin duda alguna, el milagro de Fe y Alegría no es comprensible sin el aporte de las Patricias religiosas; su entrega, su sensibilidad femenina y su espiritualidad profética y liberadora, encarnada en lo más hondo del pueblo pobre, configuraron definitivamente a Fe y Alegría. Ellas supieron convocar a muchos colaboradores, laicos y laicas, no solamente a una gran empresa educativa sino también al descubrimiento de la alegría en el servicio, y ellas, en gran parte, se convirtieron en las principales educadoras del resto del personal, sobre todo en los inicios de Fe y Alegría.

Si bien es necesario reconocer el papel fundamental de las Patricias religiosas en el nacimiento y consolidación de Fe y Alegría, hay que subrayar igualmente la entrega generosa y comprometida de numerosas Patricias laicas, en especial maestras, que dieron un sí definitivo e incondicional, a pesar de que se les exigía mucho y se les daba muy poco. Algunas de ellas fueron verdaderas heroínas que dejaron la seguridad de sus puestos en escuelas oficiales o colegios privados bien establecidos, para irse a trabajar en condiciones de total precariedad. Eran maestras a tiempo completo y repleto: trabajaban mañana y tarde seis días a la semana, a veces atendiendo a más de cien alumnos por aula, y encontraban tiempo para pasar películas las tardes del sábado para recabar fondos cobrando un bolívar la entrada.

Por si fuera poco, los domingos regresaban a la escuela para asistir con sus alumnos a la misa y para evangelizar y santificar hogares, pues los centros de Fe y Alegría desde un comienzo pretendieron ser, además de escuelas integrales, iglesias y lugares de celebración de la vida comunitaria.

En Fe y Alegría abundaron y abundan las Patricias; maestras, profesoras y comunicadoras que, a pesar de los sueldos miserables que reciben, no se rinden y siguen entregando sus vidas para garantizar a los alumnos educación y comunicación de calidad; Patricias también voluntarias que entregan su tiempo y sus energías en el servicio solidario a los demás; Patricias madres y comadres comprometidas y entregadas, que se esfuerzan por formarse para ser mejores educadoras de sus hijos y sus ahijados; Patricias del personal administrativo, obrero y de apoyo, que cumplen su labor con gran responsabilidad, eficacia y alegría…Todas ellas ponen a fructificar con entusiasmo su sensibilidad y sus talentos, más fuertes que las dificultades y problemas, derramando su corazón generoso y servicial, que hacen posible cada día el milagro que es Fe y Alegría. Yo mismo debo confesar que en los casi 50 años que llevo en Fe y Alegría, las numerosas Patricias con las que he compartido y comparto sueños, proyectos y trabajos, han sido y son mi sostén y cobijo, alivio en mis penas, ejemplo a imitar, alimento para nutrir mi esperanza, mi creatividad y mi compromiso.

Estoy seguro que desde el cielo, Patricia y Abraham, van a seguir robusteciendo nuestros sueños y proyectos, para que Fe y Alegría sea cada vez más fiel a su identidad y su misión. Y en estos días en que se ha iniciado la causa de su beatificación, ellos con su ejemplo y con su espiritualidad encarnada en la realidad de la pobreza y la exclusión, nos señalan el camino de esa educación popular liberadora al que debemos caminar con pasos cada vez más vigorosos y más firmes. Pasos tras las huellas de Jesús al que tanto Patricia como Abraham siguieron con tal radicalidad que los hace merecedores de ser considerados santos.

Por: Antonio Pérez Esclarín  (pesclarin@gmail.com)

@pesclarin       www.antonioperezesclarin.com

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