
“A veces no estoy segura cuál debe ser mi papel en el salón de clases, difícil ejercer la autoridad con los adolescentes…”. Eso me lo comentaba el otro día una profesora de bachillerato, pero esa no es la única dificultad para educar hoy a los adolescentes. Es realmente un reto. Y no es que antes no fuera difícil, dado que la adolescencia es una etapa de la vida difícil para ellos y para los adultos que les rodeamos (familia y educadores). Hoy con la tecnología –en lo cual ellos normalmente nos llevan ventaja a nosotros– con la aceleración histórica, es probable que las diferencias generacionales sean mayores que las de antes.
Me inicié como educadora hace casi 5 décadas, con adolescentes de 15 y 16 años, en distintos sectores populares. Creí que me las sabía todas y, aunque yo aún estudiaba Educación en la universidad; estaba feliz de esas horas de Historia Contemporánea, materia que me encantaba, pero no me olvido que en la primera evaluación los estudiantes salieron muy mal. Cuando reflexioné con ellos esa situación, la delegada de curso, una chica muy inteligente, me dijo: “Usted es muy simpática, nos cae muy bien, pero no le entendemos nada”. Fue un duro golpe para mí, sin embargo fue ahí cuando comenzó mi “primera conversión pedagógica”. Me pongo en el lugar de los profesores de bachillerato actuales y veo el enorme reto que supone esa etapa de la educación, sea cual sea el nivel social de los estudiantes.
Conocerlos, comprenderlos, ayudarlos que descubran sus potencialidades, sus miedos, a soñar en un país donde la desesperanza ha agarrado mucho terreno; educarles para que puedan convivir fraternalmente en una Venezuela con altos índices de violencia, no sólo delincuencial, también intrafamiliar… En fin, es mucho lo que debemos hacer.
Algunos elementos son para todas las etapas de la educación, como el que siempre insistimos de hacer acompañamiento psicoafectivo, también con los niños hay que trabajar el puente afectivo necesario: sin embargo el trabajo más fuerte es con los adolescentes, quienes son más reacios a hablar de lo que sienten, más inseguros para reconocer sus emociones y sentimientos. Así que se impone el cerebro creativo de los educadores para ayudarlos a que se expresen; la pedagogía de la pregunta es parte de lo que tenemos que aplicar: qué preguntar y cómo hacerlo. Ellos deben tener participación para proponer temas de los que les gustaría que se trabajaran en el aula, ¡verán cómo nos pueden sorprender! Un profesor me comentó que una alumna de 4to año le pidió que hablaran de las criptomonedas, ¿Qué tal? Partir de sus intereses es parte de los que tenemos qué hacer y hay maneras de ayudarles a expresar esos intereses: va desde la consulta abierta en cada área; quizás hablaran los de siempre, pero usemos hasta un buzón o una cartelera, con una especie de “Facebook de papel” para que los más tímidos también puedan expresarse.
En el aula hoy hay que hablar de “temas difíciles”: el acoso escolar, la violencia intrafamiliar, el suicidio, la violencia sexual… Y los educadores debemos estar actualizados. Por ejemplo, cuando escribo estas líneas escucho lo que el Ministerio Público ha informado a los medios: este año ha atendido 718 denuncias de acoso y violencia sexual contra niños, niñas y adolescentes. Hay que documentarse y hablar sobre esos temas. Los compañeros de @cecodap tienen buenos informes con investigaciones sobre ellos. Y como estrategia, para ayudarles a que puedan expresarse, sugiero que “invente” casos -acoso escolar, violencia sexual, violencia intrafamiliar- con nombre ficticios aunque anclados en cosas que realmente pasan y hagan preguntas tales como: ¿qué harían si fuesen protagonista de este caso? ¿Conocen casos parecidos? … A veces cuando dicen que “un primo mío…” en realidad están hablando de ellos mismos.
Hay que enseñarles a pensar antes de actuar al igual que a sus padres, para que cometan menos errores. Insisto es lo útil que es recordar los pensamientos necesarios para la convivencia que contempla Manuel Segura: pensamiento consecuencial (para prevenir metidas de pata), pensamiento causal (para saber por qué están pasando las cosas), pensamiento medios- fin –(para determinar metas, prioridades, construir proyecto de vida), pensamiento de perspectiva –(para desarrollar la empatía, ponerse en el lugar del otro), pensamiento alternativo (para buscar soluciones, para tomar decisiones)… Estos pensamientos se enseñan y se aprenden. (Segura, M. El aula de convivencia, Narcea Ediciones, Madrid 2011).
Hay que proponer actividades atractivas, que supongan acción y donde ellos puedan protagonizar, según sus inteligencias (¡recuerden que hay múltiples inteligencias, ahora no podemos seguir hablando de la verbal y la de pensamiento lógico nada más!). Los festivales de talento ayudan – festivales, no concursos -. Fe y Alegría tiene un programa de radio, Radio Tuber, hecho por adolescentes y jóvenes para ese público. Y también tiene un proyecto para formar voceros radiales juveniles, Toc Toc, no Tic Toc… Esas actividades animan, y atraen
No se olvide del valor pedagógico del humor y la risa: Tampoco se olvide de incluir a los padres y representantes en la formación para que puedan ser mejores padres de esos adolescentes.



Los comentarios están cerrados