La juventud no puede ser el final

Hagamos las Paces

No me formé para educar para la muerte. Hace algunos años el lema de Fe y Alegría fue “Educamos para la vida”.  Para eso nacemos: para vivir y morir cuando ya hayamos vivido y cumplido con nuestro ciclo de crecer, desarrollarnos… Por eso no podemos identificar la infancia y la juventud con la muerte, sino con la vida.

No sé ustedes, pero a mí no se me quita de la cabeza la imagen del velorio de Armando Cañizales con  ese escenario de fondo: los compañeros del Sistema de Orquesta, interpretando el Himno Nacional. “¡Gloria al bravo pueblo que el yugo lanzó/ la Ley respetando…”. Me vino a la mente aquella película sobre esa institución orgullo  de todos los venezolanos, el Sistema de Orquestas. ¿Se acuerdan? “Tocar y luchar”.  ¿Cómo es que ahora es “Tocar y morir?”.

Sin embargo, no es sólo Armando, se trata también  de Carlos (17), de Jesús (15), de Albert (16), de Bryan (14), de Jackson (16).  Todos con edades de estar en el liceo, pensando en fútbol y en las sus novias, en sus exámenes… Se trata de todos los otros con 19 y 20 años que han sido asesinados.  No quiero añadir un ¿por encargo? ¿Esa es la orden?

Me gustaría estar en las cabezas de los que dan las instrucciones a los uniformadnos: “Si ve un joven, tire a matar”. ¿Es así? Dispersar una manifestación violenta es una cosa, ¡disparar  a matar es otra!  ¿No se forman los funcionarios para proteger a la patria y a los ciudadanos?, ¿cómo es que se detiene una manifestación y no se paran los saqueos?

Quiero añadir que no se trata sólo de  estas muertes violentas:  hablo también de las muertes lentas, de la falta de horizonte, como bien dice el padre Pedro Trigo en la revista SIC (abril, 2017).  Eso también es criminal:  cerrar horizontes, para  ofrecer ¿qué?  Pienso en el diálogo que tuve hace poco con un ahijado de San Félix. Tiene 17 años, está terminando su bachillerato, con mucho esfuerzo. “Esto no se va a componer, madrina”. Su edad es para el beisbol –que le encanta- , no para estar viendo túneles sin salida. “Yo quiero tener una casa”, me dijo hace poco,  casi con pena. Le entendí, no estaba hablando de tener yates, ni siquiera de querer una moto o viajar. Quiere estudiar algo que le permita vivir dignamente. ¡Eso no puede ser un delito!

Hablo también por las muertes lentas de los niños y niñas que se están levantando sin los alimentos necesarios; por los niños y niñas hospitalizados en el “JM de Los Ríos”, por los niños enfermos de cáncer sin tratamiento. ¿La infancia es el final para ellos?

Claro que estoy llorando  por Armando Cañizales y su violín callado, por mi ahijado con su aspiración de vida digna, por las madres de todos los caídos –incluso de los uniformados muertos-;   pero ya saben: se llora para que se limpie la mirada y ver mejor por dónde caminar. Los adultos de este país tenemos el compromiso de buscar luz para este túnel,  construir horizontes, de convencer a los responsables de parar esta guerra asimétrica de tanques contra piedras. Usted y yo tenemos que sacar fuerzas para eso.

 

Luisa Pernalete

 

 

 

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