¿Cuántas veces usted ha oído afirmaciones, quejas o lamentos como: ¡Esto se lo llevó quién lo trajo!… ¡No hay nada qué hacer en este país!… ¡Aquí todo el mundo es corrupto!… ¡Esos son unos vendidos!? Agregue usted algunos aliños, que yo no escribo porque esta es una columna “todo usuario” y a mí me enseñaron tanto en mi casa como en mi colegio, que se puede hablar fuerte sin eso que antes se llamaban “groserías”.
Es verdad, ¡en serio!, lo que dijo Laureano Márquez: “El mayor daño, ha sido hecho en nuestros corazones, que se han vuelto incrédulos, desconfiados; que solo ven la maldad y la traición por todas partes”. Sí, sembrar desesperanza es un crimen. Y sigue Laureano: “¿Cómo haremos para volver a creer en nosotros mismos?” (“Los descreídos”, 17/01/18). Eso es lo primero: creer en nosotros mismos y acto seguido en los otros.
Para eso acabo de crear una nueva asociación, que tendrá carnet y todo: la Asociación de Creyones Empedernidos (ACE), cuya misión será reducir la incredulidad, fomentar la fe en cada uno de nosotros, en los demás, en el país. Una asociación para que nos vayamos juntando, contando historias extraordinarias, aunque sean pequeñas, de esas subterráneas, silenciosas, pero que existen ¡qué son reales y no productos de la ficción, de la imaginación! Verdaderas, sin efectos especiales.
Con esto no quiero decir que las cosas están bien, ¡no! Por el contrario ¡están terribles! ¡Este país es una pesadilla con películas largas, sin un aviso de the end que podamos ver con claridad! Cuando escribo estas líneas me entero de otro caso de dengue hemorrágico en el Municipio San Francisco, sólo por mencionar un drama más de los que ya existen y conozco bien. Las cosas están muy mal. Por ello necesitamos creer para actuar.
Comencemos por hacerle caso a expertos como Mandela, que decía que “Gente buena hay en todas partes” y eso lo he comprobado yo. Creo que siempre tuve la suerte o la bendición, de pequeña y adolescente, de convivir y conocer mucha gente buena, buenísima. ¡Mi familia es extraordinaria! Esa misma suerte o bendición me acompañó también en mi colegio, en mi vida profesional y en mis experiencias como activista de los DDHH.
Hago mención especial de cuando fui voluntaria en una fundación para ayudar a niños de la calle, “huelepega”, en Maracaibo, por allá en los 90´. En el grupo que conocí había dos jóvenes que habían matado a alguien. Todos eran difíciles, no voy a decir que eran ángeles, pero entre ellos descubrí que había bondad, a veces a flor de piel y, en otras ocasiones, en lo profundo. Otro experto, San Juan Bosco, quien trabajó en el siglo XIX con lo que hoy llamaríamos “niños en situación de calle”, decía que esos muchachos también tenían ternura en su corazón, solo había que buscar la brecha para llegar a ellos. Esto lo sé por experiencia propia.
Pero vayamos a la Venezuela 2018. ¿Tiene futuro este país? ¿Hay gente buena por ahí sin avisos luminosos que permita identificarlos? ¡Claro que sí! Esto lo sé muy bien. Lean, y disculpen la propaganda, mi artículo en la última Revista SIC, número extraordinario y cuyo contenido es muy interesante -no cobro por la publicidad, por ello le sugiero que la lea completa-. En ese artículo, “Narrativas de esperanza”, hay tres relatos que te reconcilian con el venezolano: uno de una escuela de Nueva Esparta, otro de una ONG de Caracas que trabaja con un hospital de niños y el otro de Barquisimeto donde se narran las experiencias a favor de NNA de una escuela del norte de la capital larense, producto de una alianza entre Fe y Alegría y la asociación Esperanza Activa. Lea esas páginas y dígame si usted no va a solicitar su carnet de la ACE.
Termino con dos anécdotas recientes de Maracaibo, esa ciudad que “ha dado tanto” y está tan golpeada. Pasé una semana a principios de este año en el Municipio San Francisco. Estaba espantada de lo mal que está: el drama del efectivo, el transporte escaso y envejecido, los relatos de las penurias para los alimentos, la basura. “Maracaibo ha dado tanto…”, me repetía. Me urgía sacar unas fotocopias y no quería desprenderme de mi valioso efectivo, así que caminaba para ahorrar pasajes y no encontraba un local con punto. En eso vi un avisito: “Hay punto”, una calle de Los Cactus. Pero, ese día estaba caída la plataforma en todo el sector. ¡Casi lloraba! Entonces la chica, que resultó ser egresada de una escuela de Fe y Alegría donde yo había trabajado trabajé hace como 30 años, me dijo: “Señora, tenga sus fotocopias, usted me transfiere. Lo dejo a su conciencia” ¡Casi la beso! Ella no me conocía; le dije que viajaba al día siguiente. Confío en mí, me alegró el día. Ni me pidió el número de teléfono. Sólo confió, creyó.
Ya al atardecer de ese grandioso día, iba en un carrito de esos que por poco te dejan la puerta en la mano de lo viejo que están y una señora, con gestos de angustia, hizo señales al chofer diciéndole: “¡Lléveme, por favor, al ambulatorio del Silencio, mi hijo se está asfixiando y debo llevarlo a la Emergencia”. Era un chico de unos 6 o 7 años. El chofer rápidamente la dejó montarse. Los llevó, preguntó por la Emergencia, ¡No le cobró a la señora! Lo hizo de “pana”, por solidaridad y él vive de eso. ¿Qué tal?
Claro, no basta con ser bueno y parecerlo. Hay que juntarse, organizarse, dejar de ser solistas y volvernos un coro. Difundir a todos los miembros de la ACE los relatos de los descubrimientos de gente buena y sus bondades. Recoja usted sus historias cada día. Yo esa noche dormí mejor. Por eso funde la ACE. Si quiere formar parte de ella, me avisa. Tengo historias para un libro. Seguro que si usted mira más allá, también encuentra y recupera la fe en otros venezolanos.
Atentamente,
Luisa Pernalete
Presidenta de la ACE



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