El terrible terremoto en Venezuela nos ha conmovido a todos. Cada día presenciamos atónitos cómo sube el número de muertos, desaparecidos y heridos. Las fotos de numerosos edificios destruidos nos arrugan el corazón. En medio del dolor, nos hemos sentido orgullosos porque la solidaridad brotó espontánea en Venezuela, más allá de diferencias ideológicas y políticas, y por la solidaridad más allá de nuestras fronteras, que puso en movimiento con rapidez alimentos y medicinas, equipos de rescate y maquinarias de muchos países. Admiramos el valor y disposición de voluntarios dispuestos a arriesgar sus vidas para salvar a otros. Nos ha llenado de admiración ver cómo el rescate de una persona ha sido suficiente para dar por bueno el duro trabajo a grupos especializados. Más todavía cuando los salvados bajo los escombros eran niños o ancianos, cuya foto impactante nos ha hecho brotar las lágrimas.
Y uno se ha puesto a imaginar y soñar lo maravilloso que podría ser el mundo si la solidaridad se convirtiera en un hecho cotidiano y permanente, sin tener que esperar a que sucedan grandes tragedias. Porque, al mismo tiempo que salen numerosos vuelos con ayuda humanitaria por las rutas del mundo, en especial Europa y Asia, se sigue transportando todo tipo de armas letales en guerras y conflictos interminables que han aniquilado y siguen aniquilando más vidas que los más violentos terremotos, han devastado territorios y, por supuesto, engordan los bolsillos de los fabricantes y vendedores de armas. El gasto militar en el mundo, según el Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo, asciende a 2,887 billones de dólares (2.887.999 millones de dólares). La fabricación de armas es la industria más próspera a nivel mundial, y como las armas hay que venderlas y usarlas, se promueven guerras y conflictos y se fomenta la carrera armamentista. Hay una evidente desproporción entre la emoción y los medios suscitados para salvar vidas en un terremoto, y el envío de instrumentos de muerte para resolver conflictos humanos.
Pero todavía me parece más ilógica la falta de solidaridad con las numerosas víctimas, entre las cuales se encuentran ancianos, niños y niñas venezolanos, que han muerto y mueren cada día por el hambre y la miseria. Para frenar este flagelo, que causa muchísimas más víctimas que todos los terremotos y maremotos, la humanidad no se moviliza y más bien vive de espaldas
Sin embargo, a pesar de estas contradicciones, seguiremos trabajando con coraje y esperanza por un país y un mundo más humanos y fraternales. El palpar la generosidad habitual del pueblo venezolano, que se agiganta en las crisis y tragedias, alimenta y fortalece el compromiso y la esperanza. Cada día estoy más convencido de que el principal recurso de Venezuela no es el petróleo, el oro, el hierro o las tierras raras, sino su gente sencilla y solidaria que no se rinde ante los problemas y dificultades, y trabaja con tesón y entrega generosa por remediar en lo posible los gravísimos problemas que venimos sufriendo y que ahora se han multiplicado por los fuertes ramalazos de los terremotos. Por ello, estoy convencido de que Venezuela, con gente así, tiene garantizado un futuro de paz y prosperidad, que debemos construir entre todos y para todos. Las tragedias no saben de diferencias ideológicas ni políticas y castigan a todos por igual. También la solidaridad surge más allá de las diferencias y nos hermana a todos. Por ello, de esta tragedia tenemos que salir más unidos, más fuertes, más resilientes, más comprometidos en trabajar con renovados bríos en la reconstrucción de Venezuela. La tragedia nos ha venido a confirmar en la necesidad de la unión. Ha llegado el momento de superar prejuicios, muros y barreras y unir manos y corazones, de superar intereses mezquinos, de demostrar con hechos que amamos a Venezuela y a todos los venezolanos por igual. La tragedia nos convoca a sumar y multiplicar esfuerzos y generosidades, y no a restar ni dividir.



Los comentarios están cerrados