Jesús sabía que había llegado la hora definitiva. Decidió subir a Jerusalén aunque estaba seguro de que posiblemente sería un viaje sin retorno. Aceptó entrar en la ciudad santa montado en un humilde burrito para evidenciar una vez más que sus ideas del poder y del triunfo eran radicalmente opuestas a las de los reyes y emperadores, que entraban por arcos de triunfo a las ciudades conquistadas montados en briosos caballos y seguidos de un impresionante séquito de guerreros y esclavos.
Si los conquistadores dominaban a sus pueblos y levantaban su poderío sobre la opresión y la violencia, Jesús había venido a liberarlos, pues su misión era servir a todos, especialmente a los despreciados y humillados, y no ser servido ni reverenciado. Si los poderosos dominaban y arrebataban vidas, Él estaba dispuesto a dar la suya para que todos tuvieran vida en abundancia, que es lo que quería el Padre, un Dios de vida, con especial predilección por los débiles, los pecadores, los pequeños, los rechazados.
El grupito de sus seguidores y también algunos otros peregrinos que reconocieron en Jesús al Sanador de enfermos y al Maestro de la Misericordia, contagiados por la alegría de entrar en la Ciudad Santa, empezaron a aclamarle y, como muestra de su admira
Los acontecimientos en el templo donde, incendiado de cólera santa, derrumbó algunas mesas y sacó a los mercaderes a latigazos por haberlo convertido en «cueva de ladrones», sin duda que precipitarían los hechos. Los dueños del poder religioso no iban a permitir los desvaríos de este galileo, que se las daba de profeta y estaba amenazando la esencia de la ley y poniendo en peligro toda la estructura de su religión. Se la pasaba con gente impura, tocaba leprosos y comía con publicanos y pecadores. Su desfachatez y osadía habían llegado incluso a la blasfemia de decir que las prostitutas y los pecadores entrarían en el reino antes que ellos, que eran los guardianes del templo y de la ley y, en consecuencia, los garantes de mantener pura la religión de Moisés y de sus antepasados. Varias veces había violado abiertamente la ley al curar enfermos en sábado y hasta tuvo la osadía de defender a sus discípulos cuando habían arrancado en sábado unas espigas para mitigar su hambre.
Jerusalén ardía de peregrinos llegados de todos los rincones a celebrar la Pascua. Los soldados romanos vigilaban en la torre Antonia, listos para mantener el orden a toda costa. Ese día Jesús no quiso regresar a Betania a pasar la noche en la casa de sus amigos Lázaro, María y Marta, como acostumbraba cuando venía a Jerusalén. Quiso más bien despedirse de sus amigos con una cena especial. Aprovechó en ella para insistirles, con el lavatorio de los pies y la institución de la eucaristía, en
Después de la cena, Jesús se retiró a orar en el huerto de los Olivos. Allí se sintió solo y una angustia sin orillas empezó a oprimirle el alma. La tristeza era tan profunda que parecía manarle c
La crucifixión siempre era un acto público, pensado para que sirviera de escarmiento. La agonía podía durar horas y hasta días. La asfixia oprimía sus pulmones y, para respirar, los crucificados debían levantarse sobre los clavos, tomar un poco
La angustia en el huerto no doblegó su voluntad de llevar hasta el extremo su decisión de entregar la vida al establecimiento del Reino, una sociedad justa y fraternal. No huiría, sino que enfrentaría con valor la misión para la que había sido escogido. Se aferró a la oración aunque sintió como nunca la ausencia de ese Padre Bueno que permanecía callado. Él sabía, sin embargo, que en lo más profundo del silencio, el Padre lo abrazaba y lo acompañaba. De la oración salió fortal
La muerte en cruz fue una consecuencia lógica del modo amoroso en que Jesús vivió su vida, fiel a su misión hasta el extremo. A Jesús no lo mató la voluntad del Padre, sino la maldad de los hombres. Lo mataron porque se atrevió a proponer un Dios distinto, cercano. Lo mataron porque propuso que la verdadera religión consistía en la misericordia y el servicio, y no en el cumplimiento minucioso de tradiciones, principios y normas. Lo mataron porque puso de cabeza todos los valores del mundo: en vez del poder, propuso el servicio; en vez del egoísmo, la solidaridad; en vez de la violencia, la mansedumbre; en vez de la venganza, el perdón; en vez del odio, el amor.
Por: Antonio Pérez Esclarín (pesclarin@gmail.com)
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