Culmina un año escolar. Entre las dificultades y la esperanza

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Imagen1Llegó el mes de julio y el común denominador de nuestros educadores y educadoras es que “este año fue complicado”. Cortes de electricidad, niñas y niños desmayados por el hambre y la delincuencia trastocando planes e ilusiones en nuestras escuelas y liceos. Todos estos problemas parecieran constituirse en los protagonistas de lo sucedido este año escolar. Sin embargo, no todo es desilusión. Lo decimos no por un deseo gratuito de auto-convencernos, sino porque hemos sido testigos de experiencias alternativas esperanzadoras.

En medio de las dificultades hallamos en muchos de nuestros docentes el deseo de continuar labrando el futuro y esta fecha es propicia para hacer un balance. Un balance sincero donde ponderemos los logros y fortalezas, porque los hay, y las debilidades que, por supuesto, también existen. Es momento para encontrarnos con nuestros colegas aprovechando el inicio de las vacaciones escolares de los y las estudiantes. Este encuentro debe ser fraterno, sincero y respetuoso. Este balance debe girar en torno a cinco dimensiones: personal, comunitaria, pedagógica, pastoral y organizativa. ¡Todas importantes!

En lo personal, hagamos una revisión de cómo nos sentimos como seres humanos y como profesionales. Expresemos nuestros temores y nuestras esperanzas. Hablemos sobre lo que nos preocupa y, a la vez, reconozcamos nuestras fortalezas y valoremos nuestros sueños e ilusiones. En lo comunitario, revisemos nuestro acercamiento personal, colectivo e institucional con la comunidad de nuestra escuela o liceo; hagamos revisión de aquello que nos une o de lo que aún nos aleja del entorno donde viven nuestros estudiantes. Descubramos los logros organizativos de la comunidad, veamos cómo pueden ser aprovechados para nuestra labor pedagógica. En lo pedagógico, identifiquemos aquellas experiencias exitosas, que las tenemos, y hagamos un balance de ellas para ser cada vez mejor. Identifiquemos aquellos aspectos aun oscuros, no resueltos, de nuestro hacer pedagógico y veamos cómo podemos avanzar este año para ir superándolos. No nos olvidemos de la dimensión pastoral, es decir, de la dimensión que aborda lo espiritual, aquella que desde la fe puede iluminar nuestro andar personal y profesional. En un mundo de inmediateces, lo espiritual debe ser cultivado para sembrar esperanzas y fortalecer nuestros principios.

Finalmente, veamos si nuestro centro educativo como ente organizativo crea un ambiente capaz de desencadenar nuestras potencialidades, mantener nuestras fortalezas y superar nuestras debilidades. Hasta qué punto nuestra escuela y liceo está sustentado en una organización capaz de ser escuela de formación y desarrollo de nuestras potencialidades. Revisemos si nuestro foco de atención es el cumplimiento burocrático o la misión de generar aprendizaje en y para la vida.

Hagamos de esta fecha no un momento para el lamento y la desesperanza: hagamos de esta época una posibilidad para reconocer nuestras debilidades y fortalezas, lo que permitirá luego plantearnos acciones que, en medio de la crisis que vivimos, se conviertan en una luz de esperanza para nuestras niñas, niños y adolescentes y, ¿por qué no?, para nosotros mismos. Sólo una revisión sincera puede darnos luces para forjar nuestro futuro y el de los niños, niñas, niños y adolescentes que atendemos.

Hugo Parra Sandoval

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