LP2Queremos a Fe y Alegría porque cuando en una comunidad  abren una escuela de esas el barrio se vuelve galán”, dijo una señora en aquella reunión en Caja Seca, al sur del estado Zulia, a principios de los años 90 cuando se discutía la posibilidad de un centro educativo en aquel barrio sin calles, sin agua, sin luz: “el barrio se vuelve galán”. ¡Bonita expresión para resumir la bendición que significa tener una buena escuela! Recuerdo que el primer año de ese plantel,  los maestros pusieron el énfasis en probar que se podía ser docente por vocación, y lo probaron:  al finalizar el año escolar los niños no querían irse de vacaciones, querían seguir yendo en agosto.

¡Fe y Alegría está cumpliendo 60 años! Nació en plena dictadura de Marcos Pérez Jiménez,  gracias al atrevimiento de un sacerdote jesuita y a la generosidad del pueblo venezolano, representado en aquel momento en un humilde artesano, Abraham Reyes, y en su esposa Patricia, que pusieron su casa a la orden del Padre José María Vélaz y unas estudiantes de la naciente Universidad Católica Andrés Bello, que se ofrecieron de voluntarias para ser maestras. A partir de ese momento, la fe y la alegría se han ido sembrando en una red de escuelas, centros de capacitación laboral, emisoras educativas e institutos universitarios, con programas que trascienden las aulas y entran en la vecindad. Se siembra donde le llaman, entonces comenzó a correr la voz de que en Fe y Alegría no se tiene miedo a las adversidades:  el norte es despertar capacidades y desarrollarlas en cada uno  de esos miles de niños, niñas, adolescentes y adultos que estudian y se capacitan en nuestros espacios educativos.   ¡Con esa esperanza se abren nuestras escuelas, observando en cada uno de nuestros estudiantes y participantes todo lo que podrán llegar a ser con una verdadera  educación.

Muchas de nuestras escuelas han sido fundadas en lugares donde existía basura, escombros,… terrenos donde nadie podía ver algo bueno, como la de “Altos de Jalisco” en Maracaibo, o la “Inmaculada” en Ciudad Bolívar. De un basurero, una escuela. ¿Eso no es sembrar esperanza?

Alguna vez nuestro fundador, precisamente comentado en una carta la importancia de ser atrevido, dijo una frase que  me encanta: “Donde no se podía se pudo”, un llamado a doblegar dificultades, así tenemos que seguir diciendo. Creo que  esa frase nos anima hoy cuando enfrentamos entornos violentos:   cuando no se habla de huir, sino de insistir,  de creer que será posible la convivencia pacífica, que será posible que los padres maltratadores aprendan a corregir a sus hijos sin agredirlos, creer que los estudiantes violentos pueden desarrollar sus inteligencias múltiples,  crecer como personas y se convenzan de que no requieren de la violencia para hacerse visibles ante los otros.

Hay un dicho popular, “La esperanza es lo último que se pierde”,  sin embargo creo que en  Fe y Alegría la esperanza no la vemos como lo último que se pueda perder, sino como lo primero que debemos tener: esperanza en que salga la bondad que tienen todos los seres humanos y que la educación es un medio imprescindible para que eso suceda. Historias que se han vuelto raíces lo confirman. El  país necesita de esa esperanza con raíces.

 

Luisa Pernalete


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