El necesario debate sobre la calidad de la educación debe hacerse de un modo desprejuiciado, crítico y autocrítico. Si esto nunca es fácil, lo es todavía más difícil en un país polarizado donde la mayoría acepta sin el menor análisis la supuesta verdad de los suyos y rechaza visceralmente los juicios y argumentos de los oponentes. De ahí la urgente necesidad de gestar una educación orientada a formar personas reflexivas y críticas, capaces de pensar con su cabeza y no meramente repetir lo que le dicen otros; de dialogar, argumentar y defender sus puntos de vista sin ofender al que piensa diferente; de pensar la educación y pensar el país y el mundo, para poder contribuir a transformarlos. En palabras de Paulo Freire, necesitamos de un “radicalismo crítico que combata los sectarismos siempre castradores…, sean de derecha o de izquierda –iguales en su capacidad de odiar lo diferente- intolerantes, propietarios de una verdad de la que no se puede dudar siquiera ligeramente, cuanto más negar” (Pedagogía de la Esperanza, pág. 48 y ss).
La crítica exige la autocrítica permanente, tanto individual como institucional, como medio esencial para cambiar, para mejorar, para irse superando sin cesar. Autocrítica como medio para alcanzar la autonomía intelectual y moral. Nadie supera sus debilidades si no comienza por reconocerlas. En palabras de Pascal, “la grandeza de un hombre consiste en reconocer su propia pequeñez”. Autocrítica para aceptar las limitaciones e incoherencias, que lleve a un testimonio coherente, valor esencial en estos tiempos de tanta retórica y palabrería, de tanta mentira, de tanta apariencia, de tanto relativismo ético y doble moral. El mundo necesita de personas e instituciones comprometidas con caminos de cambio, que hablan lo que creen, viven lo que proclaman. Coherencia para vivir los valores que proponen, para testimoniar el compromiso con el mundo nuevo que pretenden. Coherencia entre el sueño que anuncian y las obras con que intentan construirlo. “¿Qué ética es esa –se preguntaba alarmado Paulo Freire- que sólo vale cuando se aplica a mi favor? ¿Qué extraña manera es esa de hacer historia, de enseñar democracia, golpeando a los que son diferentes para continuar gozando, en nombre de la democracia, de la libertad de golpear? No existe gobierno que permanezca verdadero, legítimo, digno de fe, si su discurso no es corroborado por su práctica, si apadrina y favorece a sus amigos, si es duro sólo con los opositores y suave y ameno con los correligionarios. Si cede una, dos, tres veces a las presiones poco éticas de los poderosos o de amigos ya no se detendrá… hasta llegar a la democratización de la desvergüenza” (Política y Educación, pág. 38; Pedagogía de la Esperanza, pág. 167).
Esta actitud de crítica, autocrítica y búsqueda de coherencia, supone el valor de la humildad para reconocer que uno no es el dueño de la verdad, para considerar la diversidad como riqueza, para abandonar ideas y propuestas que han demostrado ser equivocadas. No deberíamos olvidar este pensamiento de Lao Tzu: “Los hombres nacen suaves y flexibles. En la muerte son rígidos y duros. Las plantas nacen tiernas y dóciles. En la muerte son secas y quebradizas. Cualquiera que sea rígido e inflexible, es un discípulo de la muerte. Cualquiera que sea suave, abierto y flexible es un discípulo de la vida”.
Por: Antonio Pérez Esclarín (pesclarin@gamail.com)
@pesclarin www.antonioperezesclarin.com



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